Sábado 14 de marzo de 2026

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Queridos hermanos:

Al terminar nuestra Asamblea plenaria, acudimos como "peregrinos de esperanza" al Santuario de la Madre nuestra de Luján para dejar en su corazón todas las iniciativas, preocupaciones y alegrías que llevamos en nuestros corazones de pastores de cada una de nuestras Iglesias particulares. Lo hacemos también como Colegio Episcopal de nuestra amada Iglesia que peregrina en Argentina.

Hoy y aquí nos metemos profundamente en medio del Pueblo de Dios que muestra de tantos modos su cariño a la Madre de Dios y Madre nuestra, especialmente en este Santuario Nacional de Nuestra Señora de Luján, donde ella desde 1630 ha querido "quedarse" con nosotros "como signo de su maternal protección sobre este pueblo suyo que peregrina en Argentina" para que "llevados de su mano podamos encontrarnos junto al Cordero inocente que quita el pecado del mundo, Jesucristo Hijo de Dios y nuestro único Salvador"...

Hoy la Liturgia la celebra como Madre y Medianera de la Gracia.

La Iglesia nos enseña que todas las gracias sobrenaturales capaces de llevar a la salvación y a la santidad a todos los hombres del mundo fluyen del Cristo Resucitado, nacido de la santísima Virgen María. Y si esas gracias las mereció el Señor en su libre aceptación de la voluntad del Padre llevada al extremo de la cruz, ellas jamás hubieran podido llegar a nosotros de no mediar la aceptación previa, plenamente libre, de la maternidad divina por parte de María. Absolutamente todas y cada una de las gracias que Cristo dona a los cristianos han pasado por el "Sí" de María, el maravilloso "hágase en mi según tu Palabra", que pronuncia llena de amor a Dios y a nosotros en el denso instante de la Anunciación, prolongado en la aceptación de su maternidad espiritual al pie de la Cruz.

Ni una sola gracia deja de pasar por el "sí" de María. Como no hay ningún fruto que no haya sido antes flor. Ni sol radiante del verano que no haya sido preanunciado por la primavera.

María es nuestra primavera, ella es la flor más perfecta del jardín de Dios, el alba que anuncia el día. Aún en los momentos más duros de la vida, la presencia de María, de nuestra dulce Madre, es capaz de abrirnos el atisbo de esperanza, de confianza, de consuelo, capaz de elevar finalmente nuestros corazones a Dios.

Como Obispos "peregrinos de esperanza" queremos vivir hoy aquí una jornada jubilar en este Año Santo. En el Jubileo de los Obispos del 25 de junio pasado el Papa León nos recordaba que "antes de ser pastores, ¡somos ovejas del rebaño del Señor! Y por eso también nosotros, es más, nosotros primero, estamos invitados a atravesar la Puerta Santa, símbolo de Cristo Salvador. Para guiar a la Iglesia confiada a nuestros cuidados, debemos dejarnos renovar profundamente por Él, el Buen Pastor, para conformarnos plenamente a su corazón y a su ministerio de amor".

Hemos pasado por la Puerta Santa que es Jesucristo recogiendo su invitación que en palabras de San Juan nos dice que: "hay que entrar por la puerta". El que no lo hace "es ladrón y bandido". En cambio "el que entra por la puerta es el pastor del rebaño. El portero le abre, las ovejas oyen su voz, él llama a las suyas por su nombre, y las saca... para caminar delante de ellas" (Jn. 10, 1-5). Hay, que ser llamados, admitidos y autenticados por el portero y, como Él, llegar a amar apasionadamente a las ovejas.

Humanamente hablando el pastor puede tener más o menos cualidades, estos u otros dones: pero el llamado que a todos se nos hace es el de entrar por la puerta que es Jesús. Esto significa pasar a través de Jesús, vivir con sus sentimientos, conocer al Padre, llamar a las ovejas por su nombre y llegar hasta el don de la propia vida por amor. "Por eso mi Padre me ama -dice Jesús- porque yo doy voluntariamente mi vida, para recobrarla después. Tengo poder para tomarla y poder para quitarla. Pero yo he decidido darla" (Jn 10, 18).

Lo definitivo del pastor es, entonces, la manera como da su vida. En esto se reconocerá si ha pasado por la Puerta: si es o no pastor como Jesús. Es el 'gota a gota' del 'día a día', es la dedicación exclusiva, es el martirio... El pastor da la vida en su ministerio, la da como oblación (Flp. 2, 5-11; 1 Pe. 5, 1-4). La da con alegría, la da con entusiasmo, la da con calidad. La da y nunca la mezquina. Jesús lo tiene muy claro: "el que se aferra a la vida, la pierde; el que desprecia la vida en este mundo, la conserva para la vida eterna" (Jn 12, 25).

Pidamos con toda la fuerza de nuestra confiada oración renovarnos hoy en la entrega de cada uno de nosotros a Cristo y a su Iglesia hasta llega a "dar la vida por las ovejas".

También en el Jubileo de los Obispos en Roma, nos recordaba el Santo Padre que "el obispo es hombre de esperanza, porque «la fe es la garantía de los bienes que se esperan, la plena certeza de las realidades que no se ven» (Hb11,1). Especialmente cuando el camino del pueblo se hace más difícil, el pastor, por virtud teologal, ayuda a no desesperar; no con las palabras, sino con la cercanía. Cuando las familias llevan cargas excesivas y las instituciones públicas no las sostienen adecuadamente; cuando los jóvenes están decepcionados y hartos de mensajes falsos; cuando los ancianos y las personas con discapacidades graves se sienten abandonados, el obispo está cerca y no ofrece recetas, sino la experiencia de comunidades que tratan de vivir el Evangelio con sencillez y compartiendo con generosidad".

¡Qué concretas y reales se hacen estas palabras para nosotros hoy que queremos ser una luz de esperanza entre tantos desafíos que vivimos como argentinos! ¡Cómo anunciar y sostener esa esperanza puesta a prueba en tantos hermanos nuestros! En los que sufren en su cuerpo y en su alma, en los que no tienen trabajo y no pueden ofrecer el pan de cada día a sus hijos, en los jóvenes desorientados y abandonados a su suerte, en los ancianos que experimentan no poder satisfacer sus mínimas necesidades para su vida diaria y el cuidado de su salud. Y podríamos seguir describiendo largamente una realidad que contemplamos con nuestros ojos cada día compartiendo la vida y los desafíos de nuestra gente.

Reafirmemos hoy también nuestro compromiso de amor con cada uno de nuestros hermanos que sufren y con esta realidad que nos toca vivir hoy y que tanto interpela a nuestro corazón de pastores. Como nos invita el Papa León en Dilexi te: "Escuchando el grito del pobre, estamos llamados a identificarnos con el corazón de Dios, que es premuroso con las necesidades de sus hijos y especialmente de los más necesitados" (D T 8).

Santa María de Luján, Madre Nuestra, Medianera de la Gracia: Como pastores de esta Iglesia Argentina te pedimos: Llévanos a Jesús, el buen Pastor... Porque para guiar a la Iglesia confiada a nuestros cuidados, debemos dejarnos renovar profundamente por Él, el Buen Pastor, para conformarnos plenamente a su corazón y a su misterio de amor.

Llévanos a Jesús con todos aquellos que están bajo nuestro cuidado y que están en nuestro corazón. Lleva al Corazón de Jesús esta Iglesia que peregrina en Argentina y ruega por nosotros,... "para que sepamos discernir los signos de los tiempos y crezcamos en la fidelidad al Evangelio... y que siempre atentos a las necesidades de todos los hombres y compartiendo con ellos sus penas y sus angustias, sus alegrías y esperanzas, les mostremos el camino del Evangelio y avancemos con ellos en el camino de la salvación". Que así sea

Santa María de Luján. Ruega por nosotros.

Mons. César Daniel Fernández, obispo de Jujuy y vicepresidente segundo de la CEA

Las parábolas de la misericordia Lc. 15

Mis queridos hermanos,

Dios nos ha hablado, y nosotros escuchamos.

En las parábolas de la misericordia que Lucas nos relata, tanto de la oveja, como de la moneda se nos dice de ellos que estaban perdidos y fueron encontrados. La consecuencia de la recuperación es la alegría tanto del pastor como de la mujer; ambos hacen fiesta. Lucas continúa con una tercera parábola, la del padre misericordioso. Aquí también el hijo estaba perdido y fue encontrado, con la consecuente fiesta. Pero solo del hijo se agrega que además estaba muerto y que fue vuelto a la vida.

Por su parte, Pablo en su carta nos deja esta profunda afirmación "Si vivimos, vivimos para el Señor, ... tanto en la vida como en la muerte a El pertenecemos".

La vida está siempre referida a un sentido de pertenencia. Vivimos para el Señor, y la perseverante búsqueda del pastor y de la mujer nos hacen notar que ellos no pueden vivir en paz hasta que no recuperen lo perdido. Lo mismo el padre misericordioso que no se cansa nunca de esperar el regreso de su hijo. Ninguno de los tres, diríamos, están completos hasta que se produce el encuentro. La alegría que experimentan es el signo de su plenitud. Recuperar el vínculo los hace felices y completos.

El Documento Final del Sínodo, declarado magisterio ordinario, estructura todo el documento en base a la categoría relacional y nos anima a una conversión de las relaciones, de los procesos y de los vínculos. Así como Pablo nos lleva al vinculo fontal que es el Señor -tanto en la vida como en la muerte a El pertenecemos-, así el Sínodo nos lleva a la revalorización del bautismo, fuente de donde brota la identidad del Pueblo de Dios y de donde nacen los modos de vincularnos.

Papa Francisco nos conectaba con el sentimiento de ser pueblo de Dios, su sabor espiritual, "(nos) hace falta desarrollar el gusto espiritual de estar cerca de la vida de la gente, hasta el punto de descubrir que eso es fuente de un gozo superior... (El Señor) nos toma de en medio del pueblo y nos envía al pueblo, de tal modo que nuestra identidad no se entiende sin esta pertenencia". (EG 268)

Es el mismo sentido de pertenencia que se nos invita a reavivar por medio de la conversión de nuestros vínculos, desde la misma dignidad bautismal. Esto implica que cada fiel cristiano, y nosotros como obispos, necesitamos revisar nuestros modos de relación. Podríamos revisar muestras resistencias a lo sinodal, nuestros modos de ejercer la autoridad, nuestro trato hacia los demás. Los demás que son los presbíteros, los laicos, las mujeres, los hermanos obispos, los organismos de participación. Revisar ese sabor espiritual de ser pueblo, que nos ponga desde el inicio de toda relación personal en pie de igualdad, con la conciencia viva de plantear así todo vínculo. No entramos a la iglesia siendo pastores sino laicos, nos recordaba también Francisco. "Evocar al Santo Pueblo fiel de Dios, es evocar el horizonte al que estamos invitados a mirar y desde dónde reflexionar... Nuestra primera y fundamental consagración hunde sus raíces en nuestro bautismo Olvidarnos de esto acarrea varios riesgos y deformaciones tanto en nuestra propia vivencia personal como comunitaria del ministerio... El Santo Pueblo fiel de Dios está ungido con la gracia del Espíritu Santo, por tanto, a la hora de reflexionar, pensar, evaluar, discernir, debemos estar muy atentos a esta unción".

Tener siempre presente ese denominador común que nos da el bautismo, todos hijos, todos hermanos, puede ayudarnos mucho a comprender bien esa "corresponsabilidad diferenciada" de la que tanto nos habla el Sínodo. Vincularnos desde la conciencia viva de nuestra igual dignidad de discípulos, en ese pie de igualdad, habilita la relación fraterna, propia del Evangelio. Las primeras comunidades cristianas así buscaban vivirlo y sin quizás querer provocarlo deliberadamente, propusieron al mundo un nuevo modelo social: un mundo de hermanos y hermanas como base de organización social comunitaria. Es esa "profecía social" a la que nos invita practicar el camino sinodal en un mundo donde los liderazgos sociales y políticos están tan personalizados y cuestionados.

En nuestras Asambleas hemos iniciado el gesto de compartir la Eucaristía y la cena fraterna con los laicos integrantes de nuestras Comisiones Episcopales. Un gesto sinodal sin duda, pero para que no se convierta en un signo vacío sin incidencia transformadora, podríamos hacernos estas preguntas que Papa Francisco plantea a los obispos responsables del CELAM durante la JMJ Rio 2013

"Los Pastores, Obispos y Presbíteros, ¿tenemos conciencia y convicción de la misión de los fieles y les damos la libertad para que vayan discerniendo, conforme a su proceso de discípulos, la misión que el Señor les confía? ¿Los apoyamos y acompañamos, superando cualquier tentación de manipulación o sometimiento indebido? ¿Estamos siempre abiertos para dejarnos interpelar por ellos en su búsqueda del bien de la Iglesia y su misión en el mundo?

No dudamos que tenemos la buena voluntad de superar clericalismos y de practicar la corresponsabilidad con los laicos de manera diferenciada, pero superar esta cultura ancestral y asumir el corazón de la sinodalidad como cambio paradigmático y programático supone de nuestra parte una conversión y no simplemente un cambio. Es aceptar la invitación a revisar nuestros modos de vincularnos y nuestra práctica de la autoridad. Preguntas como las que nos plantea el Papa Francisco y algunas otras más pueden ayudarnos a superar ocultas resistencias.

En la parábola que escuchamos, cuando el pastor sale a buscar a la oveja perdida no se dice de ella que es una oveja descarriada. Simplemente se perdió. Quizás por negligencia o descuido del pastor, quizás por otras razones, pero la cuestión es que el pastor sale a buscarla y no termina de hacerlo sino hasta encontrarla. El vínculo con ella lo define como pastor.

Los laicos también están invitados a revisar los modos de vincularse entre ellos y con los pastores. No es cuestión de dar vuelta las cosas porque se repetiría el esquema de unos sobre otros. "Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes". Un movimiento para provocar el encuentro y hermanar. Es la invitación de Jesús a lavarnos los pies los unos a los otros. Este sentido de reciprocidad vincular es constitutivo del camino sinodal.

Termino con palabras de León XIV en el jubileo de los equipos sinodales: "Ser Iglesia sinodal significa reconocer que la verdad no se posee, sino que se busca juntos, dejándonos guiar por un corazón inquieto y enamorado del Amor. Comprometámonos a construir una Iglesia totalmente sinodal, totalmente ministerial, totalmente atraída por Cristo y por lo tanto dedicada al servicio del mundo".

Buenos Aires (Pilar), jueves 6 de noviembre de 2025.-
Mons. Martín Fassi, obispo de San Martín y presidente de la Comisión Episcopal para la Vida, los Laicos, la Familia y Juventud (Cevilaf)

Mis queridos hermanos

Una vez más el Señor nos convoca a celebrar nuestra fraternidad ministerial en esta Eucaristía, fiesta de su irrevocable don para todos los hombres. ¡Cómo no alegrarnos de poder iniciar así esta semana de trabajo común en ejercicio de nuestra colegialidad al servicio de la Iglesia en la Argentina!

Junto a toda la Iglesia, participamos de este Año jubilar de la Esperanza, convocado por el Papa Francisco en homenaje a los 1700 años del Concilio de Nicea, poniendo signos de esperanza allí donde la realidad nos desafía crudamente. Las celebraciones jubilares, en Roma como en las iglesias particulares, ponen de manifiesto la riqueza del amor del Señor que se hace presente en tantas realidades pastorales que hablan de Dios al mundo y le permiten levantar la mirada para anhelar esos bienes eternos que empiezan a realizarse en el aquí y ahora de nuestras vidas.

En el Evangelio, Lucas nos refiere una fiesta que tiene lugar en sábado, en la casa de un importante jefe de los fariseos que ha invitado a Jesús a comer. El Señor le da al anfitrión un consejo exigente y desconcertante, poniendo en crisis las normas habituales para invitar a una fiesta. Al banquete debe invitarse «a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos», es decir, a los pobres y a los impuros, contra tantas prescripciones vigentes.

El mandato de Jesús es chocante y desestabilizador, pues invierte las prácticas sociales fundadas en el reconocimiento mutuo, el amiguismo, el agradecimiento y la correspondencia. Lo más común es invitar para ser invitado y reforzar así una pertenencia a un cierto grupo, inclusive para diferenciarse de otros.

Jesús le propone un nosotros más grande, con la gratuidad como criterio fundamental, así como lo hace Dios, que ofrece sus dones de manera gratuita. En el mismo Evangelio leemos que dar sin esperar recompensa y ser misericordioso es identificarse con Dios (Lc. 6,36) y ser hijos suyos (Lc. 6,35). Desde la mirada de Dios, el mundo se ve y se valora de una forma diferente. Allí los pobres y los marginados tienen lugar en la fiesta. Vivir según esa perspectiva conmueve fuertemente la escala de valores que nos guían, personal y comunitariamente.

Sobre eso dice claramente el Papa León que "el afecto por el Señor se une al afecto por los pobres. Aquel Jesús que dice: «A los pobres los tendrán siempre con ustedes» (Mt 26,11) expresa el mismo concepto que cuando promete a los discípulos: «Yo estaré siempre con ustedes» (Mt 28,20). Y al mismo tiempo nos vienen a la mente aquellas palabras del Señor: «Cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo» (Mt 25,40). No estamos en el horizonte de la beneficencia, sino de la Revelación; el contacto con quien no tiene poder ni grandeza es un modo fundamental de encuentro con el Señor de la historia. En los pobres Él sigue teniendo algo que decirnos" (Dilexi te, n. 5)

Si la vida puede ser entendida como una fiesta a la que todos estamos llamados, nadie puede ser excluido. No hay poder humano sobre el derecho a la vida y a la participación de los dones de Dios. Por eso los cristianos somos conscientes de que tenemos la misión de luchar con todas nuestras energías, junto a la sublime causa de la paz, por el derecho a la vida y su dignidad, en todas las etapas de la existencia humana.

Así lo hemos venido haciendo desde distintos espacios del episcopado en relación con las personas con discapacidad, los jubilados, los hermanos y hermanas víctimas de las adicciones y la trata, los niños y jóvenes afectados por la ludopatía virtual extendida masivamente por intereses espurios, permitida y alentada con la complicidad de tantos sectores políticos y sociales.

Al igual que a Jesús, no nos resulta posible participar de la fiesta de la vida sin interesarnos en invitar a todos para que nadie quede afuera a causa de la mezquindad, la avaricia o el desinterés por los más pobres y vulnerables. En palabras del Papa León: "(...) es responsabilidad de todos los miembros del pueblo de Dios hacer oír, de diferentes maneras, una voz que despierte, que denuncie y que se exponga, aun a costo de parecer «estúpidos». Las estructuras de injusticia deben ser reconocidas y destruidas con la fuerza del bien, a través de un cambio de mentalidad, pero también con la ayuda de las ciencias y la técnica, mediante el desarrollo de políticas eficaces en la transformación de la sociedad" (Papa León, Dilexi te, n. 97).

Si damos un paso más, también podemos pensar en la amistad social como una fiesta a la que estamos invitados todos los que conformamos una determinada comunidad; por esa razón, nos resulta imperioso, más que nunca, referirnos a la participación sin exclusiones.

Quienes tienen un mandato de su pueblo para el ejercicio de un cargo, no deben ignorar la voz y los aportes de todos los miembros y sectores de esa comunidad, algunos de los cuales tienen representación política parlamentaria y su propio espacio de manifestación institucional. La construcción permanente de consensos debería ser el norte de quienes quieran gobernar con amor, inteligencia y pasión por el bien de su pueblo.

En nuestro caso, además del servicio de cada obispo a su Iglesia particular como padres y pastores, somos miembros de la Conferencia y nos reunimos en Asamblea porque creemos que "las prácticas auténticas de sinodalidad permiten a los cristianos desarrollar una cultura capaz de profetizar críticamente frente al pensamiento dominante y ofrecer así una contribución distintiva a la búsqueda de respuestas a muchos de los retos a los que se enfrentan las sociedades contemporáneas y a la construcción del bien común" (DF 47).

Dos veces al año, de modo plenario, llegamos para escucharnos y compartir inquietudes y ricas experiencias apostólicas, también los problemas y sufrimientos de nuestra gente y de nuestras Iglesias particulares, así como sus sueños y proyectos. Lo hacemos con la convicción de buscar juntos lo mejor para la Iglesia en la Argentina. Pero además extendemos ese trabajo en comisiones y consejos episcopales para profundizar el seguimiento de importantes áreas de interés pastoral. Una Iglesia toda ministerial es una iglesia auténticamente fraternal y concretamente samaritana que busca que nadie se quede en el camino, que todos lleguen a la meta, a la fiesta a la que Dios nos invita.

Durante estos días reflexionaremos sobre la actitud profética que el Señor le pide a su Iglesia. Que la sinodalidad vivida en la escucha recíproca, con especial atención al grito de los pobres y el clamor de la Tierra, nos permita hacer realidad entre nosotros lo que la Semana social de este año invitaba a todos los argentinos: "Que la sabiduría del diálogo, la misericordia que acoge y la alegría de la esperanza nos impulsen a involucrarnos y organizarnos como sociedad para tejer vínculos que hagan posible una Patria con verdadera Amistad Social y orientada al bien común".

Pilar, 3 de noviembre de 2025
Mons. Marcelo Colombo, arzobispo de Mendoza y presidente de la CEA

Queridas familias argentinas.

En medio de tiempos complejos, donde la incertidumbre y las dificultades parecen tocar cada hogar de nuestro país, queremos enviarles un mensaje de profunda esperanza y renovada solidaridad.

El Papa Francisco nos recuerda que "la esperanza es audaz, sabe mirar más allá de la comodidad personal, de las pequeñas seguridades y compensaciones que estrechan el horizonte, para abrirse a grandes ideales que hacen la vida más bella y digna" (FT. 55). Hoy más que nunca, necesitamos esa esperanza que no se resigna, que se levanta cada mañana con fe en el futuro y en el poder transformador del amor familiar, recordando que la esperanza del cristiano surge de una certeza: Jesús resucitado y vivo, caminando junto a nosotros.

La familia es el primer espacio de contención, de escucha, de ternura. Es allí donde aprendemos a compartir, a cuidar, a resistir juntos. En este contexto social, donde muchos sufren el peso de la desigualdad, la falta de oportunidades o el desarraigo, es fundamental que nos abracemos como comunidad, que no dejemos a nadie solo.

El Papa León XIV, en el Jubileo de las Familias, nos animó con estas palabras que hoy resuenan con fuerza: "Que la fe, la esperanza y la caridad crezcan siempre en nuestras familias. Estoy contento de acoger a tantos niños, que reavivan nuestra esperanza. Saludo a todas las familias, pequeñas iglesias domésticas, en las que el Evangelio es acogido y transmitido." (01/06/2025)

La solidaridad no es solo una palabra: es un gesto, una acción concreta. Es tender la mano al vecino, es compartir lo que tenemos, es mirar al otro con compasión y dignidad. El Papa Francisco, en tiempos de pandemia nos mostró con claridad que "todos estamos vinculados, los unos con los otros; nadie se salva solo" (Audiencia General, 2 de septiembre de 2020). Esta interdependencia no es una carga, sino un llamado a la fraternidad: aprender a cuidarnos mutuamente, empezando por nuestros hogares, y en Argentina, tierra de encuentros y resiliencia, sabemos que juntos podemos construir caminos nuevos.

A las madres, padres, abuelos, jóvenes, niñas y niños: no perdamos la fe. Que cada mesa compartida, cada abrazo sincero, cada esfuerzo cotidiano sea semilla de esperanza. Que el amor que nace en el hogar se multiplique en la sociedad.

Con el corazón abierto y la mirada puesta en el bien común, sigamos caminando; porque aún en la noche más oscura, en nuestro interior hay una luz que no se apaga: la que nace del amor de Jesús y la fraternidad de los hermanos, inspirados por la Sagrada Familia, que de la mano de San José siempre encontró su camino y se mantuvo a salvo.

Que Jesús, María y José, la Sagrada Familia de Nazaret, nos acompañen en este camino de amor y solidaridad.

Secretariado Nacional para la Pastoral Familiar
Comisión Episcopal para la Vida, los Laicos, la Familia y la Juventud
Conferencia Episcopal Argentina

Palabras del arzobispo de Mendoza y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, monseñor Marcelo Colombo al recibir, en ocasión de la 200ª reunión de la Comisión Permanente del Episcopado, la visita del Rabino Ariel Stofenmacher, rector del Seminario Rabínico Latinoamericano Marshall T. Meyer, en el marco del 60º aniversario de Nostra Aetate, uno de los documentos más significativos del Concilio Vaticano II, que aborda las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas. Por la comunidad musulmana estuvo presente Omar Abboud.

Hace 60 años, el Papa San Pablo VI promulgó la luminosa declaración del Concilio Vaticano II sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas. Para los católicos, se trató de una declaración necesaria y audaz que nos comprometió a trazar un nuevo camino en las relaciones con otras religiones.

Si bien en sus orígenes el móvil del documento fue la tragedia del antisemitismo, esa semilla de cizaña que infectaba de odio y violencia el campo sembrado con la semilla de la fe, la declaración se convirtió en un faro que sentó las bases para que los cristianos católicos, a la luz del evangelio de Jesucristo, en quién Dios quiso reconciliar consigo todas las cosas (cf. 2Co 5,18-19), reprueben como ajena a su espíritu y contenido cualquier forma de discriminación o vejación realizada por motivos de raza o color, de condición o religión (cf. NA 5).

Reconocemos con gratitud la obra de Dios en nosotros en este sentido, e imploramos que nos ayude a seguir dando pasos fecundos.

La declaración nos recuerda que los hombres buscan en nuestras religiones la respuesta a los enigmas más recónditos de la condición humana: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido y el fin de nuestra vida? ¿Qué es el bien y qué es el pecado? ¿Cuál es el origen y el fin del dolor?... Sobre todo, quieren encontrarse con aquel último e inefable misterio que envuelve nuestra existencia, del cual procedemos y hacia el cual nos dirigimos. (cf. NA 1).

La respuesta a esas búsquedas no se encuentra inmediatamente ni solamente en nuestros dogmas, sino en nuestro estilo de vida, en nuestras comunidades, en nuestros santos y testigos, en el modo sereno y convencido como buscamos la verdad, la justicia y la paz, y nos ayudamos mutuamente a encontrarla.

Muchos creemos en un Dios que ha querido presentarse como el Dios de Abraham y de sus hijos. Un Dios que asume el riesgo en la historia de hacerse conocer por el testimonio de sus creyentes. El modo como vivimos manifiesta al Dios en quien creemos.

La santidad, la verdad y la justicia que anida en nuestras religiones nos une a Dios y nos une entre nosotros, y da un testimonio más claro para conducir a Dios a los hombres que aún no creen. (cf NE 2).

Por eso el Concilio Vaticano II exhorta a los católicos a que, con caridad y prudencia, mediante el diálogo y la colaboración con los hermanos de otras religiones, reconozcamos, guardemos y promovamos aquellos bienes espirituales y morales que tenemos en común, y que lo hagamos sobre todo con nuestro testimonio de fe y vida cristiana (NE 2).

Con nuestros hermanos mayores, el pueblo de Israel, reconocemos a Dios como un Padre. Moisés lo expresó diciendo al Faraón: “Esto dice el Señor: Israel es mi hijo primogénito” (Ex 4,22) y el profeta anhela los tiempos en que se les dirá: “Hijos del Dios viviente” (Os 2,1). Jesucristo, une sus discípulos a Dios de un modo único, dando a los creyentes el Espíritu Santo que los hace clamar “Abba”, Padre (Gal 4,6).

Con los creyentes del Islam, invocamos el nombre de Dios como “el clemente y misericordioso”. Así reza aquella “Basmala” que no solo encabeza casi la totalidad de suras del Corán, sino que también es recitada para invocar la bendición de Dios sobre las tareas importantes de la vida. “Adonay, Adonay, Dios misericordioso y compasivo”, dice el Señor a Moisés en la Montaña de la Alianza, y por boca de los profetas repetirá “quiero misericordia más que sacrificios” (Os 6,6). Los cristianos confesamos que Jesucristo ha revelado esa misericordia y perdón, y como buen samaritano, se ha hecho cargo del hombre herido. (Lc 10)

El hinduismo, el budismo y las demás religiones que se encuentran por todo el mundo, también se esfuerzan por responder a las inquietudes del corazón humano (NA 2). No podemos desconocer tampoco la sabiduría, las intuiciones y las expresiones religiosas los pueblos originarios de América y otros continentes que también deben ser lugares de diálogo y encuentro. “Si uno cree que el Espíritu Santo puede actuar en el diferente, entonces intentará dejarse enriquecer con esa luz, pero la acogerá desde el seno de sus propias convicciones y de su propia identidad” (Exhortación Querida Amazonía 106).

A todos nos une la responsabilidad de ser testimonio viviente de la misericordia y de la compasión que profesamos de Dios, porque como dice un discípulo amado de Jesús ¿quién puede decir que ama a Dios a quien no ve, si no ama a su hermano a quien ve? (cf. Jn 4,20-21).

Lo recuerda la declaración conciliar: La relación del hombre con Dios Padre y la relación del hombre para con los hombres, sus hermanos, están de tal forma unidas que, como dicen las Escrituras (cristianas), el que no ama, no ha conocido a Dios. (cf. NA 5).

En la última década, el querido papa Francisco ha sido un testigo valiente y audaz del diálogo interreligioso. Me permito recordar sus palabras en la encíclica Evangelii Gaudium.

Una actitud de apertura en la verdad y en el amor debe caracterizar el diálogo con los creyentes de las religiones no cristianas, a pesar de los varios obstáculos y dificultades, particularmente los fundamentalismos de ambas partes. Este diálogo interreligioso es una condición necesaria para la paz en el mundo, y por lo tanto es un deber para los cristianos, así como para otras comunidades religiosas. Este diálogo es, en primer lugar, una conversación sobre la vida humana […]. Un diálogo en el que se busquen la paz social y la justicia es en sí mismo, más allá de lo meramente pragmático, un compromiso ético que crea nuevas condiciones sociales. […]

En este dialogo, siempre amable y cordial, nunca se debe descuidar el vínculo esencial entre diálogo y anuncio, que lleva a la Iglesia a mantener y a intensificar las relaciones con los no cristianos. Un sincretismo conciliador sería en el fondo un totalitarismo de quienes pretenden conciliar prescindiendo de valores que los trascienden y de los cuales no son dueños. La verdadera apertura implica mantenerse firme en las propias convicciones más hondas, con una identidad clara y gozosa, pero «abierto a comprender las del otro» y «sabiendo que el diálogo realmente puede enriquecer a cada uno». No nos sirve una apertura diplomática, que dice que sí a todo para evitar problemas, porque sería un modo de engañar al otro y de negarle el bien que uno ha recibido como un don para compartir generosamente. La evangelización y el diálogo interreligioso, lejos de oponerse, se sostienen y se alimentan recíprocamente. (EG 250-251)

El Papa caminó siempre con este espíritu y un hito luminoso fue la firma del “Documento sobre la paz mundial y la convivencia común” con el gran Imán y rector de la universidad de Al Azhar en Abu Dabi en 2019, por el que se instauró luego el 4 de febrero como el día internacional de la fraternidad humana.

En nuestra época (Nostra Aetate), nuevos desafíos nos urgen al diálogo y el encuentro. Nuevos modos de discriminación entre los hombres y los pueblos afectan la dignidad humana y los derechos que de ella dimanan. Ellos interpelan a los creyentes de todos los credos.

- La relación creciente y los vínculos entre los seres humanos y los pueblos, que ya se advertían en tiempos del Concilio (cf. NA 1), acontece ahora también en el escenario del así llamado “continente digital”. Junto a las ricas posibilidades de progreso y de encuentro que el mismo ofrece, advertimos que han fermentado en él peligrosas levaduras al servicio del odio, de la cancelación, de la manipulación… Ellas pueden asfixiar esas posibilidades y desatar fuerzas de deshumanización incontrolables.

- Cada vez son más notorias e impunes la insensibilidad y la ambición de los que, negando el destino universal de los bienes, proponen modelos de progreso que cobran víctimas humanas a través de la pobreza planificada o aprovechada. “No es sostenible la pretensión de un crecimiento económico infinito materialmente en un mundo que es finito”, “Tampoco lo es el hecho que en el afán de generar riquezas materiales se sacrifiquen las condiciones de vida de pueblos enteros”.[1]

- Es necesario además promover la paz, contribuyendo al fin de los horrores de la guerra y a la verdadera justicia social, denostada por algunos y corrompida por otros, principio fundamental de familia humana, y base moral de nuestras creencias.

Por eso invito a hacer nuestras las palabras del Papa León en su discurso a las delegaciones ecuménicas que lo saludaron en el comienzo de su pontificado:

A todos ustedes, representantes de las demás tradiciones religiosas, les expreso mi gratitud por su participación en este encuentro y por su contribución a la paz. En un mundo herido por la violencia y los conflictos, cada una de las comunidades aquí representadas aporta su sabiduría, su compasión y su compromiso con el bien de la humanidad y el cuidado de la casa común. Estoy convencido de que, si estamos unidos y libres de condicionamientos ideológicos y políticos, podremos ser eficaces al decir “no” a la guerra y “sí” a la paz, “no” a la carrera armamentista y “sí” al desarme, “no” a una economía que empobrece a los pueblos y a la tierra y “sí” al desarrollo integral.

El testimonio de nuestra fraternidad, que espero podamos manifestar con gestos concretos, sin duda contribuirá a construir un mundo más pacífico, como lo desean en lo más profundo de su corazón todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

Mons. Marcelo Colombo, presidente de la Conferencia Episcopal Argentina


Nota
[1] Pastoral Social Mendoza, Minería… ¿Cómo? Aportes para la participación responsable de todos. Mendoza, 5 agosto 2025.

Nuestra tarea, es decir, nuestra propia misión de educadores, nos impulsa a retomar recomenzando. Y no se puede recomenzar sin esperanza. Así, la esperanza infunde pasión por lo nuevo, nos moviliza a la acción.

Pero, ¿hacia dónde? Sin horizonte de sentido es imposible que nuestros proyectos educativos puedan movilizar fuerzas de cambio, de novedad, de solidaridad.

Nos recuerda el papa Francisco, “"Mirar el futuro con esperanza también equivale a tener una visión de la vida llena de entusiasmo para compartir con los demás. Sin embargo, debemos constatar con tristeza que en muchas situaciones falta esta perspectiva. La primera consecuencia de ello es la pérdida del deseo de transmitir la vid”.[1]

Transmitir pacientemente la vida es parte de ese confiar y creer que sostiene nuestro ser educadores. ¿Qué vida queremos cuidar, qué sentido vital queremos transmitir? ¿Cómo se manifiesta en nosotros ese amor por la vida de manera que nos permita recomenzar este nuevo período escolar?

"Pero todos, en realidad, necesitamos recuperar la alegría de vivir, porque el ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,26), no puede conformarse con sobrevivir o subsistir mediocremente, amoldándose al momento presente y dejándose satisfacer solamente por realidades materiales. Eso nos encierra en el individualismo y corroe la esperanza, generando una tristeza que se anida en el corazón, volviéndonos desagradables e intolerantes”.[2]

El principal enemigo de la esperanza es el miedo con su consecuente carga de pérdida de sentido. Un miedo que en el mundo de hoy lo encontramos difundido y disperso en diversas formas: incertidumbre, repliegue y ensimismamiento, pérdida de la confianza, etc. Hemos aprendido a lo largo de nuestra historia personal, social, eclesial que ningún ideal plural, ninguna comunidad se construye desde el miedo.

Nuestras comunidades educativas han crecido desde el impulso de esa esperanza evangélica que ha puesto su confianza en el Otro. En esa apertura trascendente también han reconocido que la confianza en los demás es intrínseca a su existencia, esta sencilla fórmula “confiar en” abre puertas donde pareciera que no las hay.

“Quien tiene esperanza, está en camino hacia el otro. Cuando uno tiene esperanza, confía en algo que lo trasciende. En eso la esperanza se parece a la fe. Con la expresión “pensando en nosotros, he puesto mis esperanzas en ti”, Gabriel Marcel resalta esa dimensión de la esperanza en la que el yo se trasciende en un nosotros”.[3]

De aquí se abre la convicción pedagógica que apuesta por una educación personalizada, basada en la confianza, construida en el diálogo, madurada en la búsqueda de una sana interdependencia. ¿Qué comunidad educativa ha crecido salvándose sola, ensimismada y aislada de la realidad?

“La esperanza, en este sentido profundo y estricto, no tiene la medida de nuestra alegría por la buena marcha de las cosas, ni la de nuestras ganas de invertir en empresas prometedoras de éxito inmediato, sino más bien la medida de nuestra capacidad de esforzarnos por algo simplemente porque es bueno, y no porque su éxito esté garantizado [...] No es el convencimiento de que algo saldrá bien sino de que algo tiene sentido al margen de cómo salga luego”.[4]

Volvemos así al inicio... anhelamos que nuestra tarea tenga sentido, que apostar siempre por la educación tenga sentido. Que permanezca en nosotros la convicción y el impulso que nos da la esperanza, que no es pensamiento positivo ni optimismo ingenuo. Podemos pensar positivamente y ser optimistas con la eficiencia de los resultados, pero sabemos que hay una dimensión de la vida que se escapa de sus márgenes. La esperanza solo es posible cuando se aceptan nuestras fragilidades. Inherente a ella es la zozobra, la inquietud, aún el desánimo. La negatividad propia de las circunstancias de la vida vivifica y alienta la esperanza.

Somos conscientes de que en la tarea cotidiana nos encontramos con heridas, conflictos, incomprensiones, que el presente no se muestra siempre claro, seguro, amigable. Nuestros contextos también muchas veces nos son adversos: la desigualdad de oportunidades, la precariedad de muchas estructuras escolares, la falta de reconocimiento social de nuestro trabajo, pueden, no sin poca razón, tentarnos a bajar los brazos.

Ante esto no queremos dejar de atrevernos a soñar, a levantarnos de las parálisis. Apostamos por la esperanza que no deja a nadie sin futuro, que busca y encuentra caminos creativamente, que sigue creyendo en que una comunidad, un nosotros sigue siendo posible.

Nos animan las palabras del Papa Francisco: “Sí, necesitamos que sobreabunde la esperanza” (cf. Rm 15,13) para testimoniar de manera creíble y atrayente la fe y el amor que llevamos en el corazón; para que la fe sea gozosa y la caridad entusiasta; para que cada uno sea capaz de dar aunque sea una sonrisa, un gesto de amistad, una mirada fraterna, una escucha sincera, un servicio gratuito, sabiendo que, en el Espíritu de Jesús, esto puede convertirse en una semilla fecunda de esperanza para quien lo recibe”.[5]

Cuenten con nuestra oración y cercanía. Les deseamos un bendecido inicio en este nuevo ciclo escolar 2025.

Los Obispos de la Comisión de Educación
2025 Año Jubilar de la Esperanza


Notas:
[1]Francisco, Spes non confundit, n. 9.
[2] Ibíd.
[3] Byung-Chul Han, El espíritu de la esperanza, Barcelona, Herder, 2024, 71.
[4] Václav Havel, ex presidente de la República Checa, citado en: Byung-Chul Han, El espíritu de la Esperanza, Madrid, Herder, 2024, 42.
[5]Francisco, Spes non confudit, n. 18.

Queridos hermanos enfermos, enfermas, el 11 de febrero estaremos transitando la 33ª Jornada Mundial del Enfermo. Como presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral de la Salud, quiero saludarlos y quiero estar cercano a ustedes, junto con todo el equipo de esta pastoral, otros obispos y sacerdotes, para comprometer nuestra oración por cada uno de ustedes.

El Papa Francisco nos ha dejado un hermoso mensaje para esta Jornada de Oración y nos propuso como lema, en el marco del Año Jubilar, “Peregrinos de la Esperanza”; nos dice el Papa citando al apóstol Pablo en la Carta a los Romanos, que la esperanza no defrauda y nos hace fuertes en la tribulación. Un mensaje breve nos deja el Papa, muy rico, muy alentador; sobre todo porque quiere hacerse cercano a todos los que sufren. Enfermos, agonizantes, ancianos, personas solas, para hacerles saber que Dios está siempre cerca del que sufre, siempre está al lado nuestro, permanece al lado nuestro y es importante que esta certeza nos acompañe en estos momentos, por los cuales uno atraviesa una enfermedad, que a veces no tenemos los recursos suficientes para tratarla, o no tenemos las personas que nos puedan acompañar. Pero a su vez también tenemos que ser agradecidos, porque tenemos muchos recursos para enfrentar la enfermedad. Tenemos muchas personas que nos pueden ayudar, médicos, enfermeros, enfermeras, familiares, voluntarios. Y en esta situación tenemos que ser agradecidos porque Dios de una u otra manera se hace presente para acompañarnos. Y el Papa, siguiendo a veces su estilo particular de dejar algunos conceptos, que uno los memorice, los tenga presentes, nos deja tres palabras con las cuales poder reflexionar esta situación que uno puede pasar como es la enfermedad. Él nos propone tres aspectos: el encuentro, el don y el compartir.

En primer lugar, el encuentro. Jesús había dado órdenes a los apóstoles a que fueran a predicar, a anunciar, pero sobre todo a que dijeran a los enfermos, que les anunciaran a los enfermos, el evangelio del amor misericordioso de Dios, haciéndoles saber que el Señor está cerca, que está ahí, al lado, y que les ayudaran a los enfermos a comprender el sentido de la enfermedad. Por cierto, que nosotros hoy lo estamos leyendo, interpretando a ese momento de dolor, de sufrimiento, desde el misterio pascual desde el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús.

En este año jubilar, de un modo particular, vamos a reflexionar sobre esta dimensión del encuentro. Recordamos los 2025 años del nacimiento de Jesús y díganme si eso no es un encuentro de Dios con nosotros Vino a vivir con nosotros, se hizo uno de nosotros. Dios siempre sale al encuentro de la criatura humana. Aprendamos a descubrirlo y a confiarnos a él. De esta manera, el Señor también, que no abandona a nadie, se hace presente por medio de muchas mediaciones. En primer lugar, nuestros familiares, nuestros amigos, conocidos, los médicos, los enfermeros, y tantas personas, los voluntarios. Esto es una dimensión muy importante en la vida nuestra. La presencia de los voluntarios que nos acompañan, que nos acercan a Jesús, los ministros extraordinarios de la comunión, que van al encuentro permanentemente de los enfermos. Así que la enfermedad se transforma en una oportunidad para poder cultivar esta dimensión tan humanizadora como es el encontrarnos.

Otro punto que propone el Papa es el don. Ciertamente, como nunca en el sufrimiento nos damos cuenta de que toda esperanza viene del Señor. Qué es decir que es un don que tenemos que acoger y cultivar, permaneciendo fieles al Señor, así como Él es fiel a nosotros. Qué hermoso don que lo tenemos a partir del misterio pascual. Cristo Jesús se inmolo por todos nosotros dándole sentido a todo dolor, a todo sufrimiento; haciéndonos comprender que todo tiene un valor, todo tiene un significado porque poniéndolo en la Cruz del Señor, en su entrega amorosa, nosotros podemos sostenernos en la esperanza y podemos ir vislumbrando el más allá, poder tener esa gran confianza de encomendarnos siempre al Señor que nos ayuda, que nos ilumina y nos acompaña.

Y, por último, el Papa habla del compartir. Así como no es difícil hablar de que es un momento... Un momento de encuentro también es un momento para compartir. ¿Cuántas veces al lado de un enfermo uno aprende a esperar? Cuando uno llega al lado de un enfermo tiene que estar paciente, escuchar, comprender. ¿Cuántas personas tienen que estar al lado de los enfermos? Los médicos, los enfermeros, los familiares, amigos, sacerdotes, religiosos, la familia, los voluntarios. Estamos siendo atendidos en hospitales, dispensarios, en sanatorios, clínicas. Bien, todo es un ámbito para poder compartir. Es decir, que nos damos cuenta de que somos ángeles de esperanza. Quiere decir mensajeros de Dios, los unos para los otros.

Ustedes como enfermos tienen un gran rol. Son ese regalo que Dios pone para que uno aprenda a compartir, para que uno aprenda a esperar, para que uno aprenda a ser paciente. Ese es el tema de la paciencia. La paciencia, esa virtud de las personas que están llenas de fe.

Es importante descubrir la belleza y la grandeza de los encuentros de gracia que uno aprende en esos momentos de enfermedad, cuando se encuentra con otras personas, cuando otras personas comparten su tiempo, sus cualidades, sus saberes, para ayudarnos a llevar la Cruz.

Por tanto, queridos enfermos y queridos hermanos y hermanas que asisten a los que sufren en este Jubileo, más que nunca nos demos cuenta que tenemos un rol especial. Estamos en el marco de todo el camino sinodal. Pues bien, que ese camino sinodal nos ayude a practicarlo en este encuentro y en este compartir con los hermanos enfermos y a saber aceptar cuando uno está enfermo que haya personas que nos van ayudando como pueden, pero que lo hacen con amor, con dedicación, con mucha caridad.

Pidamos a la Santísima Virgen María, Madre de los enfermos. Le pedimos al Señor de la Salud que nos ayude a llevar la propia enfermedad y a ser siempre agradecidos con todas las mediaciones que el Señor nos ha dado. que el Señor pone en nuestro camino para ayudarnos Él con su gracia, fortaleciéndonos también de un modo especial por medio del sacramento de la unción de los enfermos.

Queridos hermanos, en nombre de esta Comisión Episcopal de Pastoral de la Salud, les quiero dar de corazón la bendición. Que la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo, Espíritu Santo, descienda sobre ustedes, sus familias y los acompañe siempre. Amén. Señor de la salud, ten piedad de nosotros. Madre de los enfermos, ruega por nosotros. San Pantaleón, ruega por nosotros.

Mons. Luis Urbanc, obispo de Catamarca y Presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral de la Salud

Este año volvemos a inaugurar un nuevo ciclo lectivo, llenos de esperanza que es la virtud necesaria de todo educador porque educar es un acto de esperanza[1].

Los educadores somos sembradores pacientes y alegres que sabemos que lo comenzamos hoy, dará frutos a largo plazo, quizás dentro de diez o quince años.

En la educación el largo plazo debe impregnar desde las prácticas pedagógicas del aula hasta las grandes políticas de Estado.

El largo plazo nos hace caer en la cuenta que el “tiempo es superior al espacio[2] y a los lugares. Por eso, la educación apuesta más al tiempo de una fecunda y perseverante enseñanza.

Pensar la educación a largo plazo nos ayuda a levantar la mirada más allá de las coyunturas y proponer caminos que transciendan la inmediatez y las urgencias de cada día.

El largo plazo nos permite soñar con la educación que queremos y buscar juntos consensos para alcanzarla.

Nos entusiasma la idea de emprender un camino juntos, donde la amistad social de lugar a la acción propositiva y confiada; abra la educación hacia una planificación a largo plazo superadora de todas las parcialidades.

El largo plazo en la educación nos ayuda a descubrir “que la unidad prevalece al conflicto[3] y que el horizonte al que queremos que lleguen nuestros alumnos está más allá de un maestro, un director, un ministro o un gobierno por eso se requiere consensuar juntos un camino y metas a las que arribar.

Todo conflicto está llamado a ser solucionado por medio del diálogo franco y sincero, despojado de toda ambición política y personal. En el horizonte de nuestra tarea siempre deben estar los alumnos, ellos son la razón por la cual elegimos esta hermosa vocación docente. Toda discusión esta llamada a desarrollarse teniendo nuestra mirada puesta en el derecho de los chicos de estar en la escuela.

Prioricemos este año las escuelas y las aulas con los chicos aprendiendo, dándoles prioridad por sobre los conflictos. Enseñemos a los alumnos lo más importante para su vida sabiendo que ellos no olvidarán a los sembradores que dejan huella.

Enseñemos la fraternidad para lograr una cultura del encuentro y caminemos juntos “Hacia un Pacto Educativo Argentino” donde lograremos juntos, como los padres de la patria, soñar la Argentina y proyectar una educación que forme ciudadanos libres y comprometidos para con el bien común.

La fraternidad nos guía para educar en una cultura del cuidado, sin la cual no puede haber una paz social que promueva la dignidad y de los derechos de la persona siempre en colaboración con la familia como primera escuela de vida. La cultura del cuidado nos lleva también a educar para la construcción del bien común y del cuidado de la creación[4].

En el comienzo de este nuevo año de clases en nuestro país recordamos las palabras del Papa Francisco: “la educación constituye uno de los pilares más justos y solidarios de la sociedad”[5].

A María de Luján, Madre y Educadora, le confiamos este nuevo ciclo lectivo.

Los obispos de la Comisión de Educación, Conferencia Episcopal Argentina.


Notas:
[1] Mensaje en vídeo del Santo Padre Francisco a los participantes del Global Compact on Education. 15/10/2020
[2] EG 222
[3] EG 226
[4] Mensaje del Santo Padre Francisco para la celebración de la 54° Jornada Mundial de la Paz. 1/01/ 2021
[5] Mensaje del Santo Padre Francisco para la celebración de la 54° Jornada Mundial de la Paz. 1/01/ 2021

Queridos hermanos:

Nuevamente nos encontramos reunidos en torno a la mesa que el mismo Señor nos ofrece. Si nos detenemos un momento ante el misterio que estamos celebrando (y que tenemos la oportunidad de presidir cotidianamente) caeremos en la cuenta de la inversión que se ha operado en relación a la narración del Evangelio de hoy. Es que, en cada Eucaristía, Jesús nos invita a compartir su mesa, somos nosotros los invitados a un banquete de amor frente al cual no tenemos realmente como retribuirle ya que es Él mismo donándose por nosotros.

 San Agustín dirá que antes de sentarnos a esta mesa pensemos bien qué estamos haciendo y nos preguntemos si estamos dispuestos a entrar en esta lógica: comulgando de él estamos invitados a prolongar en nuestra vida esta entrega.

 Ese es el sentido de las palabras que repetimos en cada ordenación cuando entregamos a los presbíteros las ofrendas del santo pueblo fiel de Dios: “Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor”.

El Evangelio que escuchamos dentro del capítulo 14 de Lucas nos trae una propuesta paradójica. Jesús se encuentra otra vez comiendo en casa de un fariseo y es el centro de la atención de todos los comensales. Es para el Señor una oportunidad de retomar un tema del que había hablado en otra oportunidad (y que encontramos en el capítulo 6) cuando dice: “si prestan a aquellos de quienes esperan recibir que merito tienen, también los pecadores prestan a los pecadores para recibir lo correspondiente, más bien amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada a cambio y su recompensa será grande y serán hijos del Altísimo porque él es bueno con los ingratos y los perversos” (Lc 6, 34-35). Ahora, dirigiéndose al fariseo dueño de casa vuelve sobre su enseñanza proponiéndole un comportamiento paradojal: invitar a comer a quien no puede retribuirnos.

En el contexto de esta Eucaristía donde comenzamos nuestra Asamblea quisiera compartir tres ideas con ustedes.

La primera: el tema central del texto es la gratuidad. Se trata de ser generosos como lo es el mismo Dios.

De dar sin esperar nada porque el mismo dar ya es importante. Damos por amor y el que da desde el amor no espera recibir. Damos por el bien del otro, como dan los padres a los hijos solo por el gusto de que ellos estén mejor, de verlos felices. Así es como damos a los seres queridos. Es la enseñanza central en la que Jesús quiere exhortar a sus discípulos a ser desinteresados de modo de poder hacer el bien sin poner la mirada en la retribución que especula qué podrá recibir.

El que comparte lo suyo sin buscar recompensa en este mundo la recibirá de manos de Dios que es generoso en grado infinito.

Jesús plantea la inmensa libertad que supone el hecho de dar. Porque dar es un privilegio que conlleva la inmensa satisfacción que sentimos cuando damos libremente con generosidad. Lejos de quitarnos algo, el dar multiplica la libertad y la posibilidad de abrir nuestro horizonte. No en vano esta forma gratuita de dar es una virtud, se la llama liberalidad, porque concede libertad a las personas que así se conducen.

La segunda reflexión tiene que ver con este tiempo sinodal y con algunos elementos que surgen de la síntesis de esta etapa.

Se nos dice en la letra F del número 16 de la Relación final que trabajaremos estos días hablando de una Iglesia que escucha y acompaña. “A lo largo del proceso sinodal la iglesia se ha encontrado con muchas personas y grupos que piden ser escuchados y acompañados. La iglesia debe escuchar con particular atención, sensibilidad, la voz de las víctimas y sobrevivientes de abusos sexuales, espirituales, económicos, institucionales, de poder y de conciencia por parte de miembros del clero o personas que ejercen cargos eclesiales. La escucha autentica es un elemento fundamental del camino hacia la sanación, el arrepentimiento, la justicia y la reconciliación.”

En otras épocas hablar de Iglesia era un sinónimo de credibilidad. Hoy esta situación ha cambiado. Muchos, siguiendo en la atmósfera del banquete, podrán decirnos mientras compartimos la mesa cosas muy difíciles de escuchar porque se han sentido heridos y rechazados por la Iglesia en distintas circunstancias. Para nosotros que tenemos que poner la cara en nombre de la Iglesia estas situaciones no son realidades agradables, ya que tenemos que escuchar acusaciones de cosas de las cuales no somos plenamente responsables, o que responden a patrones culturales muy arraigados que no terminamos de erradicar como el clericalismo. Esta actitud se acerca a esta imagen de la mesa del banquete de la que habla Jesús.

Pero no se trata solo de escuchar y dar cauce a procesos de justicia, lo cual es muy bueno y necesario, sino de abrir el corazón como quien recibe en casa a un enemigo con quien es necesario reconciliarse y curar las humillaciones recibidas.

Toda víctima de un rechazo, de un abandono o un abuso nos incomoda y nos desinstala. En este caso, al tender la mesa recibimos nosotros una verdadera bendición.

En tercer lugar, es bueno reflexionar sobre la aplicación de este mensaje a la realidad del país porque implica un enfoque en la justicia, en la inclusión y la solidaridad. La síntesis del sínodo nos habla de recuperar a los descartados y dedica un amplio espacio a los pobres que piden a la Iglesia amor, entendido este como respeto, acogida y reconocimiento (punto 4 A). Piden de la iglesia una aceptación incondicional y gratuita de sus personas y el texto nos recuerda que para la Iglesia la opción por los pobres y descartados es una categoría teológica, antes que cultural, sociológica, política o filosófica (4 B).

Por eso, invitar a la mesa a aquellos que no nos pueden retribuir, afirma la importancia central que Jesús en el Evangelio da a la dignidad de las personas sin hacer cálculos en favor de aquellos que nos pueden ayudar o cuya palabra nos conviene o fijándonos en los cargos que ocupan. Simplemente, como a Jesús, nos importan las personas. Lo que cada una vive y sufre. Pero también lo que anhela y sueña. Nos importa promover al ser humano por su misma dignidad de hijo de Dios y hermano o hermana en Cristo.

El profundo deseo que tenemos de que el Papa Francisco visite nuestro país se traducirá sin duda en un encuentro muy esperado entre el pastor y su pueblo, nos ayudará a sanar heridas, a crecer en el aprendizaje del diálogo y a renovarnos en el espíritu misionero así podremos tender una mesa generosa en la que haya lugar para todos como insistió tanto en las jornadas de Lisboa.

Buenos Aires (Pilar), lunes 6 de noviembre de 2022.

Mons. Oscar V. Ojea, obispo de San Isidro y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina

Hermanas y hermanos de nuestra querida patria:

Día tras día vemos un pueblo que sufre. Pesa el agobio del desencanto, las promesas incumplidas, los sueños rotos. Pesa también la falta de un horizonte claro para nuestros hijos. Angustia sentir que es cada vez más difícil poner el pan en la mesa, cuidar la salud, imaginar un futuro para los jóvenes. Se suman el miedo a salir a la calle, la violencia y la agresión generalizada. Se hace sentir cada vez más la pérdida de los valores que sostenían la vida familiar y social.

Nos duele en el alma la deserción de los chicos del colegio, las aulas reemplazadas por una esquina o un rincón peligroso a la vista de madres impotentes. Volvemos a olvidar que la mejor política de seguridad es la educación.

No pretendemos ser expertos en diagnósticos, sólo recogemos el lamento y las lágrimas de la gente que nos encontramos en nuestros pueblos y barrios. ¿Qué hicimos de nuestra patria? A cuarenta años de la recuperación de la democracia vemos con dolor cuánto desaprovechamos las posibilidades que teníamos de construir una Argentina pujante y feliz.

Pero la bronca y el cansancio no son buenos consejeros. Invitamos con fervor a seguir confiando en el camino democrático con la esperanza de que estamos a tiempo. Siempre es posible renacer si lo hacemos entre todos. Siempre hay camino si somos capaces de conversar y de ponernos la patria al hombro. Este es un deseo que no sabe de grietas o partidos, es de un pueblo.

Por eso pedimos, rogamos a quienes poseen mayores responsabilidades que tengan la grandeza de pensar en el sufrimiento de muchos, más que en los intereses mezquinos. La gente necesita recibir propuestas concretas y realistas más que soluciones tan seductoras como inconsistentes. También espera que se sienten a escucharse y a discutir con respeto hasta encontrar puntos en común. Ansía caminar hacia un proyecto estratégico de desarrollo, que abra un horizonte de esperanza, dignidad, paz social, trabajo y prosperidad, privilegiando a los tirados al borde del camino.

Por otro lado, de ésta no zafa nadie. Dice Francisco: “Seamos parte activa en la rehabilitación y auxilio de las sociedades heridas… Es posible empezar de abajo y de a uno, pugnar por lo más concreto y local hasta el último rincón de la patria…” (FT 77-78). Nos inspiran muchos que ya lo están haciendo. Como hermanos y conciudadanos queremos invitarlos e invitarnos a cultivar los grandes valores de la honestidad, la laboriosidad, el respeto, el cuidado de la vida, la bondad, el servicio, la justicia. Sin ellos no habrá políticas ni proyectos que nos saquen del pozo. También la actividad política debería estar cimentada en una vida austera y coherente.

Nosotros como creyentes también proponemos un camino desde la fe. El Dios que nos dio la vida y nos quiere tanto puede darnos la fuerza para no bajar los brazos y seguir luchando. Porque si no actuamos hoy, dejaremos de ser protagonistas para convertirnos en espectadores fracasados.

Como pequeño gesto hemos decidido que todas las diócesis del país hagamos una misión visitando algunos de nuestros barrios donde viven los más vulnerables y abandonados.

Con todo cariño pedimos al Señor que bendiga nuestra patria y a la Virgen de Luján que no nos suelte de la mano.

Los Obispos reunidos en la 122º Asamblea Plenaria
Pilar, 26 de abril de 2023