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Mons. Buenanueva instó a preservar los valores “prepolíticos” que sostienen a las personas
Viernes 21 Abr 2017 | 07:49 am
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San Francisco (Córdoba) (AICA): En una reflexión sobre el crimen de la joven Micaela García, el obispo de San Francisco, monseñor Sergio Buenanueva, recordó que “el amor es la ley suprema”, al advertir que la sociedad argentina presenta “síntomas de una profunda enfermedad humana. Por esto, instó a preservar esos valores espirituales “prepolíticos” que sostienen a las personas. “El moderno Estado debe custodiar la riqueza espiritual y humana de sus ciudadanos en todas sus formas culturales, especialmente aquellas que favorecen la vivencia del otro como un semejante que merece reconocimiento, respeto, escucha atenta y promoción”, subrayó.
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“La sociedad argentina presenta síntomas de una profunda enfermedad humana. Estos femicidios forman parte de una red de violencia que tiene muchos rostros: diversas formas de "bulling", violencia doméstica, abusos sexuales a menores y otras personas vulnerables, intolerancia a los que no piensan igual, legitimación de la violencia con fines políticos, etc.”, advirtió el obispo de San Francisco, monseñor Sergio Buenanueva.

El prelado tituló “el amor es la ley suprema” una reflexión a raíz del crimen horroroso de la joven Micaela García, perpetrado en Entre Ríos por un hombre condenado por dos casos de violación, pero en libertad por decisión de un juez entrerriano.

“La discusión parece centrarse en los aspectos penales: endurecer las penas, repensar el régimen de excarcelación, subir o bajar la edad para la imputabilidad, etc.”, planteó, y agregó: “El aspecto jurídico-penal es insoslayable. Sin embargo, quedarse solamente en él es igualmente peligroso, pues no lleva al fondo del desafío humano y ético que estos síntomas nos presentan”.

Al referirse a uno de esos aspectos, el obispo sostuvo que “estos hechos son síntomas de que lo que está en crisis es el modo cómo las personas nos vinculamos unas a otras, especialmente cómo gestionamos los vínculos con los más vulnerables”.

“O, desde otra perspectiva: cómo estamos transmitiendo a las nuevas generaciones formas genuinas de vivir las relaciones humanas; qué pasa si soy más fuerte física o emocionalmente que otro; o, simplemente he tenido posibilidades que otro no ha tenido. ¿Cómo vivo y gestiono todo eso? ¿Cómo dominio, ventaja, poder? ¿Queda lugar para la generosidad o la gratuidad en las relaciones humanas, incluso en las económico-laborales? ¿O todo es sobrevivencia del más fuerte y dotado?”, se preguntó.

Monseñor Buenanueva insistió en advertir que “una sociedad desarticulada en sus vínculos humanos fundantes, que imagina que la última realidad es el individuo en solitario y sus derechos, confundidos muchas veces con el imperativo de los deseos, se vuelve a sí misma fuertemente incapaz de ofrecer cuidado a sus miembros más frágiles”.

“En este contexto, cada uno está librado a su suerte. La soledad aparece como la realidad última y definitiva de la vida: antes de mí, nada; aquí y ahora, nada ni nadie realmente conmigo; después de mí, la nada y el silencio”, subrayó.

El prelado recordó que “para el humanismo cristiano, confirmado en este punto por una sensata interpretación racional de la condición humana, la relación y el vínculo son constitutivos de la persona. Allí crece y se afianza la libertad que es precisamente, la capacidad de tomar la vida en las propias manos para abrirse a la realidad del otro y donarse en el amor”.

“La persona es realmente capaz de amar. La ley suprema de todo lo genuinamente humano es el amor”, aseguró, y añadió: “Ninguna ley, por clara, rígida o exigente que sea, puede suplir o generar por sí misma la experiencia fundante de que la vida nos ha sido regalada para entregarla con la misma lógica del encuentro y del don de sí”.

Tras afirmar que “las sociedades, sus leyes e instituciones, viven de esos valores espirituales que sostienen a las personas”, señaló: “Se trata de valores humanos prepolíticos. El Estado, por ejemplo, no los puede producir. Ningún Parlamento los puede imponer. Esa es, por otra parte, la pretensión de todos los totalitarismos (también los populistas), que tienden a politizar la totalidad de la vida, sofocando con un fanatismo irracional e inhumano a las personas, familias y organizaciones de la sociedad civil”.

“El moderno Estado secular no puede crear verdad ni valores, pero sí debe custodiar la riqueza espiritual y humana de sus ciudadanos en todas sus formas culturales, especialmente aquellas que favorecen la vivencia del otro como un semejante que merece reconocimiento, respeto, escucha atenta y promoción. Este es un desafío para la entera sociedad argentina”, concluyó.+

» Texto completo de la reflexión

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