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Mons. Castagna: “La santidad de los cristianos, testimonio necesario”
Viernes 24 Ene 2020 | 08:24 am
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Corrientes (AICA): El arzobispo emérito de Corrientes, monseñor Domingo Salvador Castagna, aseguró que el llamado a los cristianos a dar “testimonio de la santidad”, formulado por San Juan Pablo II es “la prueba irrebatible de la eficacia sobrenatural del Evangelio”. “No nos engañemos: la mentira, vestida de verdad, o la ‘doble vida’, constituyen un sarcasmo sacrílego, condenable tanto en el cielo como en la tierra”, sostuvo.
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El arzobispo emérito de Corrientes, monseñor Domingo Salvador Castagna, aseguró que el llamado a los cristianos a dar “testimonio de la santidad”, formulado por San Juan Pablo II es “la prueba irrebatible de la eficacia sobrenatural del Evangelio”.

“No nos engañemos: la mentira, vestida de verdad, o la ‘doble vida’, constituyen un sarcasmo sacrílego, condenable tanto en el cielo como en la tierra”, sostuvo en su sugerencia para la homilía dominical.

“Dolorosos escándalos sacuden a la Iglesia de Cristo, por parte de personas consagradas, que así ejecutan su nociva acción antitestimonial”, cuestionó.

El prelado lamentó que “para la llamada ‘prensa amarilla’ el escándalo reditúa económicamente, no así la virtud y la santidad” y diferenció: “Por ello, se publicita el primero y se ignora el buen ejemplo, más numeroso y significativo”.

“Para los observadores, poco informados o ideológicamente prejuiciados, la Iglesia - consagrados y clérigos - es toda así. No es así. Es injusto difundir este concepto, inspirado en el odio y en el resentimiento, sobre todo mediante las redes sociales y los espacios de opinión de algunos medios gráficos de amplia difusión”, sostuvo.



Texto de la sugerencia
1.- La fe, imprescindible para reconocer y seguir a Cristo. Jesús se hace cargo de los acontecimientos, señalando su misterioso contenido mesiánico, y trazando el sendero temporal que conduce hacia el cumplimiento de la voluntad de su Padre. No vacila, tampoco descuida el carácter culturalmente ordinario de su pueblo. De esa manera protagoniza una historia sin sobresaltos, procurando que su poder no invalide la fe simple. Para que su palabra sea entendida - y su singular misión identificada - la gente tendrá que creer en Él. De allí su inmediata reacción ante las manifestaciones de fe de quienes solicitan su auxilio. Más aún, atribuye exclusivamente a la fe el logro de los más difíciles pedidos. Cuando no encuentra fe, o disposición para creer, se niega a realizar milagros: “Y Jesús era para ellos un motivo de tropiezo. Entonces les dijo: “Un profeta es despreciado solamente en su pueblo y en su familia”. Y no hizo allí muchos milagros, a causa de la falta de fe de esa gente”. (Mateo 13, 57-58) Ante el encarcelamiento de Juan no se detiene a interponer buenos oficios para liberarlo. Ya ha dado testimonio de su Precursor, calificándolo como el mejor y prosigue su riesgosa misión, en medio de un pueblo que finalmente aprobará su injusta ejecución en la Cruz.

2.- La predicación al servicio de la conversión. Jesús presenta un modelo de predicación misionera que se proyecta en los Apóstoles y en la Iglesia. Siempre el anuncio, o la proclamación de la verdad a creer, es presentado inseparable del llamado a la conversión o al cambio de vida: “A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar: “Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca”. (Mateo 4, 17) Con frecuencia se produce una escandalosa contradicción entre lo que se dice creer y lo que se vive. La única garantía de honestidad y coherencia es la santidad - canonizable o no - porque exclusivamente en ella resplandece la verdad profesada. La Iglesia, para cumplir su misión evangelizadora, necesita santos, o testigos auténticos de la Verdad que predica. Cuando hablamos de “santos” nos referimos a cristianos que se esfuerzan por ser fieles, hasta la heroicidad, a los mandamientos y al espíritu de las bienaventuranzas. El combate por lograrlo es continuo y denodado. Lo expresa San Pablo, al dar testimonio de sí mismo: “Yo ya estoy a punto de ser derramado como una libación, y el momento de mi partida se aproxima: he peleado hasta el fin el buen combate, concluí la carrera, conservé la fe”. (2 Timoteo 4, 6-7) Conservar la fe supone el combate por la fidelidad, hasta el fin.

3.- La santidad, testimonio necesario. “El testimonio de la santidad, que el mundo espera de los cristianos” (2001) - en labios de San Juan Pablo II - es la prueba irrebatible de la eficacia sobrenatural del Evangelio. No nos engañemos: la mentira, vestida de verdad, o la “doble vida”, constituyen un sarcasmo sacrílego, condenable tanto en el cielo como en la tierra. Dolorosos escándalos sacuden a la Iglesia de Cristo, por parte de personas consagradas, que así ejecutan su nociva acción anti testimonial. Para la llamada “prensa amarilla” el escándalo reditúa económicamente, no así la virtud y la santidad. Por ello, se publicita el primero y se ignora el buen ejemplo, más numeroso y significativo. Para los observadores, poco informados o ideológicamente prejuiciados, la Iglesia - consagrados y clérigos - es toda así. No es así. Es injusto difundir este concepto, inspirado en el odio y en el resentimiento, sobre todo mediante las redes sociales y los espacios de opinión de algunos medios gráficos de amplia difusión.

4.- La Iglesia: Una, Santa, Católica y Apostólica. A pesar de ser quien es, Jesús organiza su pastoral misionera seleccionando colaboradores. Los elige entre sus seguidores: Pedro, Andrés, Santiago y Juan. Luego completará el número de doce y los llamará: “Apóstoles”. Serán sus íntimos y el fundamento de su mística construcción; recibirán en herencia la misión que Él recibió de su Padre y serán los principales organizadores de la Iglesia. Así los considerarán las primeras comunidades, que afianzarán su sólida identidad eclesial mediante la comunión con ellos. La delegación definitiva con que Cristo los inviste: “Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”. (Juan 20, 21) constituye la base de la Iglesia que Jesús funda. San Pablo, divinamente inspirado, así lo interpreta: “Ustedes están edificados sobre los apóstoles y los profetas, que son los cimientos, mientras que la piedra angular es el mismo Jesucristo”. (Efesios 2, 20) En comunión necesaria con ellos toda la Iglesia es: “Una, Santa, Católica y Apostólica”. Si se rompe esa comunión, se produce un mortal desgajamiento llamado: cisma. Digamos lo mismo de quienes, mal asesorados, optan por la apostasía o negación formal de su fe bautismal.+



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