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“Admirabile signum”: Carta apostólica del Santo Padre sobre el sentido del pesebre
Domingo 1 Dic 2019 | 15:45 pm
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Greccio (Italia) (AICA): Desde Greccio, lugar que el Papa visitó esta tarde y también lugar donde San Francisco pensó y construyó, en 1223, el primer pesebre, el Santo Padre publicó una carta apostólica, “Admirabile signum”, “sobre el significado y el valor del pesebre”.
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Desde Greccio, lugar que el Papa visitó esta tarde y también lugar donde San Francisco pensó y construyó, en 1223, el primer pesebre, el Santo Padre publicó una carta apostólica, “Admirabile signum”, “sobre el significado y el valor del pesebre”.

El pesebre, representación del momento en el cual “Dios se hizo niño” conlleva la invitación a hacerse discípulos y evangelizadores, a volverse como los pastores que siguen la invitación del ángel y llevan a los demás la buena noticia de aquel acontecimiento que cambió la historia del mundo.

La carta apostólica elogia toda la tradición y expresa el deseo de “que esta práctica nunca se debilite; es más, confío en que, allí donde hubiera caído en desuso, sea descubierta de nuevo y revitalizada”.

El Papa define al pesebre como el “Evangelio vivo”, ya que representa momentos del nacimiento de Jesús que, según dice San Lucas, luego del nacimiento “lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada». Jesús fue colocado en un pesebre; palabra que procede del latín: praesepium”.

Con el pesebre, “San Francisco realizó una gran obra de evangelización con la simplicidad de aquel signo. Su enseñanza ha penetrado en los corazones de los cristianos y permanece hasta nuestros días como un modo genuino de representar con sencillez la belleza de nuestra fe.” Suscita estupor y nos conmueve “en primer lugar, porque manifiesta la ternura de Dios. Él, el Creador del universo, se abaja a nuestra pequeñez. El don de la vida, siempre misterioso para nosotros, nos cautiva aún más viendo que Aquel que nació de María es la fuente y protección de cada vida”.

“Naturalmente –prosigue el Papa-, los evangelios son siempre la fuente que permite conocer y meditar aquel acontecimiento; sin embargo, su representación en el pesebre nos ayuda a imaginar las escenas, estimula los afectos, invita a sentirnos implicados en la historia de la salvación, contemporáneos del acontecimiento que se hace vivo y actual en los más diversos contextos históricos y culturales”

El documento luego recorre los “signos” del pesebre, comenzando por la noche, las montañas, la gruta. Y los pastores. “A diferencia de tanta gente que pretende hacer otras mil cosas, los pastores se convierten en los primeros testigos de lo esencial, es decir, de la salvación que se les ofrece. Son los más humildes y los más pobres quienes saben acoger el acontecimiento de la encarnación. A Dios que viene a nuestro encuentro en el Niño Jesús, los pastores responden poniéndose en camino hacia Él, para un encuentro de amor y de agradable asombro. Este encuentro entre Dios y sus hijos, gracias a Jesús, es el que da vida precisamente a nuestra religión y constituye su singular belleza, y resplandece de una manera particular en el pesebre”.

“Tenemos la costumbre de poner en nuestros belenes muchas figuras simbólicas, sobre todo las de mendigos y de gente que no conocen otra abundancia que la del corazón”. Los pobres “son los privilegiados de este misterio y, a menudo, aquellos que son más capaces de reconocer la presencia de Dios en medio de nosotros. “Los pobres y los sencillos en el Nacimiento recuerdan que Dios se hace hombre para aquellos que más sienten la necesidad de su amor y piden su cercanía. Jesús, «manso y humilde de corazón», nació pobre, llevó una vida sencilla para enseñarnos a comprender lo esencial y a vivir de ello. Desde el pesebre emerge claramente el mensaje de que no podemos dejarnos engañar por la riqueza y por tantas propuestas efímeras de felicidad. El palacio de Herodes está al fondo, cerrado, sordo al anuncio de alegría”.

Luego, naturalmente, está María, “una madre que contempla a su hijo y lo muestra a cuantos vienen a visitarlo. Su imagen hace pensar en el gran misterio que ha envuelto a esta joven cuando Dios ha llamado a la puerta de su corazón inmaculado. Ante el anuncio del ángel, que le pedía que fuera la madre de Dios, María respondió con obediencia plena y total. Sus palabras: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra», son para todos nosotros el testimonio del abandono en la fe a la voluntad de Dios”.

“Junto a María, en una actitud de protección del Niño y de su madre, está San José” que “se representa con el bastón en la mano y, a veces, también sosteniendo una lámpara. San José juega un papel muy importante en la vida de Jesús y de María. Él es el custodio que nunca se cansa de proteger a su familia”.

El corazón del pesebre es Jesús. “Dios se presenta así, en un niño, para ser recibido en nuestros brazos. En la debilidad y en la fragilidad esconde su poder que todo lo crea y transforma. Parece imposible, pero es así: en Jesús, Dios ha sido un niño y en esta condición ha querido revelar la grandeza de su amor, que se manifiesta en la sonrisa y en el tender sus manos hacia todos”. “El modo de actuar de Dios casi aturde, porque parece imposible que Él renuncie a su gloria para hacerse hombre como nosotros. Qué sorpresa ver a Dios que asume nuestros propios comportamientos: duerme, toma la leche de su madre, llora y juega como todos los niños. Como siempre, Dios desconcierta, es impredecible, continuamente va más allá de nuestros esquemas. Así, pues, el pesebre, mientras nos muestra a Dios tal y como ha venido al mundo, nos invita a pensar en nuestra vida injertada en la de Dios; nos invita a ser discípulos suyos si queremos alcanzar el sentido último de la vida”.

Por últimos, los Reyes Magos. Sus regalos “tienen un significado alegórico: el oro honra la realeza de Jesús; el incienso su divinidad; la mirra su santa humanidad que conocerá la muerte y la sepultura. Contemplando esta escena en el belén, estamos llamados a reflexionar sobre la responsabilidad que cada cristiano tiene de ser evangelizador. Cada uno de nosotros se hace portador de la Buena Noticia con los que encuentra, testimoniando con acciones concretas de misericordia la alegría de haber encontrado a Jesús y su amor”.

“Ante el pesebre, la mente va espontáneamente a cuando uno era niño y se esperaba con impaciencia el tiempo para empezar a construirlo. Estos recuerdos nos llevan a tomar nuevamente conciencia del gran don que se nos ha dado al transmitirnos la fe; y al mismo tiempo nos hacen sentir el deber y la alegría de transmitir a los hijos y a los nietos la misma experiencia. No es importante cómo se prepara el pesebre, puede ser siempre igual o modificarse cada año; lo que cuenta es que este hable a nuestra vida. En cualquier lugar y de cualquier manera, el pesebre habla del amor de Dios, el Dios que se ha hecho niño para decirnos lo cerca que está de todo ser humano, cualquiera que sea su condición”. +

» Texto completo de la carta apostólica Admirabile signum




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