Mons. Castagna: "La vida, don gratuito e inmerecido"

  • 9 de octubre, 2020
  • Corrientes (AICA)
El arzobispo emérito de Corrientes recordó que los seres humanos son "auténticos poseedores de la vida", por eso la oposición inquebrantable de la Iglesia al aborto, la eutanasia y la pena de muerte.

El arzobispo emérito de Corrientes, monseñor Domingo Salvador Castagna, consideró que “es triste observar cómo se maltrata la vida humana”, al referirse al “enorme abanico de crueldades y abusos, particularmente injusto contra los seres más vulnerables” que se da a lo largo de la historia.

El prelado recordó “que, no obstante, son auténticos poseedores de la vida” y que este “es el fundamento en el que la Iglesia apoya su inquebrantable oposición al aborto, a la eutanasia y a la pena de muerte”.

“Nadie merece o desmerece la vida, porque ésta constituye el don gratuito y amoroso de Dios. Por lo mismo no tiene asidero condenar con la muerte al delincuente, por más grave que haya sido el crimen cometido. Menos aún si los criterios esgrimidos, para la eliminación salvaje de seres humanos vivos e inocentes, responde a imposiciones legales e ideológicas de opuesta y sospechosa inspiración”, advirtió.

“Generada la vida, confiere derechos inalienables a quienes la han recibido, incluyendo las condiciones y recursos que respeten su dignidad y su saludable desarrollo”, sostuvo.

Texto de la sugerencia
1. La vida es un banquete servido por Dios.
Esta parábola ofrece un contenido doctrinal inagotable, pábulo oportuno para una reflexión que contemple nuestra actualidad. La vida es un banquete servido por Dios. Todos, por el hecho de existir, están llamados a participar de él. En los rasgos dramáticos de la parábola, y especialmente en su sentenciosa conclusión - “Porque muchos son llamados, pero poco son elegidos”. (Mateo 22, 14) - se manifiesta su gravedad y actualidad. Vale decir: todos son llamados, quienes responden a la invitación son elegidos. Constituye el tema más controvertido, en este mundo de contradicciones y dicotomías. Se refiere al derecho a la vida. Reconocimiento de que el “Padre de la Vida” (expresión de San Pablo VI) es Dios, el rey de la parábola que celebra las bodas de su hijo. Es Quien tiende la mesa de la existencia e invita - creando a sus invitados y libres interlocutores - a participar de la vida que comparte desde siempre con su Hijo divino, en el Espíritu Santo. Es el Misterio divino que nos identifica como criaturas y define nuestra auténtica vocación al amor y a la Vida eterna. El hecho de existir nos constituye en invitados a las bodas, sin distinción. La conclusión mencionada puede crear confusión si desconocemos su verdadero sentido.

2. La vida, don gratuito e inmerecido. Es triste observar cómo se maltrata la vida humana. Nuestra historia despliega un enorme abanico de crueldades y abusos, particularmente injusto contra los seres más vulnerables que, no obstante, son auténticos poseedores de la vida. Es el fundamento en el que la Iglesia apoya su inquebrantable oposición al aborto, a la eutanasia y a la pena de muerte. Nadie merece o desmerece la vida, porque ésta constituye el don gratuito y amoroso de Dios. Por lo mismo no tiene asidero condenar con la muerte al delincuente, por más grave que haya sido el crimen cometido. Menos aún si los criterios esgrimidos, para la eliminación salvaje de seres humanos vivos e inocentes, responde a imposiciones legales e ideológicas de opuesta y sospechosa inspiración. Generada la vida, confiere derechos inalienables a quienes la han recibido, incluyendo las condiciones y recursos que respeten su dignidad y su saludable desarrollo. Volviendo a las imágenes de la parábola comprobamos el poco aprecio, sino el rechazo criminal, de aquellos ciudadanos que debían haber entendido la decisión real, expresada en tan singular invitación. No ocurrió así. El rey decretó su exterminio: “Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para que acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad”. (Mateo 22, 7) La frecuente alusión al pueblo de Israel, que - en sus dirigentes - rechaza al Mesías ya presente, Jesús señala, sin miramientos, la malignidad de aquella inexplicable resistencia.

3. Acoger el don de la vida es el culto auténtico a su Creador y Padre. Aceptar la invitación a la vida es culto al Creador, su rechazo es optar por la muerte y ofenderle gravemente. Sobrevienen circunstancias de especial complejidad, es preciso estar preparados para resolverlas como corresponde. La sociedad parece depositar toda su responsabilidad en los líderes de turno, algunos muy poco acreditados para ello. Un estado de derecho en plena vigencia resguarda de ese peligro y otorga a la ciudadanía los medios constitucionales para corregir errores y restablecer el orden lesionado. Un prócer argentino - Domingo Faustino Sarmiento - afirmaba que era preciso educar al soberano, refiriéndose al pueblo mandante de cara a sus mandatarios. Aceptar de Dios la invitación a las Bodas de su Hijo, es acoger la vida en su integridad, respetando a los seres vivientes, actuales y por nacer. Al mismo tiempo: dignificando la vida de todos con el auxilio de la ciencia, de la educación y de la salud. La vivencia de la fe religiosa juega un rol insustituible, especialmente en los ciudadanos creyentes, a la hora de construir la ciudad terrena. La solidaridad, que no se entiende si no llega ser amor fraterno, está intimada a resolver los graves impedimentos puestos por el ánimo sectario, el egoísmo, el odio destructor de las más sólidas culturas y de las economías de pueblos potencialmente ricos, llevados a la miseria por causa de malas administraciones y de operaciones éticamente descalificables e impunes. 

4. El traje de fiesta. Finalmente, el traje de fiesta está tejido con los hilos de la filiación y de la fraternidad. De esta manera se devela el misterio del comensal expulsado por no vestir el traje de fiesta: “Amigo, le dijo (el rey) ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta? El otro permaneció en silencio. Entonces dijo el rey a los guardias: Atenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas”. (Mateo 22, 12-13) Así será en el atardecer de la historia, cuando Dios recorra las mesas de sus invitados a la vida y reconozca a sus hijos, tan fraternos entre ellos, como también a quienes no lo son, para ponerlos en su lugar. Es imperioso adquirir el “vestido filial y fraterno” para celebrar eternamente la Vida. Esta imagen no es una fábula, es la verdad.+