Sábado 31 de octubre de 2020

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Ordenación episcopal de Mons. Jorge González

Homilía de monseñor Victor Manuel Fernández, arzbispo de La Plata, en la ordenación episcopal de monseñor Jorge González (Catedral de La Plata, 15 de septiembre de 2020)

Te toca ser sucesor de los Apóstoles en un tiempo muy diferente a los 1700 años anteriores. Si bien todo ha cambiado vertiginosamente, estos cambios afectan de un modo especial a la Iglesia.

A mí me llama la atención cuando escucho que se habla del poder de la Iglesia en Argentina, en una época en la que percibimos como nunca nuestra propia fragilidad y nuestros límites. No tenemos ninguna manera de controlar lo que se diga de nosotros, no sabemos cómo defendernos, no tenemos recursos para tantas cosas que necesitamos hacer, las cuentas de muchos obispados están en rojo hace rato, no tenemos reservas para cubrir las enormes contingencias que se nos pueden presentar y ni siquiera sabemos cómo cubrir los llamados "sueldos” de los obispos a los que queremos renunciar. Nuestra palabra en la sociedad es una más entre tantas otras. Al mismo tiempo, mirando la historia de la Iglesia, tenemos conciencia de muchas fragilidades y errores cometidos.

Pero miremos la otra parte: En esta cuarentena la Iglesia acompañó discretamente el llamado a cuidarnos unos a otros y a cumplir para ello las indicaciones sanitarias. Pero al mismo tiempo, como ocurrió en las inundaciones de La Plata, puedo decir que los curas de esta Arquidiócesis no abandonaron a la gente, que hubo muchos sacerdotes atendiendo gratis las necesidades espirituales de las personas que se acercaron, Caritas en muchos barrios desplegó una enorme labor cerca de los más pobres, hemos acompañado humildemente los comités de los distintos barrios, donde nos dejaron entrar hemos estado cerca de los enfermos y el servicio sacerdotal de urgencia funcionó todas las noches. Ese es nuestro poder, muchas veces invisible a los ojos del mundo, ninguneado y despreciado. Esa es nuestra gloria. Y eso es lo que nos hace libres, para vivir aferrados sólo al amor de Dios, a la alegría de Jesús, al deseo de vivir y comunicar su Evangelio, pequeños como somos pero infinitamente amados.

Esto nos ayuda a afinar la mirada y a descubrir que lo que ocurre en esta ordenación no es cuestión de mitras y de inciensos, de glorias mundanas o de poder humano. Es sencillamente ser receptivos ante el don del Espíritu Santo que esta noche se derrama, es dejarnos tomar y dejarnos bendecir. Eso para vos, pero también para nosotros, porque el don que Dios te da es para derramarlo en los otros.

La ordenación del Obispo es al mismo tiempo un desposorio, donde estrechás más que nunca tus lazos con la Iglesia entera (no particularmente con la de La Plata), de tal modo que cualquier sufrimiento de la Iglesia será tuyo, cualquier

humillación de ella será tuya. No te podés separar y decir: "Ah eso a mí no me toca”. No te ordenás para mostrarte, para salvarte vos, para mostrar que sos diferente. Te ordenás para que la suerte de la Iglesia sea la tuya. Porque Cristo te la encomienda, y él ha dicho que la Iglesia es su esposa amada. Si aceptaste ser obispo, cuidar a la Iglesia de Cristo será tu desvelo, cueste lo que cueste: “Dilexit Ecclesiam”.

Y te ordenás porque te lo propuso el Papa Francisco, y te lo propuso para que lo acompañes en el camino que él presenta en Evangelii gaudium, de regreso al corazón del Evangelio, de vuelta a lo esencial, de fervor misionero, de sentido social.

Por eso, el amor a la Iglesia tiene que ser también amor a la tierra, a la sociedad, a las personas, ayudar a que la Iglesia pueda conversar con el mundo, sea capaz de sintonizar en aquello que pueda haber en común, porque el Espíritu Santo siembra cosas buenas en todas partes con una libertad divina.

Que el Espíritu Santo en este día fortalezca tu confianza. La vas a necesitar, porque bien dijo San Agustín que el Episcopado es un peso, una carga pesada. Y si lo era en aquella época, más aun lo es ahora. Es imposible tener todo bajo control, todo cerrado con moñito, todo ordenado y asegurado, y tenés que vivir con una buena cuota de incertidumbre y humildad.

¿Pero acaso no es así la vida de los laburantes, que no saben si el mes que viene tendrán trabajo, que temen por sus hijos y a veces les da miedo que salgan a la calle, que no saben cómo ayudar a sus seres queridos? Uno muchas veces deja de ser llorón cuando empieza a mirar las cargas de los demás.

Para aliviar el peso necesitás confiar, y pedir la gracia de la confianza total. Creé intensamente en lo que le dijo Jesucristo a San Pablo: "Te basta mi gracia, porque mi fuerza se manifesta perfectamente en tu fragilidad”. O, repetí, como dice el mismo Pablo "Yo sé en quién he puesto mi confianza”. Esa confianza es contracultural, es una locura, no parece lo más conveniente según los criterios de este mundo, pero es parte de la locura del Evangelio.

María, la que tanto amás, te puede enseñar esa confianza receptiva y feliz, que puede llegar al punto de decir, en medio de todas las nubes negras: "Mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi salvador”.

Si tu vida no era tuya, menos lo será a partir de ahora. Entonces, no sabés qué será de vos, pero tenés la certeza de que, por la gracia de Dios aun de los fracasos, cruces y humillaciones Dios sacará algo bueno de vos para su pueblo.

Más allá de todo lo que vos no puedas lograr ni controlar, lo importante es que te gusta el Evangelio, te gusta la Iglesia madre, te gusta nuestro pueblo argentino, te gusta estar bajo el manto de la Virgen, te gusta esta misión que es una inmensa posibilidad de hacer el bien, así que no te queda más que agradecer a Dios, porque hoy te regala un don de su gracia que viene a fortalecer todo eso que te llena el alma. Conocemos tu capacidad de trabajo, tu afabilidad, tu ben trato y todo lo que Dios te ha regalado, y se lo ofrendamos a Dios en esta celebración para que él lo convierta en bendiciones para su pueblo.

Porque a partir de mañana, a partir de ahora, viene el "para qué”. Es decir, ¿para qué Dios te hizo obispo? Pregunta que nos recuerda que estamos para servir, para buscar el bien de los demás, para cuidar y cultivar la Iglesia. Santa Teresa cada tanto se preguntaba: "Teresa, ¿para qué entraste al convento?”. Ahora comienza tu servicio a la Iglesia como obispo que te requiere una mayor identificación con ella hasta dar la vida si es necesario.

Para nosotros hoy es día de alegría, porque la ordenación no es un diploma que él suma en su carrera, no es para que digamos: "¡Qué bien Jorge!”. No, de ninguna manera. El orden sagrado es un don completamente orientado al bien del pueblo de Dios. Por lo tanto, a partir de hoy habrá más gracia para cada uno de nosotros, habrá más gracia para la Arquidiócesis de La Plata, habrá más gracia para el mundo. ¡Gloria a Dios!

Mons. Víctor Manuel Fernández, arzobispo de La Plata