Miércoles 15 de julio de 2020

San Francisco celebró a la Virgen de Fátima: María nos invita a todos a imitarla

  • 14 de mayo, 2020
  • San Francisco (Córdoba) (AICA)
El obispo de San Francisco presidió una misa en honor de la patrona de la diócesis

Con una misa en la catedral, presidida por el obispo de San Francisco, monseñor Sergio Osvaldo Buenanueva, la diócesis celebró el 13 de mayo a su patrona, la Virgen del Rosario de Fátima.

“María cuida el corazón discipular de la Iglesia. Cuida los corazones de cada uno de nosotros, hombres y mujeres que nos reconocemos discípulos de su Hijo”, afirmó el prelado en su homilía. “Y lo hace con ese estilo divino que atraviesa la entera historia de salvación: a mayor fragilidad humana, más intensa cercanía, delicadeza y cuidado de Dios”, añadió.

“De la misma manera, María cuida la vida y los corazones. Procura que permanezcan dóciles a la acción del Espíritu, abiertos a la Palabra: a escucharla, obedecerla y ponerla en práctica. Como hizo ella”, aseguró.
“María vela sobre la Iglesia para que sea fiel al don de Dios, anunciado por el profeta: ‘Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo: les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne’”.

“Como Iglesia diocesana de San Francisco, volvemos a pedirle a Nuestra Señora: que cuide nuestra fidelidad al Evangelio de Jesús. Es gracia que suplicamos en esta hora de prueba y de esperanza; por eso mismo, también de nuevos aprendizajes”, reconoció.

“El Señor nos ha traído hasta este lugar de gracia: estamos viviendo un tiempo en el que todos estamos aprendiendo de nuevo el Evangelio. Como empujados suavemente por el Espíritu a ser, de verdad, discípulos, familia y hermanos”, señaló. “¿No será ese el gran aprendizaje de Dios para nosotros en este tiempo?”.
Ante la sensación de “extrañeza” que nos hace experimentar la cuarentena, el prelado consideró que “en este clima hemos sentido crecer una fe intrépida, orante y esperanzada. Hemos sido testigos de cómo el Evangelio logra abrirse paso entre obstáculos inesperados, despertando creatividad, nuevas iniciativas y expresiones de fe compartida”.

“El ministerio de los pastores, por ejemplo, ha parecido menguar, achicarse y hasta encogerse. Sin embargo, a la vez que esto ocurre, nuestro ministerio pastoral parece volverse más evangélico y concentrado en lo esencial”, advirtió.

Monseñor Buenanueva identificó la experiencia de un “saludable desapego” de las cosas que marcaban el ritmo de nuestra vida ordinaria. “Ese suele ser, con la aridez en la oración, la forma como el Buen Dios nos hace crecer en humanidad, en libertad y en santidad”, destacó.

“En todo caso, esta pérdida de control está abriendo paso a una experiencia luminosa: algo de fondo está aconteciendo. Y lo estamos aprendiendo, día a día. Caminamos la paciencia”, admitió.

“En esa ausencia e incertidumbre cobra nueva intensidad una Presencia que, sin embargo, no nos es extraña, sino entrañable: es el Resucitado que, una vez más, irrumpe entre los suyos, como hizo aquella primera mañana en el Cenáculo”.

“¡Cómo nos ilumina la Palabra! Nos aquieta y consuela. Nos hace ver la realidad: Dios obrando en el mundo, en el corazón de los hombres, conduciendo la historia”.

“Lo hemos visto: una más intensa escucha de la Palabra nos está obligando a repensar y resignificar prioridades, intereses e ideas”, reconoció. “Hemos reconocido su Voz que nos invitaba a cuidar la vida, privándonos incluso del bien precioso de la celebración comunitaria de la Eucaristía”.

“Y lo hemos hecho, con dolor, no sólo para obedecer a una disposición razonable de la autoridad, sino porque hemos experimentado que el Señor nos hacía sentir su voluntad, siempre orientada al bien de todos, especialmente de los más vulnerables”, reconoció.

“Esa vida del Espíritu está creciendo, cierta, vigorosa y fuerte, en nuestras familias que se redescubren ‘Iglesias domésticas’, en nuestras comunidades y en los corazones de muchos. Es vida que brota de la Eucaristía y que tiene forma eucarística: cercanía solidaria a los más pobres, a los que sienten el aguijón del miedo o están solos, a los ancianos y enfermos. María la custodia y alienta. Nos invita a todos a imitarla. Estamos ante un regalo inesperado”, concluyó.+