Viernes 27 de noviembre de 2020

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Católicos y democracia

Refelxión de monseñor Sergio O. Buenanueva, obispo de San Francisco, publicada el 23 septiembre de 2020

En el núcleo ético de la democracia liberal está el reconocimiento de la legitimidad de la pluralidad política: gente que ve la vida de modo diverso, también en lo que hace al bien común y la construcción política del mejor orden justo posible de la sociedad.

En este contexto, las disputas, incluso ásperas y subidas de tono, no significan una lucha por la eliminación del otro. Mi ocasional adversario puede estar equivocado, pero no, por eso, es una mala persona, representante del mal absoluto.

Claro, eso significa que, previamente se da un acuerdo más o menos explícito en torno a algunos valores fundamentales. Cito, al respecto, unas palabras de san Juan Pablo II en el último documento del magisterio católico que se ocupa del tema: “Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana. […] Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia.” (Centessimus annus 46 b).

Me interesa citar esta mirada católica, no solo porque profeso esa fe y soy obispo, sino por un hecho bien conocido: el magisterio católico ha recorrido un arduo camino para dar el paso de aceptar la legitimidad de la democracia. Este paso se ha dado, precisamente por la aceptación por parte de la Iglesia de la pluralidad en la vida social, más específicamente, de la pluralidad religiosa que se da en buena parte de las sociedades modernas.

Fue en el Concilio Vaticano II, con la aprobación de la Declaración sobre la libertad religiosa, Dignitatis humanae. Al reconocer dicha libertad como un derecho civil de las personas, la Iglesia abandonaba para siempre el ideal del estado confesional católico y, por ende, que la unidad de un pueblo estuviera subordinada a la unidad religiosa. Quienes profesan otros cultos o no son creyentes serían objeto de una mera y siempre frágil tolerancia.

Este paso cumplido dentro de la mentalidad católica ha sido fundamental para que, no sin dificultad, los que profesamos esta fe pudiéramos abrazar con convicción interior los valores fundamentales de la democracia, también señalados con claridad por el Papa Wojtyla: “La Iglesia aprecia el sistema de la democracia, en la medida en que asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente de manera pacífica. Por esto mismo, no puede favorecer la formación de grupos dirigentes restringidos que, por intereses particulares o por motivos ideológicos, usurpan el poder del Estado. Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana. Requiere que se den las condiciones necesarias para la promoción de las personas concretas, mediante la educación y la formación en los verdaderos ideales, así como de la «subjetividad» de la sociedad mediante la creación de estructuras de participación y de corresponsabilidad.” (ídem).

Es verdad que, de tanto en tanto, algunos católicos nos sorprenden señalando que la democracia es “solo” un modo como los ciudadanos elegimos a nuestras autoridades. Pienso que es una interpretación minimalista del pensamiento actual del magisterio eclesial.

La Iglesia no tiene autoridad para indicar qué forma de organización política se da a sí mismo un pueblo. Ella misma vive (o sobrevive) en diferentes comunidades políticas. Lo que sí hace es ofrecer una serie de principios que nacen tanto del Evangelio como de una interpretación racional de la condición humana y que permiten evaluar la calidad antropológica y ética de todo sistema político.

En este sentido, es interesante señalar cómo -una vez más con Juan Pablo II- los grandes valores humanos que aseguran la validez ética de todo sistema político son los que, en buena medida, definen desde dentro al sistema democrático.

La democracia, para el pensamiento católico, es más que una forma de elegir autoridad. Supone una cultura: la de la libertad y la conciencia, el diálogo franco y la confrontación honesta, la convivencia en la diversidad y la aceptación de la pluralidad.

Valores todos asentados firmemente en el respeto de la dignidad humana de toda persona. Los derechos humanos son de todos los seres humanos, no solo de los compañeros.

Mons. Sergio O. Buenanueva, obispo de San Francisco