Viernes 10 de julio de 2020

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Quiero agradecer a todos los que están siguiendo en vivo esta Semana Social virtual, especialmente a tantas hermanas y hermanos del interior  porque es con ustedes con quienes hemos compartido y vivido tantas Semanas Sociales y hoy nos abrimos a una amplitud auditiva visual grandísima. Así que les agradezco de todo corazón la presencia de gente de todo el país.

Tenemos que referirnos necesariamente al estado de situación que hoy vive nuestra patria. Necesitamos insistir en que la pandemia además de una tragedia, puede ser una oportunidad de conversión. Conversión implica un rumbo distinto pero para esto hay que dar pasos, como en la vida espiritual, y estos pasos son de transformación, podemos transformar algo cada día, desde nuestra cordialidad, cercanía, escucha, diálogo, creatividad y amor fraterno hacia el interés comunitario.

Es una oportunidad en la cual “nadie se salva solo” y donde el desafío colectivo justamente puede ser esa conversión humanista y ecológica, donde podamos afianzar caminos para construir una sociedad más igualitaria. Se requiere para ello de una sensibilidad social y un sentido de fraternidad y solidaridad, que implica no sólo inclusión sino también integración, sin los cuales no es posible el humanismo ni el cuidado de la casa común.

El Discernimiento Social de la Iglesia insta a encontrar maneras de poner en práctica la fraternidad como un principio regulador de orden económico. Donde otras líneas de pensamiento sólo hablan de la solidaridad, el Discernimiento Social de la Iglesia habla también de fraternidad. Reconocer al otro en forma personal, implica visibilizarlo con bondad, implica no prejuzgarlo, y con lucidez, es decir con discernimiento, percibir, descubrir cuál es la urgencia, la necesidad o la situación particular de mi prójimo.

Una sociedad fraternal es solidaria, pero no siempre es cierto lo contrario, como muchas experiencias lo confirman. Mientras la solidaridad es el principio de la planificación social de la desigualdad que permite llegar a ser iguales, la fraternidad es lo que permite a los iguales ser personas diversas. Dicho de otro modo, la fraternidad permite participar de formas diferentes en el bien común de acuerdo con su capacidad, su plan de vida, su vocación, su trabajo o su carisma de servicio.

La pandemia ha puesto en evidencia la enorme cantidad de excluidos o descartados del sistema, como dice el Papa Francisco, que hoy requieren de cuidados y atención, además de oportunidades para el futuro.. No caigamos en las mezquindades que nos han llevado a visualizar en esta pandemia las desigualdades que hemos generado. América latina no es el continente más pobre pero si el más desigual. Argentina no es una excepción, la pandemia ha manifestado todas las desigualdades, desigualdad educativa, desigualdad sanitaria, desigualdad de conectividad, desigualdad en la bancarización, etc.

Más que nunca es necesario repensar la economía con rostro humano para el escenario post pandemia.  Una economía que ponga el centro de la atención en las personas, en la dignidad del trabajo, en el diálogo como factor articulador de las diferencias políticas y sociales. En una economía de la producción y el consumo antes que en una economía de la especulación.

Por eso Laudato Si, no habla de crisis laboral ni económica, sino de “crisis ecológica”, porque lo engloba todo: la diversidad del ambiente y de la persona, la cuestión de la “tres T” (tierra-techo-trabajo). La crisis ecológica es un problema cultural antes que económico y su resolución -según nos dice el Papa- es la conversión de las estructuras culturales mediante la política -entendida esta como “la forma más alta de caridad”.

Necesitamos mejorar nuestro rumbo un rumbo que, para ser sostenible, necesita colocar en el centro del sistema económico a la persona humana -que siempre es un trabajador y una trabajadora-, integrando la problemática laboral con la ambiental.

La cuestión laboral reclama la responsabilidad del Estado, al cual compete la función de promover la creación de oportunidades de trabajo, incentivando para ello al mundo productivo, tanto como al científico-tecnológico y cultural, que se debe corresponder con un mundo de acceso social a los bienes y al consumo. Para eso, como tarea primordial, consideramos que se debe estimular y garantizar el diálogo entre organizaciones  de trabajadores y de empresarios  tanto como entre estos dos sectores y los partidos políticos, los movimientos sociales y populares, las asociaciones civiles, las universidades y centros de investigación, lo que vienen haciendo hace ya más de dos años la “Mesa de Diálogo por el Trabajo y la Vida Digna”.

Queremos estar cerca y acompañar a todos los que hoy sufren angustia por la falta de trabajo y por  las dificultades para sostener una vida digna para su familia. Junto a ellos no renunciamos a pensar en un país donde la economía esté al servicio del hombre y no al contrario. Donde no se promueva la idolatría del dinero sino la búsqueda del bien común. Unimos nuestras plegarias a Dios nuestro Padre por Jesucristo si Hijo con las del Papa Francisco:

“¡Ruego al Señor que nos regale más políticos, empresarios, sindicalistas, dirigentes sociales a quienes les duela de verdad la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres!
Es imperioso que los gobernantes y los poderes financieros levanten la mirada y amplíen sus perspectivas, que procuren que haya trabajo digno, educación y cuidado de la salud para todos los ciudadanos”
(Evangelii Gaudium, nro. 205).

Finalmente, necesitamos deponer en nuestra sociedad: odios que nos despersonalizan, distanciamientos ideológicos y acusaciones constantes que no hacen más que generar enemistad, descalificación, mediocridad y culpabilizaciones sin solución.

Hemos hablado mucho en este tiempo del cuidado, del cuidarnos para cuidar. Dice H. Nouwen: “Cuidar es ser compasivo y formar una comunidad de personas que se enfrenten honestamente a la dolorosa realidad de nuestra existencia finita. Cuidar es el gesto más humano, en el cual la confesión valiente de nuestro quebrantamiento común no conduce a la parálisis sino a la comunidad”.

Por ello necesitamos aprender de tantas comunidades que en esta pandemia han generado una conciencia social, fraterna, solidaria y comunitaria.

Entendiendo que estamos en una coyuntura donde la creatividad de todos debe poder ayudarnos recíprocamente, será posible con la participación de todos los sectores, como podremos encontrar los mejores caminos de salida, ya que -como dice el Papa Francisco- “estamos todos en la misma barca” y sólo saldremos juntos.

Mons. Jorge Lugones SJ, obispo de Lomas de Zamora y presidente de la Comisión Episcopal para la Pastoral Social

Este año el mes de junio nos recuerda un doble acontecimiento del prócer Manuel Belgrano: el 250° aniversario de su nacimiento, el 3 de junio de 1770; y el bicentenario de su muerte, el 20 de junio de 1820. Fue el creador de nuestra bandera y por eso, en la fecha de su paso inmortal, conmemoramos el día de nuestra enseña patria, izada por primera vez el 27 de febrero de 1812. Es la bandera que nos une y nos emociona, signo y símbolo de identidad, pertenencia y unidad como argentinos y ante el mundo.

Manuel Belgrano es uno de nuestros próceres fundadores, que nunca buscó su gloria. Escribía en 1816: “mucho me falta para ser un verdadero Padre de la Patria, me contentaría con ser un buen hijo de ella” (Carta,10-X-1816). Esta expresión humilde sale del corazón de un hombre que, en el Congreso de Tucumán, de consuno con el pensamiento del Gral. José de San Martín, fue determinante para la declaración de la Independencia.

Decía oportunamente el Card. Jorge Mario Bergoglio, hoy nuestro Papa Francisco: “Belgrano vivió en una época de utopías. Hijo de italiano y criolla se había dedicado a estudiar Leyes en algunas de las mejores universidades de la metrópoli: “en Salamanca, Madrid y Valladolid. En la convulsionada Europa de fin de siglo, el joven Belgrano no sólo había aprendido la disciplina que había ido a estudiar, sino que se había interesado por el torbellino de ideas nacientes que estaban configurando una nueva época, en particular, por la economía política. Firmemente convencido de las más avanzadas ideas de progreso de su tiempo, no dudó en formar en su interior un proyecto: poner todo esto al servicio de una gran causa en su patria natal”[1].

Escribe Belgrano: “Mis ideas cambiaron, y ni una sola concedía a un objeto particular /.../: el bien público estaba en todos los instantes a mi vista.” (Autobiografía)

“Mucho antes que otros, Belgrano comprendió que la educación y aún la capacitación en las disciplinas y técnicas modernas eran una importante clave para el desarrollo de su patria. “Fundar escuelas es sembrar en las almas”, dirá nuestro prócer. El espíritu revolucionario de Belgrano descubrió rápidamente que lo nuevo, lo que podría llegar a ser capaz de modificar una realidad estática y esclerotizada, vendría por el lado de la educación. De este modo, promovió por todos los medios la creación de escuelas básicas y especializadas”[2]. Porque, dice: “si recuerdo el deplorable estado de nuestra educación, veo que todo es una consecuencia precisa de ella.” (Autob.)

“De allí que bregara también por la fundación de escuelas en la ciudad y en el campo, adonde se brindara a todos los niños las primeras letras, junto a conocimientos básicos de matemáticas, el catecismo, y algunos oficios útiles para ganarse la vida”[3].

La educación que concebía el prócer tenía que alcanzar a los distintos sectores de la población, también a las niñas y jóvenes, en una época todavía lejana al reconocimiento práctico de iguales condiciones y derechos para varones y mujeres. A la fundación de escuelas destinó sus premios: “Cada vez anhelo más por la apertura de estos establecimientos, y por ver sus resultados. Porque conozco diariamente la falta que nos hacen.” (Carta, VII/1813)

“Además de sus incontrastables virtudes personales y su profunda fe cristiana, Belgrano fue un hombre que en el momento justo supo encontrar el dinamismo, empuje y equilibrio que definen la verdadera creatividad: la difícil pero fecunda conjunción de continuidad realista y novedad magnánima. Su influencia en los albores de nuestra identidad nacional es muchísimo mayor de lo que se supone; y por ello puede volver a ponerse de pie para mostrarnos, en este tiempo de incertidumbre, pero también de desafío, “cómo se hace” para poner cimientos duraderos en una tarea de creación histórica” [4].

Con su visión humanista profunda y amplia, incluye a todos los pueblos que integran el territorio de las Provincias Unidas, también a los originarios y esto, no como oportunismo para resolver una coyuntura. Escribe: “A nuestros paisanos, los naturales, para defender su libertad es necesario hacerles entender el inestimable valor de esa prenda tan preciosa, y que debe preferirse la muerte misma a la esclavitud” (Carta, 21-IX- 1811).

Su pensamiento, puesto al día en ese paso al siglo XIX, aparece en las “memorias del Consulado”, en las que muestra lo que debe tener en cuenta un país que mire con realismo sus condiciones naturales. Por eso es propulsor de la agricultura, como base necesaria para que la industria y el comercio desarrollen el país y le den mayor riqueza.

Además de lo que hacía al desarrollo económico, Belgrano consideraba que “un pueblo culto nunca puede ser esclavizado”. “La dignidad de la persona humana ocupaba en su mentalidad, al mismo tiempo cristiana e ilustrada, el lugar central”[5].

En tiempos en los cuales la libertad de la patria se jugaba en la triste realidad de los campos de batalla, aunque sin formación militar académica, asume con responsabilidad y entrega su servicio. Arriesga su vida desde las invasiones inglesas; con el cuerpo de Patricios, participa de las campañas militares que preparan y defienden la independencia; siempre resalta su infatigable abnegación. Y en años de tantos sacrificios y momentos oscuros, las victorias de Tucumán y Salta brillan como ejemplos de las mejores virtudes patrióticas de Belgrano, que él extiende a sus tropas.

Necesitaríamos considerar muchos aspectos para intentar un esbozo de esta personalidad tan rica; pero no podemos olvidar su espiritualidad, manifestada en las acciones de su vida así como lo hace antes y después de las batallas. La Virgen de Luján cuando parte de Buenos Aires con su primera expedición, la de la Merced y Nuestra Señora del Rosario de Río Blanco y Paypaya, en Tucumán, Salta y Jujuy respectivamente, es siempre la Madre y Generala a quién se encomienda y agradece.

Su religiosidad no solamente se destaca en la devoción mariana, sino que también encarna en su vida los valores ético-morales del cristianismo, expresados claramente en una vida austera y honesta y en el desprendimiento generoso de sus bienes.

La generosidad de Belgrano en su forma de vivir, es sin duda un ejemplo que no podemos dejar de lado. No lo motiva el éxito individual, ni el ansia de riquezas ilimitadas frente al desamparo del resto de la población.

“El bien común exige dejar de lado actitudes que ponen en primer lugar las ventajas que cada uno puede obtener, porque impulsa a la búsqueda constante del bien de los demás como si fuese el bien propio. “ (CEA. Bicentenario de la Independencia. n. 37. 2016)

Tampoco lucha por una patria para pocos, y aún en condiciones de emergencia e incertidumbre procura la igualdad y el esfuerzo conjunto. Las condiciones en las que ve sumergida a la nación en esos momentos nuevos de independencia, no son subterfugio para cuidarse a sí mismo ni para justificar el egoísmo.

“Recordemos algunos valores propios de los auténticos líderes: la integridad moral, la amplitud de miras, el compromiso concreto por el bien de todos, la capacidad de escucha, el interés porproyectar más allá de lo inmediato, el respeto de la ley, el discernimiento atento de los nuevos signos de los tiempos y, sobre todo, la coherencia de vida”. (CEA. Hacia un Bicentenario en justicia y solidaridad. n. 22. 2008).

En cada situación asumió los riesgos individuales y colectivos, como la difícil y sacrificada proeza que supo suscitar cuando toda una ciudad lo acompañó en el éxodo jujeño, aquella retirada estratégica y heroica que estuvo en la base de un retorno triunfal a esa misma tierra.

La vida y las acciones de un hombre tan importante para nuestra nación, son un faro, en momentos tan difíciles como hoy nos toca vivir, tiempos en los que una pandemia acecha nuestra seguridad presente, nos llena de incertidumbre y a su vez de esperanza en preparar el futuro.

“Más allá de las profundas diferencias de época, hay mucho de permanente, de vigente, en la actitud de Belgrano de tratar de mirar siempre más allá, de no quedarse con lo conocido, con lo bueno o malo del presente. Esa actitud “utópica”, en el sentido más valioso de la palabra, es sin duda uno de los componentes esenciales de la creatividad, tan necesaria en los tiempos que nos toca vivir”[6].

En esta conmemoración bicentenaria damos gracias a Dios, ““fuente de toda razón y justicia”, por la virtuosa, sacrificada y heroica vida de Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano; a la vez que elevamos nuestra oración para que nos conceda a los argentinos inteligencia y generosidad en asumir su legado patriótico, el que seguirá iluminando el deseo irrenunciable de todos los que aspiramos a un país nuevo y un mundo mejor.

Buenos Aires, 20 de junio de 2020
Comisión Ejecutiva Conferencia Episcopal Argentina

 


Notas:

[1] Mensaje del Cardenal Jorge M. Bergolio, S.J., arzobispo de Buenos Aires, a las comunidades educativas, al inicio del año escolar, dado en la Misa celebrada en la Catedral Metropolitana el 9 de abril de 2003.
[2] Ibid.
[3] Ibid.
[4] Ibid.
[5] Ibid.
[6] Ibid.

Estamos atravesando el tiempo de Pascua, este tiempo en el que Jesús viene a acompañarnos en el duro camino que nos toca. Un tiempo que nos obliga a buscar nuevas formas de encuentro y solidaridad en medio de las dificultades. Que nos iguala en el dolor pero que nos compromete con la ayuda a los desiguales en términos de la salud, la alimentación, el riesgo humano y también la supervivencia en relación al trabajo y a la producción.

Es un momento en el que, como decíamos al inicio de la Semana Santa, la emergencia sanitaria vino a sumarse a la delicada situación de emergencia alimentaria y social que tantas hermanas y hermanos de nuestra patria vienen atravesando. Emergencia que no puede separarse de la profunda crisis económica que venía afectando a nuestros hermanos sin pan y sin trabajo; una crisis que afecta a todas las partes involucradas y que nos interpela para poder encontrar caminos de salida.

Las grandes empresas e industrias, especialmente aquellas que debieron parar sus actividades en forma total por la pandemia, están tratando por todos los medios de preservar las estructuras de trabajo. Son ellas quienes tienen que seguir sosteniendo una ética de la solidaridad que se anteponga a la lógica de las ganancias o la especulación.

Las empresas pequeñas y medianas, por su parte, intentan con muchísima dificultad, encontrar caminos que les permitan mantener mínimos de producción y preservar empleos. Ellas están en la primera línea de fuego de la subsistencia.

Desde el Estado se ha asumido también este desafío; se proponen y se intentan medidas de auxilio, aunque sabemos que la implementación choca, en muchos casos, con las trabas de la burocracia del sistema bancario y financiero que no sigue el mismo ritmo.

Los sindicatos están poniendo su mayor esfuerzo, tanto desde la defensa de las fuentes de trabajo, como igualmente comprometiendo sus recursos de infraestructura y obras sociales.

Los movimientos populares tratan de sostener la demanda creciente de asistencia alimentaria y social por la enorme cantidad de hermanos que han perdido sus únicas fuentes de ingreso ante los emprendimientos que han debido cesar por la pandemia.

Deseamos enviarles nuestro acompañamiento y compromiso en este tiempo de incertidumbre, de esfuerzo, animándonos a volver la mirada a Jesús Resucitado, Señor de nuestra vida y de nuestra historia, para que sea El quien renueve nuestra esperanza y nuestra confianza de que siempre camina junto a nuestro pueblo.

Del mismo modo queremos convocarlos a mantener la unidad dentro de los espacios de diálogo, tales como el de la Mesa de Diálogo por el Trabajo y la Vida Digna, entendiendo que estamos en una coyuntura donde la creatividad de todos debe poder ayudarnos recíprocamente. Será sólo con la participación de todos los sectores, como podremos encontrar los mejores caminos de salida, ya que -como dice el Papa Francisco- “estamos todos en la misma barca” y sólo saldremos juntos.

Sabemos que ya se habla de una “lenta y ardua recuperación de la pandemia”, pero tengamos cuidado, como dijo el Papa, que no nos azote otro virus, que es el del egoísmo indiferente, el que hace que pensemos que la vida mejorará si nos va bien a cada uno de nosotros, descartando a “los pobres e inmolando en el altar del progreso al que se queda atrás. Esta pandemia nos recuerda que no hay diferencias ni fronteras entre los que sufren: todos somos frágiles, iguales y valiosos”.

“Aprovechemos entonces esta situación como una oportunidad para preparar el mañana de todos. Porque sin una visión de conjunto nadie tendrá futuro”.

Mons. Jorge Lugones SJ, presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social