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Mons. Castagna: “Para vencer el egoísmo es necesario el auxilio de Dios”
Viernes 29 Abr 2016 | 07:51 am
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Corrientes (AICA): El arzobispo emérito de Corrientes, monseñor Domingo Salvador Castagna, recordó que el hombre siempre “necesita el auxilio de Dios¨ para vencer el egoísmo hasta en su mínima expresión. “La paz es consecuencia de esa obediencia, que establece una armonía entre la voluntad de Dios y la nuestra, equilibradora de la vida humana. A partir de ella todo encuentra su cauce y es reordenada la vida de las personas y de la sociedad. También se restablece la justicia, desaparece la pobreza y es respetada la dignidad de toda persona”, sostuvo.
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El arzobispo emérito de Corrientes, monseñor Domingo Salvador Castagna, recordó que “el principal empeño del hombre, en el transcurso de su vida temporal, es vencer el egoísmo hasta en sus mínimas expresiones”, y afirmó que “nadie, librado a sus actuales posibilidades, podrá lograrlo. Necesita el auxilio de Dios, mediante el misterio de Cristo, al que se accede por la fe”.

“La fe no se limita a la adhesión intelectual a una idea, incluye la obediencia a Cristo: ‘El que me ama será fiel a mi palabra’”, señaló.

En su sugerencia para la homilía dominical, el prelado aseguró que “la paz es consecuencia de esa obediencia, que establece una armonía entre la voluntad de Dios y la nuestra, equilibradora de la vida humana. A partir de ella todo encuentra su cauce y es reordenada la vida de las personas y de la sociedad”.

“También se restablece la justicia, desaparece la pobreza y es respetada la dignidad de toda persona. ¿Difícil empresa? Sí, sin duda”, reconoció.

“Cristo vino a posibilitarla. Para ello aceptó ser parte de la humanidad, sufrir sus límites, padecer sus heridas - siendo inocente de su pecado - verdadera causa de todos sus males”, agregó.

Monseñor Castagna sostuvo que “gracias a su divinidad se constituye en el ‘perdón del pecado del mundo’. Su actual presencia alimenta la esperanza de salvación para todos, sea cual fuere el estado en que se encuentre cada uno”.

Texto de la sugerencia
1.- La paz de Cristo. La paz, tan legítimamente deseada por el corazón humano, no es como la piensa e imagina el mundo. Cristo es el portador de la paz que deseamos - con frecuencia equivocando términos y senderos - persistiendo incansablemente en su búsqueda. Cristo es la verdadera paz. San Pablo identifica los valores esenciales con la persona de Jesús: la verdad, la Vida, la justicia, la reconciliación y la paz. En Él hallamos la perfección de Dios, porque el Padre y Él son uno. Si queremos conocer a Dios debemos acudir a Él. Así, y únicamente así, Dios se nos revela y comunica: "El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él". (Juan 14, 23) Esa íntima relación crea el ámbito para el amor como perfecta comunión. Detrás de los valores que intentamos obtener está el logro de nuestra vocación principal: el Amor. Dios nos hizo libres para que entablemos con Él una relación filial donde el valor principal - el amor - nos una a Él y a los demás seres personales. Es el que denominamos, en términos evangélicos, "caridad". La oposición al mismo es el egoísmo. Nuestra vida corriente está contaminada por el egoísmo, incluso infiltrado en las relaciones humanas más nobles y puras.

2.- El necesario auxilio de Dios. El principal empeño del hombre, en el transcurso de su vida temporal, es vencer el egoísmo hasta en sus mínimas expresiones. Nadie, librado a sus actuales posibilidades, podrá lograrlo. Necesita el auxilio de Dios, mediante el Misterio de Cristo, al que se accede por la fe. La fe no se limita a la adhesión intelectual a una idea, incluye la obediencia a Cristo: "El que me ama será fiel a mi palabra...". La paz es consecuencia de esa obediencia, que establece una armonía entre la voluntad de Dios y la nuestra, equilibradora de la vida humana. A partir de ella todo encuentra su cauce y es reordenada la vida de las personas y de la sociedad. También se restablece la justicia, desaparece la pobreza y es respetada la dignidad de toda persona. ¿Difícil empresa? Si, sin duda. Cristo vino a posibilitarla. Para ello aceptó ser parte de la humanidad, sufrir sus límites, padecer sus heridas - siendo inocente de su pecado - verdadera causa de todos sus males. Gracias a su divinidad se constituye en el "perdón del pecado del mundo". Su actual presencia alimenta la esperanza de salvación para todos, sea cual fuere el estado en que se encuentre cada uno.

3.- La Resurrección, un hecho innegable.
Cuando la realidad de la Resurrección salta a la vista, por el sendero único de la fe, no hay lugar para el fanatismo. Los Apóstoles no podían ocultar o negar lo que habían visto con sus propios ojos. El encargo de difundirlo no corre al margen de la fe, ellos también debieron aprender a creer y, el mismo Jesús resucitado, orienta ese ejemplar aprendizaje. Queda de manifiesto en las diversas apariciones del Señor resucitado. A partir de entonces siempre será así. La predicación apostólica es la exposición de esa principal Verdad. La fe está causada por la audición piadosa de la Palabra. Pero, para que sea escuchada, se necesita que alguien, autorizado para ello, la proponga con sencillez y claridad. De allí la necesidad del Ministerio Apostólico y de su ejercicio constante. Se requiere soportar las agresiones de quienes, por su comportamiento adverso al contenido de la Palabra, buscan descreditar a quienes la exponen. Las expresiones de ese combate antievangélico disfrazan su verdadero propósito cuando se engorda el caldo de las ideologías con superficiales reivindicaciones, de dudosa versión, de los derechos humanos.

4.- Dios encuentra al hombre.
Con el advenimiento del Hijo de Dios encarnado es atendida la necesidad más profunda del corazón humano. Dios encuentra al hombre, no el hombre a Dios. El despiste causado por el pecado cobra dimensiones desesperantes. Estar perdido, sin posibilidad de retorno, imprime un ritmo vertiginoso a los acontecimientos protagonizados por el hombre, sin más rumbo que el de su propia confusión. Dios toma la iniciativa que, desde la creación a la Redención, nunca ha abandonado. Cristo resucitado es la ejecución de ese necesario reencuentro. En Él los hombres se reconcilian con Dios y encuentran el secreto de su éxito en la construcción de una sociedad justa y fraterna, donde la pobreza sea una virtud evangélica y no la consecuencia de la inequidad y de la mezquindad sectaria de nadie.+
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