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Mensaje final de los jóvenes en su II Encuentro Nacional
Domingo 27 May 2018 | 14:40 pm
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Rosario (Santa Fe) (AICA): En el final del II Encuentro Nacional de Juventud, que se desarrolló del 25 al 27 de mayo en la ciudad de Rosario y congregó a más de 18 mil jóvenes de todo el país, dos jóvenes de las diócesis de San Martín y Rafaela, pronunciaron el mensaje conclusivo. Comunidad, confianza en Jesús, compromiso con la vida y con la Patria, y transformación de la realidad fueron las claves de este Encuentro que sembró en la juventud el desafío de “renovar la historia”.
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Luego de la misa de clausura, los participantes del II Encuentro Nacional de Juventud, que se celebró del 25 al 27 de mayo en Rosario, escucharon con atención el mensaje final del encuentro, pronunciado por dos jóvenes que, en representación de todos los presentes, enumeraron las claves y los desafíos que surgen de este encuentro, y que serán semilla para el regreso a los hogares.

“En estos días hemos compartido la diversidad y riqueza que tiene nuestro país, nos hemos visto cuestionados por la realidad en la que vivimos e interpelados por nuestra historia”, comenzaron, y señalaron: “También redescubrimos las raíces que con gran anhelo jóvenes soñadores hicieron crecer, dando pasos certeros en un camino de fe que hoy seguimos callejeando”.

Las necesidades de nuestra sociedad, consideraron, “nos demandan un verdadero compromiso para su transformación”, y añadieron que esto “no es posible si lo intentamos solos”, sino que “requiere de todos y cada uno; necesitamos del impulso, de la creatividad, la sinceridad y la sensibilidad que nos son propias”.

“Con la certeza de que Jesús será el guionista en esta aventura, sigamos haciendo camino, escribiendo nuestro presente sin pretender borrar el pasado, sabiendo que aún nos queda mucho por contar”, animaron los jóvenes.

“Queremos ser jóvenes que hagan pogo de la esperanza. Que fieles a nuestras convicciones y siendo protagonistas de la Iglesia misionera, construyamos una sociedad que no le dé la espalda a la pobreza, ni a la exclusión, sino que procure el bien común, amando en la diversidad y empatizando con los más vulnerables”.

“Nos sostiene la fe en un Dios cercano, amigo, que está entre nosotros, en las sonrisas, las miradas, los abrazos, en los gestos concretos con los demás”, continuaron, un Dios “que incluye, que no sabe de diferencias y que sobre todo escucha a los que no tienen voz. Este Dios es compañero, nos conduce respetando nuestra libertad, nos perdona, nos sostiene, nos cuida”, afirmaron.

“Cada una de nuestras vidas es un sueño de Dios que reclama su realización y depende de nosotros concretarlo. Como jóvenes sabemos que la vida sin Jesús es superflua”, destacaron, y consideró preciso aprender “a ver como Él nos ve”, ya que “sólo en la medida que podamos descubrir nuestra propia historia como una historia de salvación, vamos a encontrar el verdadero sentido”.

“Tenemos la convicción de que la vida es un regalo invaluable. Cualquiera sea su condición, toda vida es amada por Dios”, enfatizaron.

“Como jóvenes queremos ser artesanos de una patria que promueva la dignidad humana. Por eso, queremos crecer en sensibilidad, para que cada herida de nuestra sociedad pueda ser transformada al amor. Salir de la burbuja para meternos de lleno en la realidad del otro. Embarrarnos con y para el otro, porque es caminando juntos que se transforma la historia”, señalaron.

“Queremos ser una Iglesia que se arriesgue; sin miedo a equivocarse. Una Iglesia que se la juegue, que pueda ser testimonio de un amor sin límites. Queremos construir una Iglesia que sea para todos, que sea casa que recibe y que también salga al encuentro, especialmente en situaciones de dolor”, animaron.

“Queremos una Iglesia transparente, que no tenga miedo de mostrarse frágil y que esté en permanente conversión”, añadieron, y compartieron con los presentes el sueño de “una comunidad de comunidades, donde personas de distintas generaciones, carismas, culturas, contextos puedan tejer redes y hacer de la diversidad una potencia”.

“No podemos permitirnos enterrar nuestros talentos; regalos de Dios y tesoros que el mundo se está perdiendo de conocer. Animémonos a desplegarlos. Sigamos soñando. Pero no nos cortemos solos, hagámoslo juntos”, invitaron, y con memoria agradecida de los jóvenes que los precedieron, llamaron a demostrar “que la civilización del amor no es una utopía, sino una realidad que se concreta cuando dos o más deciden apostar al amor. Ahora es nuestro tiempo, tiempo de transpirar sueños, transformar realidades, testimoniar apasionadamente que Dios está vivo, que en Él se renuevan todas las cosas”.

Invocando la protección de María, nuestra Madre, exhortaron a los demás jóvenes a decir sí a la voluntad del Padre “para hacer presente a Jesús en medio de la realidad que nos rodea”, y pidieron que “al igual que ella actuemos con valentía frente al llamado de Dios, confiados en el auxilio del Espíritu Santo, para poder gritar juntos como pueblo: ‘con vos, renovamos la historia’”.+



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