Martes 11 de agosto de 2020

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Eminencia, Señor Cardenal Mario Aurelio Poli, Arzobispo Metropolitano de Buenos Aires y Primado de Argentina.
Excelencias, Mons. Oscar Ojea y Mons. Carlos Malfa, Presidente y Secretario General de la Conferencia Episcopal Argentina.
Excelencias, Señores Arzobispos y Obispos.
Reverendo Rector de la Catedral Metropolitana.
Estimados Presbíteros, Religiosas, Religiosos, Laicos.

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

En ausencia del Nuncio Apostólico, Su Excelencia Monseñor Miroslaw Adamczyk, les transmito los saludos del Santo Padre para cada uno de ustedes, sus familias y comunidades, a todo el Pueblo de Dios.

La Solemnidad de San Pedro y San Pablo nos convoca a rezar en modo especial por el Ministerio Petrino, por la Unidad de la Iglesia. Este año celebramos esta fiesta en un contexto difícil. Les propongo vivirla en el espíritu de la oración Urbi et Orbi del Papa Francisco, quien frente a esta pandemia que afecta a toda la humanidad, nos invita a que la oración y el servicio silencioso sean nuestras armas verdaderas.

Oración y servicio silencioso, como testimonian Pedro y Juan en la primera lectura, cuando dirigiéndose al templo para rezar encuentran a un paralítico de nacimiento. En ellos el servicio se hace oración… Deteniéndose ante el prójimo, atentos a sus necesidades, los Apóstoles testimonian una vida que invita a la comunión, confirma la fe, genera la Iglesia.

«Míranos» increpa al paralítico: «No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y camina». Pedro, también hoy, en esta situación de aislamiento, nos mira a los ojos, y frente a nuestros temores y carencias, nos llama a salir de nosotros mismos, a establecer relaciones verdaderas, a no aislarnos quedando atrapados en nuestro egoísmo…

Pedro le ofrece al paralítico mucho más de lo que pide, lo invita a un encuentro personal y transformador con Jesucristo. También a nosotros Jesús nos llama a ponernos de pie, a caminar aún en medio de las adversidades… Es Jesús quien nos devuelve la Esperanza y nos regala una existencia gozosa y agradecida, una vida que interpela y contagia a los espectadores… quienes, en el relato de los Hechos de los Apóstoles, ante ese “milagro” quedan asombrados y llenos de admiración.

«Míranos». Es la invitación a un encuentro de miradas que dignifica. El paralítico se puso de pié y entró al Templo con los Apóstoles… glorificando a Dios. El amor de Jesús nos llama a desbloquearnos, a abandonar la actitud de quien se queda en la puerta esperando que la solución venga de afuera, atrapado en sus propios límites y necesidades. Jesús cambia la mirada, nos hace salir de nosotros mismos, nos invita a atravesar la puerta, a entrar en la Casa de Dios, en su estilo de vida, a ser libres hijos del Padre. Así el paralítico se volvió un apóstol: testimonio de la fe.

Como Pedro también el Papa Francisco pide hoy esa gracia para nosotros: “Señor, nos diriges una llamada, una llamada a la fe… Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección. No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás”… (Papa Francisco, Oración Urbi et Orbi).

Oración y servicio que van al encuentro del otro, especialmente de quienes más sufren: los enfermos, los pobres, quienes trabajan al servicio de la sociedad exponiendo su propia salud, los más afectados por las consecuencias del receso económico, del encierro…

Oración y servicio que nos alcanza también cuando, como Saulo, estamos enceguecidos por nuestras propias miradas e intereses mezquinos. El Papa Francisco recientemente nos ha advertido sobre el «egoísmo de los intereses particulares y la tentación de volver al pasado, con el riesgo de poner a dura prueba la convivencia pacífica y el desarrollo de las próximas generaciones»; lo cual conlleva «este peligro: olvidar al que se quedó atrás. El riesgo es que nos golpee un virus todavía peor, el del egoísmo indiferente».

Jesús sigue llamándonos a la solidaridad, a una conversión como la de Pablo camino a Damasco, a dejar de perseguir a Jesús y comenzar a anunciarlo. Dios sigue mirándonos con amor, compadeciéndose de nuestras debilidades, invitándonos a dilatar el corazón hacia toda la humanidad. El conoce nuestras miserias, vacíos y temores… El Señor de la Historia sigue acercándose a nosotros, viniendo a nuestro encuentro allí donde estamos, cómo estamos…, y mirándonos a los ojos nos vuelve a preguntar “¿Me amas?”…

Que en la oración y el servicio nos dejemos convertir por esa mirada de amor y, junto a Pedro, podamos responder: “Señor, Tú lo sabes todo, Tu sabes que te quiero”… Así Nuestro Señor podrá invitarnos a compartir con Él la responsabilidad en el cuidado de las ovejas…  Comprendamos también nosotros que “nadie se salva solo… Frente al sufrimiento, donde se mide el verdadero desarrollo de nuestros pueblos, descubrimos y experimentamos la oración sacerdotal de Jesús: «Que todos sean uno» (Jn 17,21). Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad” (Papa Francisco, Oración Urbi et Orbi).

Queridos hermanos y hermanas:

Llegue la bendición del Santo Padre a cada uno de ustedes, a sus familias, y en especial a los enfermos, a los afectados económicamente y psicológicamente por esta crisis, junto a nuestro especial agradecimiento a quienes están trabajando en primera línea al servicio de la sociedad. Que Nuestra Señora de Luján nos siga acompañando mientras atravesamos este túnel y, “Estrella de la Mañana”, nos muestre el alba de la plena comunión sacramental y fraterna, del anhelado y gozoso reencuentro cara a cara con Dios y los hermanos.

Mons. Aliaksandr Rahinia, encargado de negocios a.i. de la Nunciatura Apostólica