Domingo 15 de marzo de 2026

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Celebramos hoy la vida de nuestro presidente Raúl Alfonsín, ungido por el pueblo para conducir los destinos de nuestra patria, en tiempos difíciles y de fragilidad democrática e institucional. Y lo hacemos aquí, en su querida ciudad de Chascomús.

Él supo construir democracia con cada decisión y gesto que fue realizando a lo largo de su mandato. Sin duda, pasó a la historia como el padre de la democracia.

Celebramos la memoria de nuestro presidente en un contexto mundial muy frágil y en un momento nacional muy delicado. Por eso, queremos pedirle a Dios la grandeza para dejarnos interpelar por lo que nos dejó el paso de Alfonsín por nuestra historia.

A su vez, mañana celebramos 13 años de la elección del Papa Francisco. Por eso, queremos iluminar esta reflexión, con su voz clara y profética, sobre todo, expresada en su encíclica sobre la fraternidad y la amistad social, Fratelli tutti. Allí nos dice: "La historia da muestras de estar volviendo atrás. Se encienden conflictos anacrónicos que se consideraban superados, resurgen nacionalismos cerrados, exasperados, resentidos y agresivos ... Lo que nos recuerda que cada generación ha de hacer suyas las luchas y los logros de las generaciones pasadas y llevarlas a metas más altas aún. Es el camino. El bien, como también el amor, la justicia y la solidaridad, no se alcanzan de una vez para siempre; han de ser conquistados cada día. No es posible conformarse con lo que ya se ha conseguido en el pasado e instalarse, y disfrutarlo como si esa situación nos llevara a desconocer que todavía muchos hermanos nuestros sufren situaciones de injusticia que nos reclaman a todos" (FT 11). Por eso, podríamos decir que la democracia ha de ser conquistada cada día... No nos podemos quedar cómodos e instalados en lo que otros han conquistado para nosotros. Nos toca a nosotros y a nuestra generación sumar nuestro aporte para la construcción democrática.

Democracia que se construye con una sana política y una reivindicación de este arte de hacer política como lo hizo Alfonsín. Sigue diciendo el Papa Francisco en la Fratelli Tutti: "Hoy en muchos países se utiliza el mecanismo político de exasperar, exacerbar y polarizar. Por diversos caminos se niega a otros el derecho a existir y a opinar, y para ello se acude a la estrategia de ridiculizarlos, sospechar de ellos, cercarlos. No se recoge su parte de verdad, sus valores, y de este modo la sociedad se empobrece y se reduce a la prepotencia del más fuerte. La política ya no es así una discusión sana sobre proyectos a largo plazo para el desarrollo de todos y el bien común, sino sólo recetas inmediatistas de marketing que encuentran en la destrucción del otro el recurso más eficaz. En este juego mezquino de las descalificaciones, el debate es manipulado hacia el estado permanente de cuestionamiento y confrontación" (FT 15). Basta mirar los últimos debates en el Congreso, para darnos cuenta de lo bajo que hemos caído como sociedad. Más que discutir ideas, se atacan y descalifican a las personas, con violencia, agresividad, gestos y gritos, propios de una batalla campal. Esto atrasa y avergüenza, esto lastima la democracia, la corroe y la hace peligrar. ¿Qué ejemplo le estamos dejando a las jóvenes generaciones? ¿A quién vamos a entusiasmar para que se anime a abrazar la vocación política?

Continúa diciendo Francisco: "En esta pugna de intereses que nos enfrenta a todos contra todos, donde vencer pasa a ser sinónimo de destruir, ¿cómo es posible levantar la cabeza para reconocer al vecino o para ponerse al lado del que está caído en el camino? Un proyecto con grandes objetivos para el desarrollo de toda la humanidad hoy suena a delirio. Aumentan las distancias entre nosotros, y la marcha dura y lenta hacia un mundo unido y más justo sufre un nuevo y drástico retroceso. Cuidar el mundo que nos rodea y contiene es cuidarnos a nosotros mismos. Pero necesitamos constituirnos en un 'nosotros' que habita la casa común" (FT 16-17).

Alfonsín intentó construir este "nosotros" desde su amplia convocatoria de diversos sectores para desplegar un proyecto de país, a largo plazo, sembrar para que cosechen otros, políticas de Estado, proyectos comunes, con el aporte de todos. Un tejido que se va entrelazando con los colores más diversos, con sus matices, historias y tradiciones. Un ejemplo de esto es la conformación variada de la CONADEP, con grandes personalidades, a tan solo 5 días de asumir su mandato... No se trataba de ubicar a los amigos, sino de poner a los mejores.

Dice Francisco: "Para muchos la política hoy es una mala palabra, y no se puede ignorar que detrás de este hecho están a menudo los errores, la corrupción, la ineficiencia de algunos políticos. A esto se añaden las estrategias que buscan debilitarla, reemplazarla por la economía o dominarla con alguna ideología. Pero, ¿puede funcionar el mundo sin política? ¿Puede haber un camino eficaz hacia la fraternidad universal y la paz social sin una buena política? Pienso en una sana política, capaz de reformar las instituciones, coordinarlas y dotarlas de mejores prácticas, que permitan superar presiones (los distintos lobbys que pululan por los pasillos del Congreso) e inercias viciosas. No se puede pedir esto a la economía, ni se puede aceptar que esta asuma el poder real del Estado. Ante tantas formas mezquinas e inmediatistas de política, recuerdo que la grandeza política se muestra cuando, en momentos difíciles, se obra por grandes principios y pensando en el bien común a largo plazo" (FT 176-178).

Nos sigue recordando Francisco acerca de la sana política: "Se trata de avanzar hacia un orden social y político cuya alma sea la caridad social. Una vez más convoco a rehabilitar la política, que es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común. Esta caridad política supone haber desarrollado un sentido social que supera toda mentalidad individualista. Cada uno es plenamente persona cuando pertenece a un pueblo, y al mismo tiempo no hay verdadero pueblo sin respeto al rostro de cada persona. Pueblo y persona son términos correlativos" (FT 180 y 182).

El testimonio de Raúl Alfonsín nos ayuda a reivindicar la vocación política, el amor y el compromiso por la cosa pública, poniendo el cuerpo, como lo supo hacer en aquella difícil Semana Santa de 1987, comprometido con firmeza por la paz y la institucionalidad. Sin dejarse amedrentar por presiones, ni concesiones para volver al régimen de la fuerza, por encima del Estado de derecho... Su paso previo por la Capilla de la Casa Rosada, con una profunda confianza en Dios heredada de su madre, Ana María, antes de emprender el viaje a Campo de Mayo... La casa pudo estar en orden porque no hubo derramamiento de sangre en la Argentina y cada uno pudo besar a sus hijos y celebrar una Pascua en paz.

Su firme compromiso con los derechos humanos, con la libertad, con el respeto irrenunciable a la dignidad de cada persona humana, nos recuerda esta vocación de todo político, en palabras de Francisco, de "preocuparse de la fragilidad, de la fragilidad de los pueblos y de las personas. Cuidar la fragilidad quiere decir fuerza y ternura, lucha y fecundidad, en medio de un modelo funcionalista y privatista que conduce inexorablemente a la 'cultura del descarte'. Significa hacerse cargo del presente en su situación más marginal y angustiante, y ser capaz de dotarlo de dignidad. El político es un hacedor, un constructor con grandes objetivos, con mirada amplia, realista y pragmática, aún más allá de su propio país. Las mayores angustias de un político no deberían ser las causadas por una caída en las encuestas, sino por no resolver efectivamente el fenómeno de la exclusión social y económica, con sus tristes consecuencias" (FT 188).

La grandeza política de Raúl Alfonsín lo llevó a abrir procesos democráticos, a sentar las bases para que "nunca más el odio, para que nunca más la violencia perturbe, conmueva y degrade a la sociedad argentina" (al recibir el informe de la CONADEP el 20/9/1984), para que nunca más se cayera en la barbarie del terrorismo de Estado, cuyo cincuentenario de su inicio estamos recordando en estos días. Dice el Papa Francisco: "Una gran nobleza es ser capaz de desatar procesos cuyos frutos serán recogidos por otros, con la esperanza puesta en las fuerzas secretas del bien que se siembra. La buena política une al amor la esperanza, la confianza en las reservas de bien que hay en el corazón del pueblo, a pesar de todo" (FT 196). Así lo afirmaba el mismo Alfonsín: "sigan ideas... los hombres pasan, las ideas quedan y se transforman en antorchas que mantienen viva la democracia".

Su no alineamiento con la política intervencionista de Estados Unidos y sus iniciativas de integración regional y diplomacia internacional sentaron las bases del Mercosur, en un contexto global de Guerra Fría. Junto a José Sarney, presidente en Brasil (Declaración Foz de Iguazú 30/11/1985), realizaron algo extraordinario en beneficio de la humanidad: terminar con la carrera nuclear en la región, con una opción firme por la paz y de consolidación de la democracia, en aquella difícil década del 80 para toda América Latina. Qué bien nos haría abrevar de estos testimonios, en este contexto de tercera guerra mundial en pedacitos (Francisco).

La democracia se construye con memoria, verdad y justicia. A pesar de la fragilidad institucional, Alfonsín tuvo el coraje para no dejar que la impunidad y el olvido le ganaran a la memoria, la verdad y la justicia. Venciendo el miedo, abrazó decididamente la causa de los derechos humanos. Dice Francisco: "hacen falta caminos de paz que lleven a cicatrizar las heridas, se necesitan artesanos de paz dispuestos a generar procesos de sanación y de reencuentro con ingenio y audacia" (FT 225). "La justicia sólo se busca adecuadamente por amor a la justicia misma, por respeto a las víctimas, para prevenir nuevos crímenes y en orden a preservar el bien común, no como una supuesta descarga de la propia ira. El perdón es precisamente lo que permite buscar la justicia sin caer en el círculo vicioso de la venganza ni en la injusticia del olvido (252). El perdón no implica olvido (250). Los que perdonan de verdad no olvidan, pero renuncian a ser poseídos por esa misma fuerza destructiva que los ha perjudicado. Rompen el círculo vicioso, frenan el avance de las fuerzas de la destrucción. Deciden no seguir inoculando en la sociedad la energía de la venganza que tarde o temprano termina recayendo una vez más sobre ellos mismos. La venganza no resuelve nada" (251). Y esto comienza en cada corazón, por eso es una empresa personal y colectiva.

La democracia se construye ante todo con el diálogo y la firme decisión de trabajar por la paz. Hoy la Palabra (Jer 7,23-28; Sal 94) nos advertía contra el mal de la dureza del corazón, de la obstinación, que viene justamente de no saber escuchar, de cerrarnos en nuestras propias ideologías. De este modo, se imposibilita el diálogo y peligra la paz. Alfonsín supo zanjar el conflicto con Chile, aceptando el largo y arduo camino de la escucha y el diálogo y evitando el atajo de la guerra. Así fortalecía esta incipiente democracia, a través de la vía diplomática y del respaldo popular en el plebiscito (25/11/1987), que puso de manifiesto, una vez más, que el pueblo elige la paz y no la guerra. De ahí, su profundo cariño y admiración por Juan Pablo II, artesano mensajero de la paz. De este modo, hacía suyas estas palabras recientes del Papa León, durante el Angelus del 1º de marzo de este año: "La estabilidad y la paz no se construyen con amenazas mutuas, ni con armas, que siembran destrucción, dolor y muerte, sino solo a través de un diálogo razonable, auténtico y responsable. Ante la posibilidad de una tragedia de enormes proporciones, hago un llamamiento encarecido a las partes implicadas para que asuman la responsabilidad moral de detener la espiral de violencia antes de que se convierta en un abismo irreparable. Que la diplomacia recupere su papel y se promueva el bien de los pueblos, que anhelan una convivencia pacífica, basada en la justicia".

"El que no está conmigo, está contra mí; el que no recoge conmigo, desparrama" (Lc 11,23): nos decía Jesús en su Palabra. Acentuar las diferencias es seguir lastimando este frágil tejido social, que ya no da para más. Todos estiran para llevar a su búnker, pero nadie cede, entrega o sacrifica... Por eso, junto al Papa León, hoy clamamos por una paz desarmada y desarmante: ¡Ya no más confrontación que divida y tensione! ¡Ya no más enemigos dentro! La gran batalla ha de ser contra los "de afuera": la pobreza, el hambre, la falta de vivienda, el desempleo, la falta de oportunidades para todos, el desánimo generalizado, la inseguridad, la droga, los suicidios, la falta de educación y de salud, la inequidad, la cultura del extraer, consumir y descartar, el cambio climático, la trata de personas... Todos juntos, distintos, pero unidos. Equipos más que personalidades deslumbrantes; ponernos en los zapatos del otro, para evitar las posiciones seguras e inamovibles; la ternura para romper toda gravedad, aspereza y sordera... Hoy más que nunca necesitamos un poco de racionalidad, bajar un cambio, "deponer las armas", respirar hondo, mirarnos a los ojos y reconocernos hermanos. Nos merecemos una Argentina distinta y somos todos artífices de una Argentina distinta, la que todos soñamos, la que todos esperamos... Esa Argentina por la que luchó Alfonsín y la que forjó en sus sueños de Nación.

Termino con otras palabras del papa Francisco, tomadas de la Evangelii gaudium, donde invita a una mirada trascendente, capaz de inspirar los proyectos políticos, trascendencia y profunda fe que animó a Raúl Alfonsín: "¡Ruego al Señor que nos regale más políticos a quienes les duela de verdad la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres! Es imperioso que los gobernantes y los poderes financieros levanten la mirada y amplíen sus perspectivas, que procuren que haya trabajo digno, educación y cuidado de la salud para todos los ciudadanos. ¿Y por qué no acudir a Dios para que inspire sus planes? Estoy convencido de que a partir de una apertura a la trascendencia podría formarse una nueva mentalidad política y económica que ayudaría a superar la dicotomía absoluta entre la economía y el bien común social" (EG 205).

Que nuestra Madre de Luján, patrona de nuestra Argentina, bendiga nuestra Nación y sus gobernantes. Que así sea.

Mons. Juan Ignacio Liébana, obispo de Chascomús 

Queridos Catamarqueños:

Luego de haber concluido, el pasado 28 de diciembre de 2025, el Jubileo Universal por el 2025 aniversario del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, les dirijo nuevamente una carta pastoral para animarlos a vivir el Jubileo por el Bicentenario del Natalicio del Beato Mamerto de la Ascensión Esquiú, obispo, que se extenderá desde el 10 de enero de 2026, hasta el 11 de mayo de 2027. Para una mejor comprensión de esta nueva Carta Pastoral puesto que son complementarias, recomiendo vivamente releer la que escribí en fecha 10-01-2021, en previsión de su beatificación, celebrada el 04-09-2021.

Dios, Padre de todos, fuente y principio de todo bien, alimenta siempre a su pueblo con la doctrina del Evangelio, lo fortalece con su gracia y lo guía por medio de sus pastores, mostrándole el testimonio de vida de sus servidores. Así va realizando, en las contingencias de cada época, la obra de salvación en Cristo, que es camino a la realización total en el Cielo, por la posesión definitiva de la Verdad, del Amor y de la Vida.

Para seguir estos cauces de genuina renovación, el pueblo cristiano se reconforta, volviendo la mirada hacia aquéllos que más fielmente buscaron traducir en su vida el ideal evangélico, en las reales y concretas circunstancias de su tiempo.

Por eso, en razón de gratitud, justicia y piedad, necesitamos profundizar el legado que la Providencia Divina nos deja en la persona del Beato Mamerto Esquiú, a los 200 años de su natalicio, tanto por su santidad de vida, como por su carácter de prócer de nuestra historia nacional, en el momento presente en que la Patria y la Iglesia exigen a sus hijos el testimonio de renovación interior que surge de los valores del espíritu y ordena la actividad del hombre al bien común.

Fray Mamerto Esquiú nació el 11 de mayo de 1826, solemnidad de la Ascensión del Señor, en el humilde pueblo de San José de Piedra Blanca, Provincia de Catamarca. El ejemplo de fe coherente de sus padres le impulsa a vestir el hábito franciscano desde muy temprana edad y así ingresa en la Orden de San Francisco. Ordenado sacerdote en 1848, ejercerá su fecundo ministerio sacerdotal en la ciudad de Catamarca, en Tarija y Sucre. Peregrina a Roma y Tierra Santa por un año y medio; y, de regreso a su querido Catamarca, al poco tiempo, es consagrado como obispo de Córdoba, el 12 de diciembre de 1880. Dos años más tarde, el 10 de enero de 1883, entregaba su alma al Señor en 'El Suncho', cuando regresaba de una misión pastoral en La Rioja.

Así, toda la vida del Beato Esquiú aparece como un constante crecimiento de los dones sobrenaturales y naturales que el Señor le había concedido. Esta fidelidad ejemplar a los talentos recibidos hizo que el pueblo argentino siempre apreciara sus virtudes, pues su vida sobrenatural, vivifica y explica su obra intelectual, su predicación y apostolado, su acción patriótica y cívica con amor de caridad y, sobre todo, su tarea pastoral.

Si se estudian con criterio sobrenatural todos sus escritos, en particular su diario de recuerdos y memorias, que empezó a escribir a los 34 años, sin pensar que alguna vez sería publicado, se constata que el Padre Esquiú era, ante todo, sacerdote y hombre de vida espiritual profunda. Y se le podrá seguir en el proceso admirable de su vida interior, viendo como crecían, contra obstáculos que él consideraba terribles, sus virtudes sobrenaturales. Y aquéllos que se admiran de su caridad ardiente, de su humildad y mansedumbre, de su valor y constancia, encontrarán en su diario la lucha interior, el amor transformante que los producía. Pero esto no es todo, porque este progreso en la santidad era inseparable de su condición de sacerdote de Cristo, lo cual confería a este crecimiento interior un estímulo que el mismo Esquiú comunicaba a sus sacerdotes de la diócesis de Córdoba: "El sacerdote, decía, debe ser santo; pero no es para eso el sacerdocio, sino, para que siendo santo el que lo tiene, esté consagrado al amor y a la grande obra de la santificación de sus prójimos. Ésta debe ser nuestra vida; a este amor estamos consagrados. De ahí, como de divina fuente, brotan nuestros estrechísimos deberes".

Esta actitud fundamental es la que explica toda su obra, sus intervenciones en la vida cívica del país y su breve, pero fructífero episcopado. En medio de una nación convulsionada, el joven sacerdote se preocupaba por lograr una formación teológico-filosófica sólida, que sirviera de fundamento a su labor ministerial.

Llama la atención su atento estudio del pensamiento del mundo moderno y su crítica a las corrientes positivistas de la época, siguiendo las enseñanzas de Santo Tomás de Aquino, San Buenaventura, San Alonso Rodríguez y de diversos Padres de la Iglesia, lo cual lo hace un precursor importante del pensamiento católico en la Argentina del siglo XX.

Esquiú pensaba que el cultivo de la ciencia es un deber sagrado, y así lo afirmaba respecto de la ciencia empírica moderna a condición de estar acompañada por la fe; pues, cuando esta ciencia la rechaza, se vuelve orgullo autodestructivo. Así fue como el modesto franciscano logró revitalizar, para su propia formación personal, la filosofía cristiana, y constituirse en la Argentina, en el gran impulsor de la obra restauradora instaurada por el Papa León XIII, empeñándose en que llegara a todos los ámbitos de la sociedad civil y religiosa.

Con estos maestros, sobre todo Santo Tomás, a medida que progresaba interiormente, meditó y escribió sobre los misterios de la justificación y de la fe y, sobre todo, le preocupó la relación entre la ley antigua y la ley nueva; también encontramos bellas páginas sobre la misericordia divina, íntimamente enlazadas con sus reflexiones sobre el pecado y la libertad del hombre.

Esquiú fue, precisamente aquí, crítico severo del liberalismo y concibió la libertad no como fin ni como autosuficiencia del hombre, sino como "servidumbre de amor". Por eso cobran especial significado sus textos sobre el cuerpo místico de Cristo, la Iglesia, y las fervorosas páginas en su diario sobre la persona de Jesucristo, que ocupa el centro de su consagración religiosa franciscana, ya que, en su vida de religioso, fue muy fiel a la sentencia de la primera y segunda regla de San Francisco: "vivir en obediencia, en castidad y sin propio, y seguir la doctrina y vida de Nuestro Señor Jesucristo". Por eso su pobreza fue ejemplar, no solamente con desasimiento interior, sino como habitual estado de vida, del que dio tantos testimonios a lo largo de su existencia terrena; su pureza fue luminosa y su obediencia total. Sin embargo, todo esto quedaría incompleto si pasáramos por alto su filial y devoto amor a María Santísima, en el misterio de su Pura y Limpia Concepción, que gustosamente meditaba, sobre todo con fervorosos sermones en las festividades de la Virgen del Valle".

Toda esta vida en Cristo alcanzó su culminación en la figura del obispo, signada, desde el comienzo, por su perfecta obediencia al Papa. Primero renunció indeclinablemente al episcopado con aquellas conmovedoras palabras: "no sólo carezco de la habilidad y virtudes que son necesarias para aceptar sin profanar la sagrada unción del episcopado, sino que delante de Dios soy sumamente reprensible y por consiguiente no lleno el 'oportet ergo episcopum irreprehensibilem esse': es necesario que el obispo sea irreprensible" (1Tim 3,2).Sin embargo, al conocer que era expresa voluntad del Romano Pontífice León XIII que aceptara el episcopado, lo hizo inmediatamente, abocándose a ello con todas sus fuerzas, sin dejar de estar convencido de su indignidad.

Al hacerse cargo de la diócesis de Córdoba, la obra de Dios en nuestro Beato se manifiesta en el lema de su carta pastoral al clero: "Que todas vuestras obras sean hechas en caridad". Mientras hablaba a los sacerdotes de la "altísima dignidad" que les es propia, él se reconocía indigno, calificando su cargo como "oficio verdaderamente formidable" o, haciendo alusión a su "tremendo cargo de gobernar". Vivamente sentía los poderes sacerdotales de consagrar, de enseñar, de absolver los pecados, como lo recuerda en su carta, volviendo a humillarse, cuando clamaba humildemente a sus sacerdotes: "Sin vosotros, nada puedo hacer en mi oficio". De esta manera, nuestro Beato centró toda su labor de obispo en la caridad, tema medular de su carta, y en hacer que la Iglesia viva en y por Cristo.

Insistía en sostener que sentir esta vida es la nota distintiva de la santidad y, sin quererlo, parecía retratarse a sí mismo al señalar que a esto se debe la existencia de los santos, quienes son "presencia de Dios en su Iglesia, la que no ha faltado nunca, ni en los días más tristes del pasado, ni aun en los presentes, han dejado de florecer en ella". Esta "divina transformación", como él decía, debe llegar por el aborrecimiento del pecado y por la oración y en el propio obispo, por la predicación de la palabra. Como contrapartida de este claro sentido de la misión del obispo, a sus amados fieles les recomendaba, en carta especial a ellos dirigida, estar firmes en la fe (Col 1,23).

Simultáneamente, su amor por los pobres era conmovedor. Al respecto, hay testimonios de cómo a su casa llegaban permanente personas, a quienes daba no sólo lo poco que podía materialmente, sino también su paternal ayuda espiritual. Era bien conocido su horror al dinero que le resbalaba de sus manos siempre abiertas. Pero Esquiú, como obispo, era también valiente defensor de los derechos de la Iglesia y su mansedumbre evangélica no impidió la intrépida fortaleza que ponía de manifiesto en ciertos momentos, como cuando restauró -en acuerdo con el Rector Alejo del Carmen Guzmán- la antigua facultad de teología en la universidad y defendió el derecho del obispo en el nombramiento de los profesores.

Respecto a su incansable actividad pastoral, cabe señalar, que no era mero frenesí, sino el fruto maduro de la contemplación de los misterios de Dios. Esta primacía de la contemplación orante se puso de manifiesto cuando a un sacerdote que presumía de estar tan ocupado que no tenía tiempo ni para abrir un libro, le contestó: "yo que soy algo más que cura, tengo tiempo para todo y si no estudio es porque no quiero, añada una hora de oración más y le sobrará tiempo". Éstas fueron las notas distintivas del virtuoso obispo de Córdoba: caridad ardiente, vivo sentido de su sacerdocio, aborrecimiento del pecado, humildad ejemplar, oración, contemplación y predicación constante: "oportuna e inoportuna" (cf. 2Tim 4,2).

La vida cristiana, la vida santa que Esquiú califica con el apóstol San Pedro como "participación de la naturaleza divina" (2 Ped 1,4), no se da sino en una circunstancia concreta. Sin lugar a dudas, Fray Mamerto comprendió a fondo la inserción de aquella vida cristiana en la situación concreta de su país. Por ello no rehuyó cumplir actos de generoso servicio al orden civil de la Argentina, en los cuales demostró un limpio "don de sí" y un franciscano desprendimiento. Tales actos de servicio a su patria se manifiestan como efectos y consecuencias de su vida interior, de su misericordia y de su ardiente caridad. Para Esquiú la caridad incluía, como acto suyo propio, el amor a la patria, como clara concreción del don de piedad, puesto que la patria es, ante todo, "don y tarea", y ámbito concreto donde el Señor nos ha colocado y donde tenemos que ejercer, día a día, nuestro servicio al prójimo. Por eso, tanto sus coetáneos, como nosotros hoy, lo consideramos un prócer. No nos quepa la menor duda que Mamerto de la Ascensión Esquiú lo es en altísimo grado, pues fue apreciado por sus eminentes virtudes. Además, un claro modelo, porque sobresalió en el servicio del bien común. En cada acto de su vida, tuvo presente el bien de la Argentina, a la que unía siempre con el amor de Dios. Y cito un ejemplo: cuando se dirigió al pueblo de Catamarca con motivo de la toma de posesión del primer gobernador constitucional, dijo: "Señor, os amo como a todo mi bien; y por Vos amo a mis prójimos, amo a mi patria". A este amor asociaba a María Santísima y repetidas veces, al contemplar la anarquía y el desorden, afirmaba: "Sólo nos queda una esperanza, pero tan firme y consoladora que llena de paz y buen ánimo al más desalentado. Vamos a ver que María quiere y puede salvar a América".

En su diario "Recuerdos y Memorias", deja claros testimonios de su devoción a la Pura y Limpia Concepción. Sus padres habitualmente lo llevaban desde Piedra Blanca a visitar a la Mamita Virgen. Y cuando ya residía en el convento franciscano, se acercaba a confiarle sus alegrías y tristezas. ¡Cuántas veces habrá sentido en su pecho el intenso calor maternal que provenía de esa imagen morena, que es la protectora de todos los catamarqueños! Cada vez que emprendía un viaje misionero fuera de la Provincia pasaba por la casa de su Madre del Valle. Allí le confiaba sus anhelos y sueños e invocaba protección, buscando en su mirada la bendición. Gran alegría y entusiasmo produjo en él la declaración del Dogma de fe de la Inmaculada Concepción, el 8-12-1854, por el entonces Papa Pío IX.

En todos sus sermones hace referencia a la Virgen Santa, a la que suplica y rinde honras, declarándose su admirador y devoto. "En el culto de esta sagrada imagen se ve cómo una fuente de aguas vivas de las que manan consuelos y beneficios en tal abundancia, que este lugar felicísimo ha llegado a dar a la Virgen su propio nombre. Mas no podemos negar que en el pueblo que se dice devoto de la Virgen del Valle se ven grandes y horribles crímenes, vicios y escándalos que deshonrarían a los mismos paganos; no obstante, más cierto es que nuestras maldades no han podido agotar la caridad de María. Verdaderamente ¡Oh, Virgen Inmaculada!, Tú nos tratas cual una madre que acaricia a su hijo. A pesar de tantos vicios e impiedades con que deshonramos tu nombre purísimo, tus consuelos y beneficios corren siempre inagotables, como si te propusieras vencer nuestra ingratitud a fuerza de beneficios" (12-1875). Luego de reprochar a sus paisanos, felicitó a todos los que ayudaron en la construcción del nuevo templo matriz, para cobijar la imagen de la Pura y Limpia Concepción del Valle, recién concluida, diciendo: "Procuremos, pues, asegurar con esas buenas obras la vocación y elección que hizo de nosotros la dulcísima Virgen del Valle. ¡Ay de aquél que burlare su amor! Ya es tiempo de que comencemos a ser varones fuertes y buenos soldados de Jesucristo. ¡Virgen del Valle!: multiplicad en nosotros vuestras antiguas misericordias y alcanzadnos aumentos de fe y caridad para que, arraigadas en ellas, obremos el bien en todas las cosas y permanezcamos fieles a vuestro amor" (12-1875).

Así, les he presentado una breve semblanza de nuestro querido comprovinciano, plasmando aristas fundamentales de la vida del preclaro fraile franciscano y obispo de Córdoba, para que todos podamos valorar la armoniosa síntesis que, en él, Dios nos ha dado de vida cristiana y servicio a la patria. Hombre de fe, fiel, estudioso, obispo y patriota. El Beato Mamerto Esquiú en su oración, en la austeridad de su vida, en su cultura y en su servicio sincero, es ejemplo para el pueblo argentino. Seamos agradecidos con quien nos precedió en aportar su granito de arena con tanta tenacidad, generosidad, patriotismo y amor a Dios.

De todo corazón los bendigo y encomiendo a la protección de Jesucristo, de su Santa Madre y del Beato Mamerto Esquiú.

Mons. Luis Urbaanc, obispo de Catamarca

Queridos hermanos y hermanas, con mucha alegría damos inicio a este Año Pastoral en nuestra querida arquidiócesis de Corrientes, en este tiempo santo de la Cuaresma, y lo hacemos como Iglesia que camina, agradecida, creyente y esperanzada. Hoy, desde el corazón, quiero decir gracias: a los sacerdotes, diáconos, consagradas y consagrados; gracias a los agentes pastorales, catequistas, misioneros, servidores silenciosos y perseverantes. Gracias a todos los que, aun en medio de cansancios y límites, siguen apostando por esta bella y desafiante pasión de evangelizar.

Las lecturas de este segundo domingo de Cuaresma iluminan con fuerza nuestro comienzo. En el libro del Génesis, Dios le dice a Abrán: "Sal de tu tierra... hacia la tierra que te mostraré" (Gn 12,1). Es una palabra que desinstala, que saca de seguridades, que abre futuro. No le muestra el mapa completo, pero sí le promete su presencia y su bendición. Así comienza toda historia de fe y también toda misión pastoral auténtica. Este Año Pastoral es, para nosotros, una nueva invitación a salir, a no quedarnos encerrados en lo conocido, a confiar en que Dios sigue guiando los pasos de su Iglesia en Corrientes.

San Pablo, en la segunda lectura, nos anima con palabras muy concretas: "No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor... apóyate en la fuerza de Dios" (2 Tim 1,8). Evangelizar hoy no es fácil: encontramos indiferencia, heridas profundas, pobrezas materiales y espirituales, desaliento, ambigüedad, sincretismos, etc. Pero Pablo nos recuerda que no nos apoyamos en nuestras fuerzas, sino en la gracia que se nos ha dado en Cristo Jesús. Por eso, este Año Pastoral empieza desde la confianza de sabernos y sentirnos sostenidos.

El Evangelio nos lleva al monte de la Transfiguración (cf. Mt 17,1-9). Jesús sube con Pedro, Santiago y Juan, y allí se deja ver en su gloria. Es un anticipo de la Pascua, una luz en medio del camino. Los discípulos necesitaban esa experiencia para no escandalizarse de la cruz que vendría después. También nosotros la necesitamos. La pastoral, si no se alimenta de la oración y del encuentro con el Señor, se vuelve rutina, activismo, cansancio estéril. Este Año Pastoral será fecundo si aprendemos a subir al monte, a escuchar de nuevo la voz del Padre: "Este es mi Hijo amado... escúchenlo".

Como nos repetía tantas veces el Papa Francisco, no somos una Iglesia de escritorio, sino una Iglesia en salida, que se deja transfigurar por el amor de Cristo para luego bajar al llano y tocar las heridas de la gente. El Papa León XIV, nos exhorta a renovar nuestro deseo de ser una Iglesia misionera, sinodal, cercana, que no apaga el pabilo vacilante ni quiebra la caña cascada, frágil, debilitada.

Comenzamos este Año Pastoral peregrinando, poniéndonos bajo el manto de nuestra Madre. Ella sabe de caminos, promesas, esperas largas y de esperanza firme. A María de Itatí le confiamos este tiempo que se abre: nuestros planes, sueños, fragilidades y también las ganas de entregarnos y servir. Que ella nos enseñe a decir cada día: "Hágase en mí según tu palabra".

Queridos hermanos, damos inicio a este Año Pastoral con gratitud por lo vivido, con fe en el Dios que nos llama y con esperanza en lo que Él sigue haciendo entre nosotros. Bajemos de este monte espiritual que hoy representará la visita a la Basílica Nuestra Madre de Itati con el corazón encendido, sin miedo, sabiendo que el Señor camina con su pueblo. Que la "Pura y limpia" nos cubra con su manto y nos acompañe en esta nueva etapa de la misión.

Amén.

Oración para el inicio del Año Pastoral 2026

Señor Jesús,
al comenzar este nuevo Año Pastoral
venimos con el corazón abierto,
agradecidos por todo lo vivido
y confiados en lo que querés hacer
en nuestra Iglesia de Corrientes.

Te damos gracias por cada sacerdote,
por los diáconos, la vida consagrada
y por tantos laicos que, con generosidad silenciosa,
sostienen la misión en las parroquias, capillas y comunidades.
Gracias por quienes anuncian el Evangelio
aun en medio del cansancio, la pobreza y la incertidumbre.

En este tiempo de gracia,
volvé a llamarnos como al principio.
Purificá nuestras intenciones,
renová nuestra fe
y encendé en nosotros la esperanza
para no claudicar en la hermosa pasión de evangelizar.

Danos un corazón dócil a tu Palabra,
una mirada compasiva como la tuya
y un espíritu misionero
que no se encierre en seguridades
ni se canse de salir al encuentro de los hermanos.

Ponemos este Año Pastoral 2026
bajo el manto protector de la Virgen de Itatí.
Que ella nos enseñe a escuchar, a confiar
y a caminar juntos como pueblo de Dios,
fieles al Evangelio y atentos a los signos de los tiempos.

Que tu Espíritu Santo nos guíe,
nos fortalezca en las pruebas
y nos conceda la alegría de servir.

Señor, aquí estamos.
Envíanos.
Amén.

Mons. José Adolfo Larregain OFM, arzobispo de Corrientes

Ester 3.6; 4.11-12. 14-16. 23-25;
Salmo137,
Mateo 7, 7-12

Todos los años la Iglesia nos invita a emprender el camino cuaresmal. Es un tiempo que nos dispone a celebrar el acontecimiento que le da sentido a nuestra identidad cristiana: el Misterio de la Pascua. Hay suficientes razones para esperarla y dedicarle todo nuestro ser, porque nuestra fe es una fe pascual y nuestra espiritualidad católica encuentra en esa solemne celebración, la revelación del plan divino realizado por Cristo en obediencia al Padre: «...porque Dios quiso que en él residiera toda la Plenitud. Por él quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz» (Col 1,19-20). Hacia esa fuente de gracia vamos peregrinando.

Durante los cuarenta días que nos separan del Triduo Pascual, la liturgia nos propone vivir la experiencia del pueblo de Israel en el desierto, después que Dios los liberó del yugo en Egipto; de igual modo, nos invita a contemplar el ayuno y oración de Jesús ante las tentaciones, a las que venció con la Palabra de Dios. Ambos pasajes de la Sagrada Escritura son la guía inspiradora del peregrino que en este tiempo litúrgico pide la gracia de la conversión, para renovar con entusiasmo la alianza bautismal que haremos en la solemne Vigilia de Resurrección.

Mientras vamos caminando, hoy la Palabra del Evangelio nos exhorta a orar confiada y perseverantemente. A nosotros nos toca, «pedir, buscar y llamar». Dios, que sabe muy bien lo que necesitamos, da su respuesta cuando recibimos, encontramos y vemos que las puertas cerradas hasta entonces, se abren. Jesús enseña así la providente bondad de su Padre celestial, la que trasciende toda bondad terrena. El que pide a Dios con constancia tiene la seguridad de que recibirá lo que ha pedido. Y por medio de una comparación, el Señor explica la razón por la que se tiene la certeza de recibir lo que se pide a Dios: «Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará cosas buenas a aquellos que se las pidan!» (Mt 7, 11).

¿Será posible imitar la bondad divina que hace salir el sol sobre justos y pecadores, no hace acepción de personas ni vino a apagar la mecha humeante? Tenemos que decir que sí, es posible, si guardamos en la memoria y el corazón la regla de oro que nos propone Jesús para la convivencia humana: «Hagan por los demás lo que quieren que los hombres hagan por ustedes» (Lc 6,31). Si somos capaces de vivir esta sapiencial premisa -humana y religiosa a la vez-, estaremos cumpliendo la voluntad de Dios, que enseñan la Ley y los Profetas. Viene a mi mente una máxima de un Padre de la Iglesia: «Si obedeces sus mandatos y, por tu bondad, imitas al que es bueno, llegarás a ser semejante a él, y él te honrará; pues no es mezquino el Dios que te ha hecho dios para su gloria»[1].

Seguramente hay mucha gente que transitó por esta senda de bondad, poniendo por obra lo que confesaba con su fe, pero esta tarde deseamos reparar una vez más en el testimonio de vida que nos dejó el Venerable Siervo de Dios Enrique Shaw.

Nos ha convocado esta Misa de Acción de Gracias por su nacimiento. La abundante bibliografía que ha circulado en estas últimas décadas me dispensan de entrar en detalles de aquel día. No obstante, quiero referirme a un acontecimiento que marcó sus pasos en este mundo: su bautismo, a dos meses después de su entrada a este mundo, cuando sus padres Sara y Alejandro lo llevaron a las aguas de la salvación. Lo bautizó su tío, el sacerdote salesiano Adolfo Tornquist, el 25 de abril de 1921, con el nombre de Enrique Ernesto Justo Shaw, en la Iglesia Santa Magdalena de París. Sus padrinos fueron sus tíos Eduardo A. Tornquist y Elsa Shaw. No podemos dejar de señalar que en ese admirable sacramento Enrique recibió la filiación divina y con ello los dones, gracias y virtudes que el Espíritu Santo infunde en el alma de todos los redimidos. Hoy podemos decir con la autoridad de la Iglesia que pasó sus días traduciendo la vida del Espíritu en favor del prójimo. No dejó de dar gracias por lo recibido en esa fuente de salvación y en cada cuaresma renovó la fidelidad a su compromiso bautismal de no claudicar al llamado de la santidad, contagiando la alegría de la salvación que Cristo, por amor, conquistó con su muerte en la cruz. Podemos decir que Enrique prodigó virtuosamente los bienes que Dios le había concedido en el bautismo y lo testimonió con una alegría contagiosa.

Hoy consideramos un hecho providencial en su vida, el encuentro casual que tuvo en 1944 con dos sacerdotes que le hablaron de la obra que desplegaba el Canónico Joseph Cardijn, asesor de la Juventud Obrera Católica y promotor de la pastoral entre los obreros. Aquel suceso, sumado al testimonio de otros pastores preocupados por la evangelización de la clase trabajadora, sembró en Enrique el deseo de dedicarse al apostolado en el mundo del trabajo. Aquella moción interior lo llevó a pedir la baja en la Armada para preparase a ocupar dignamente su lugar como empresario[2]. En ese proceso, la Doctrina Social de la Iglesia tuvo a uno de sus mejores apóstoles.

A la luz de la ética profesional y conforme a los valores evangélicos, Enrique se formó con una conciencia capaz de elegir no solo lo conveniente sino lo justo, sobre todo cuando las decisiones empresariales recaían sobre las personas y sus trabajos. Su convicción sobre la centralidad de la persona humana en el ideario empresarial quedó en evidencia cuando en épocas de crisis se impuso ante el Directorio de una Empresa, exponiendo su pensamiento: la opción del despido de obreros nunca podía ser la primera solución, pensando en las familias que estaban detrás de cada trabajador y sus derechos laborales. No le fue fácil superar opiniones contrarias que aventaban criterios puramente mercantilistas y funcionales a intereses personales. Enrique siempre apostó a conservar la fuente de trabajo.

Cuando celebramos los cien años del natalicio, recuerdo haber comentado que sus recurrentes citas de las parábolas, milagros y enseñanzas de Jesús como tantas otras citas bíblicas, parecían haber seguido el consejo de San Jerónimo: «Lee muy a menudo las Divinas Escrituras, o mejor, nunca el texto sagrado se te caiga de las manos»[3]. Por eso pienso que cuando la Palabra divina entró en el corazón del joven Enrique, no solo privilegió su contenido a cualquier otra palabra, sino que se convirtió en su pan cotidiano junto con la Eucaristía.

Y aquí lo dejo hablar a él en su conocida conferencia que tituló «Eucaristía y vida empresaria», pronunciada en el VI Congreso Eucarístico celebrado en Córdoba, en octubre de 1959: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados». No se trata de la justicia corriente, defensa de los propios derechos con el mejor abogado de plaza; sino que al decir "justicia" "dar a cada uno lo suyo" hay que pensar en los derechos de todos, incluyendo los de Dios, de cuyos derechos precisamente se derivan los de todos los demás. En estos momentos en que los dirigentes de empresa, encontramos tantas dificultades para cumplir nuestra misión, esta Bienaventuranza no sólo debe impedir que nos desalentemos por todo ello sino que ha de animarnos a seguir procurando que, comenzando por las de Dios y siguiendo por las de las personas que de nosotros dependen, sean satisfechas las exigencias de la justicia; si sólo buscáramos defender nuestros propios derechos, no sólo no seremos saciados, ni siquiera satisfechos, sino que seremos frustrados. Y no nos preocupemos por la magnitud de la tarea y las dificultades que encontramos; la bienaventuranza no pone el énfasis en la magnitud del éxito que logremos sino en la magnitud del amor con que procuramos llevar a cabo la porción que nos corresponde».

Cuando me invitaron a tomar conocimiento de sus escritos -verdadero legado espiritual-, tomé conciencia de que entraba en su intimidad. Cuadernos, libretas y libretitas son documentos que registran su pensamiento, intenciones y sus más caros sentimientos religiosos. Pueden considerarse un espejo de su alma, donde deja el testimonio de su incondicional confianza en su Señor: «Debo pedirle a Dios que me llene de su amor, que Cristo ejerza sobre mí todos sus derechos», a la vez que se declara fiel devoto y testigo de la ternura de María de Luján: «El abandono a la Virgen es la esencia a la consagración a ella, y cuanto más nos agarramos de su mano, más unidos estamos a Dios, más participamos de su fuerza, de su amor, de su vida». Mientras cursaba su irremediable enfermedad, el fervoroso peregrino a pie a su Santuario de Luján, en 1961, dejaba en manos de su Madre del Cielo el ofrecimiento de sus dolores y angustias. En ese reservorio espiritual están sus propósitos como esposo fiel, padre amoroso, laico comprometido con la Iglesia de su tiempo, empresario íntegro en su responsabilidad para con los obreros y amigo de todos; no separemos lo que estaba tan íntimamente unido en su mente y su corazón.

Al conocer la noticia de la inminente beatificación de nuestro hermano Enrique, hoy hacemos memoria agradecida de su bella vida entre nosotros y elevamos la acción de gracias por poder participar en el tiempo, lo que acontecerá en la gloria. Será una solemne celebración de la Iglesia universal, y a partir del momento en que se inscriba su nombre en el Libro de los Beatos, nuestro querido Enrique será el amigo del cielo para interceder por todos los hombres y mujeres del mundo.

Se aproxima la fecha de la beatificación de Enrique Shaw y todos estamos invitados por derecho evangélico. Para mejor prepararnos a esa solemne Eucaristía les propongo lo que el papa León XIV nos recomendó en el Mensaje de Cuaresma: «Pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás. Y comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor».

Que el Buen Dios permita que todos podamos ser parte de esa fiesta del cielo.

Card. Mario Aurelio Poli, arzobispo emérito de Buenos Aires

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Notas:

[1] Del Tratado de san Hipólito, presbítero, Refutación de todas las herejías (Cap. 10, 33-34: PG 16, 3452-3453). EL VERBO HECHO CARNE NOS DEIFICA.
[2] Sara Shaw de Critto, Viviendo con alegría, testimonios y breve biografía de Enrique Shaw, Ed. Claretiana, Buenos Aires 2017, p. 41.
[3] Ep. 52, 7: CSEL 54, 426.

Con ocasión del comienzo del Año Santo 2025 dirigí una Carta Pastoral titulada Una esperanza vivida. Ahora, a la luz de las enseñanzas del Papa León XIV en su catequesis siguiendo la temática del Papa Francisco, dirijo esta Carta Pastoral pidiendo al Señor que sigamos creciendo en esa virtud, avanzando por la vida con la fuerza de la esperanza.

Sostenidos por la esperanza
En su primera audiencia el Santo Padre acudió a la parábola del sembrador (Mt, 13, 1-17). Aquellos oyentes, familiarizados con el trabajo rural, estaban acostumbrados a ver caer semillas por el camino pedregoso, en terrenos menos fértiles o en los que creció la maleza, pero también en buena tierra.

Tenían experiencia del sacrificio que suponía sembrar, pero también de un detalle que destacó el Señor: volvían alegres al finalizar aquel duro trabajo. Faltaba tiempo para la cosecha, el clima podría ayudar o no, pero igual estaban contentos, los sostenía la esperanza de que aquel esfuerzo no había sido en vano.

¿Por qué esta parábola? El sembrador es una imagen de Dios, un Padre que continuamente esparce semillas buenas en nuestros corazones. Por eso la parábola es una invitación a confiar en Dios, nos quiere mucho y nos quiere santos, colaboradores en la siembra de semillas buenas en la familia y en todas partes.

Por más débiles o alejados del Señor que nos sintamos, Dios está cerca, sembrando la semilla, ayudando a que seamos tierra buena. Jesús nos dice que Dios arroja la semilla de su palabra sobre todo tipo de terreno, es decir, en cualquier situación en la que nos encontremos: a veces somos más superficiales y distraídos, a veces nos dejamos llevar por el entusiasmo, a veces estamos agobiados por las preocupaciones de la vida, pero también hay momentos en los que estamos disponibles y acogedores. Dios confía y espera que tarde o temprano la semilla florezca. Él nos ama así: no espera a que seamos el mejor terreno, siempre nos da generosamente su palabra. Quizás precisamente al ver que Él confía en nosotros, nazca en nosotros el deseo de ser un terreno mejor. Esta es la esperanza, fundada sobre la roca de la generosidad y la misericordia de Dios (León XIV, Audiencia 21-V-2025).

Dios también esparce su semilla en los momentos de dificultad y de sufrimiento, aunque nos parezca lejano y ausente. Quizás hará falta tiempo, serenidad, oración, para advertir que para los que aman a Dios todo aporta para su bien (cfr. Rom 8, 28).

 Jesús es la Palabra, es la Semilla. Y la semilla, para dar fruto, debe morir. Entonces, esta parábola nos dice que Dios está dispuesto a «desperdiciarse» por nosotros y que Jesús está dispuesto a morir para transformar nuestra vida (León XIX, id.).

Dios siempre llega a tiempo y cuenta con nosotros
En su catequesis del 4 de junio de 2025 el Papa León XIV reflexionó desde la parábola de los invitados a trabajar en la viña (Mt 20, 1-16). Un grupo de trabajadores esperaban en la plaza a que los contrataran para ir a cosechar. Algunos fueron convocados a primera hora, otros un poco más tarde. Pero quedaron algunos esperando y el día avanzaba. Es lógico que se sintieran desanimados, inútiles, con menos cualidades, o no reconocidos por aquel patrón. Cuando ya la esperanza estaba casi perdida fueron invitados a trabajar en la viña, y no sólo eso, el dueño les pagó muy generosamente, la misma cantidad que a los que había llamado a primera hora.

Ese hombre tan generoso es imagen de Dios que siempre se fija en nosotros, somos sus hijos. Por menos cosa que nos sintamos, valemos mucho para Él. Escucha nuestra oración, sale a buscarnos, aunque nuestra esperanza sea débil porque las dificultades parecen ya insalvables.

No se olvida de nosotros y nos quiere trabajando en su viña, colaborando para que otros descubran y respondan a su infinito amor. Dios cuenta con el testimonio que podamos dar a nuestro alrededor de cómo nos sostiene la fe y la esperanza, quiere hacernos mensajeros de su amor por todos.

Quisiera decir, especialmente a los jóvenes, que no esperen, sino que respondan con entusiasmo al Señor que nos llama a trabajar en su viña. ¡No lo pospongas, arremángate, porque el Señor es generoso y no te decepcionará! Trabajando en su viña, encontrarás una respuesta a esa pregunta profunda que llevas dentro: ¿qué sentido tiene mi vida?

... ¡no nos desanimemos! Incluso en los momentos oscuros de la vida, cuando el tiempo pasa sin darnos las respuestas que buscamos, pidamos al Señor que salga de nuevo y nos alcance allí donde lo estamos esperando. ¡El Señor es generoso y vendrá pronto! (León XIV, Audiencia 4-VI-2025).

Fortalecer la esperanza
Jesucristo, caminando hacia Jerusalén, se encontró al entrar en Jericó con un ciego y mendigo (cfr. Mc 10. 40-52). Este hombre llevaba años pidiendo limosna a la entrada de ese pueblo, ¿cuál sería su esperanza? Había escuchado hablar de Jesucristo. Cuando se enteró de que estaba pasando por ese lugar empezó a rogarle gritando: Jesús, hijo de David, ten piedad de mí (Mc 10, 47).

El Señor se detuvo al oírlo, y le pidió un esfuerzo, que se le acercara. Él arrojando su manto, dio un salto y se acercó a Jesús (vs. 50). Tuvo fe, se manifestó en obras: dio un salto, dejó su única seguridad que era el manto que lo cubría, no hizo caso a quienes lo querían hacer callar. Jesús advirtió esa confianza total que tenía en Él, pero respetó su libertad, su dignidad, y le preguntó: ¿qué quieres que te haga? Rabboni (mi maestro), que vea, le respondió el ciego. Entonces Jesús le dijo: Anda, tu fe te ha salvado. Y al instante recobró la vista (vs. 51-52). Podía irse libremente a donde quisiera, pero decidió seguir a Jesucristo por el camino, lo puso primero en su vida, en sus planes.

Llevemos con confianza ante Jesús nuestras enfermedades, y también las de nuestros seres queridos, llevemos el dolor de quienes se sienten perdidos y sin salida. Clamemos también por ellos, y estemos seguros de que el Señor nos escuchará y se detendrá (León XIV, Audiencia 11-VI-2025).

Al llegar a Jerusalén, Jesús hizo otro milagro al que se refirió el Papa en su siguiente catequesis (cfr. Jn 5, 1-15). Junto a una de las entradas a Jerusalén había una piscina; de vez en cuando Dios enviaba a un Ángel para que removiera el agua, y el primero que se metía quedaba sano. Muchos enfermos esperaban ese momento, uno de ellos llevaba ahí treinta y ocho años. Jesús se le acercó y le dijo: ¿Quieres curarte? El enfermo le contestó: Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se mueve el agua; mientras voy, baja otro antes que yo (vs. 6-7).

Este hombre estaría resignado, desanimado, no tenía quién lo empujara. ¿Quién se acercó a él?, quien de verdad podía ayudarlo, Jesucristo. Inmediatamente le dijo: levántate, toma tu camilla y comienza a caminar (vs. 8). Reaccionó con fe, hizo lo mandado. Y cambió su vida, también la espiritual porque el Señor se lo encontró un rato después en el Templo.

Cristo se nos acerca por más imposible que parezca una situación. Intentemos dar voz a nuestro deseo de sanar. Y recemos por todos aquellos que se sienten paralizados, que no ven una salida. ¡Pidamos regresar a vivir en el Corazón de Cristo que es la verdadera casa de la misericordia! (León XIV, Audiencia 18-VI-2025).

En otra de sus catequesis el Papa León habló de aquella mujer que salió a buscar a Jesús porque se decía: si tocara tan solo su manto quedaré curada, cosa que sucedió al instante (cfr. Mc 5, 25-37). Llevaba muchos años perdiendo sangre, estaba débil y condenada por quienes veían en esa afección un castigo divino, fue audaz, se abrió camino. La gracia de Dios impulsó a ese acto de fe que acabó en su curación, tocar a Jesús.

En esa ocasión, también un centurión había salido a buscar a Cristo para que sanara a su hija moribunda. Los detuvo la mujer que se fue curada. Iban caminando hacia su casa cuando le llevaron a aquel padre la noticia que su hija había muerto. Jesús le dijo: «¡No temas, basta que creas!» (Mc 5,36). Podría parecer que Jesús había llegado tarde, la niña ya estaba muerta. Pero no, entró donde estaba la niña, le toma la mano y le dijo: «Talithá qum», que significa ¡Niña, a ti te digo levántate!». Y enseguida la niña se levantó y se puso a andar, pues tenía doce años (Mc 5, 41-42).

Jesús que sanaba enfermos había despertado a esa hija de la muerte. Para Dios, que es Vida eterna, la muerte del cuerpo es como un sueño. La muerte verdadera es aquella del alma: ¡de esta debemos tener miedo!

Un último detalle: Jesús, luego de haber resucitado a la niña, dijo a los padres que le den de comer (cfr. vs. 43). Esta es otra señal muy concreta de la cercanía de Jesús a nuestra humanidad. Podemos también entenderlo en sentido más profundo y preguntarnos: ¿cuándo nuestros muchachos se encuentran en crisis y tienen necesidad de nutrición espiritual, sabemos dársela? ¿Y cómo podemos hacerlo si nosotros mismos no nos nutrimos del Evangelio?

..., en la vida hay momentos de desilusión y de desánimo, y hay también la experiencia de la muerte. Aprendamos de aquella mujer, de aquel padre: vamos hacia Jesús: Él puede sanarnos, puede hacernos renacer. ¡Jesús es nuestra esperanza! (León XIV, Audiencia 25-VI-2025).

Esperanza en Jesús resucitado
El Papa León dedicó varias de sus catequesis sobre la esperanza a meditar en el amor de Cristo que sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin (Jn 13, 1).

San Juan recoge hechos y palabras de los últimos momentos del Señor que reflejan una vez más su total amor hacia nosotros, gran motivo de confianza (cfr. Jn 13, 1ss.). En esa Última Cena lavó los pies de sus discípulos, ejemplo del estilo de servicio de sus seguidores. Rezó para que estuvieran unidos, como lo estaba Él mismo con el Padre, unidad que refleja un sincero amor de Dios en el propio corazón. Instituyó el inmenso tesoro de la Eucaristía, alimento para nuestro camino de esperanza que conduce a la eternidad.

Siguiendo las enseñanzas del Papa, meditemos sobre un suceso del día de la Resurrección (cf. Lc24, 13-27). Dos discípulos, a pesar de haber escuchado testimonios de que el sepulcro estaba vacío y de que Cristo podría haber resucitado conforme había predicho, estaban tan desanimados que decidieron volverse a su pueblo. Los discípulos de Emaús caminaban tristes porque esperaban otro final, un Mesías que no conociera la cruz. A pesar de haber oído que la tumba está vacía, son incapaces de sonreír. Pero Jesús está a su lado y, con paciencia, les ayuda a comprender que el dolor no es la negación de la promesa, sino el modo en que Dios ha manifestado la medida de su amor (León XIV, Audiencia 8-X-2025).

El forastero que encontraron por el camino, les fue recordando lo que habían anunciado los Profetas, que el Cristo debía padecer para entrar en su gloria. Cuando este hombre parecía seguir su camino y dejarlos, le pidieron que se quedara con ellos: Quédate con nosotros, porque se hace tarde y está ya anocheciendo (Lc 24, 29). Necesitaban esa compañía, consuelo, luces y guía en ese momento de oscuridad y de dudas, de gran dolor y abatimiento, ¡cuánto nos ayuda meditar las Sagradas Escrituras!

Ya en la casa, cuando estaban juntos a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se los dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él desapareció de su presencia. Y se dijeron uno al otro: ¿No es verdad que ardía nuestro corazón dentro de nosotros mientas nos hablaba por el camino y nos explicaba las escrituras? (vs. 30-32).

Ese gesto de partir el pan hizo que reconocieran que el forastero era Jesucristo. La Eucaristía, presencia real del Señor, es el alimento espiritual que necesitamos, sostiene y aviva nuestra esperanza en Dios. Llenos de entusiasmo se volvieron a Jerusalén para transmitir esta alegría a los demás discípulos (cfr. vs. 33ss.).

Esos discípulos de Emaús habían puesto su esperanza en Jesús, lo seguían. Tras su tremenda Pasión y Muerte perdieron las fuerzas, se llenaron de tristeza y dieron por perdidos el sentido que habían dado a sus vidas, las ilusiones que los movilizaban. Cristo se acercó a ellos; en los corazones de los dos discípulos se reaviva el calor de la esperanza, y entonces, cuando ya cae la tarde y llegan a su destino, invitan al misterioso compañero a quedarse con ellos. Y es al partir el pan cuando se reaviva la alegría, la energía vuelve a fluir en los miembros cansados, la memoria vuelve a ser agradecida. Y los dos regresan deprisa a Jerusalén, para contarlo todo a los demás (cfr. ibidem).

Hermanos y hermanas, la resurrección de Cristo nos enseña que no hay historia tan marcada por el desengaño o el pecado que no pueda ser visitada por la esperanza (...), no hay distancia que pueda apagar la fuerza infalible del amor de Dios. ... el Resucitado se acerca en los lugares más oscuros: en nuestros fracasos, en las relaciones desgastadas, en los trabajos cotidianos que pesan sobre nuestros hombros, en las dudas que nos desaniman. Nada de lo que somos, ningún fragmento de nuestra existencia le es ajeno.

No se impone con clamores, no exige ser reconocido inmediatamente. Con paciencia espera el momento en que nuestros ojos se abran para ver su rostro amigo, capaz de transformar la decepción en confiada espera, la tristeza en gratitud, la resignación en esperanza (cfr. Audiencia, ibid.).

Transmisores de esperanza
Sepan que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el final de los tiempos (Mt 28,20). Esta afirmación de Jesucristo nos da mucha seguridad, podemos esperar todo de Dios que es más que cercano, porque en Él vivimos, y nos movemos, y somos (Hch 17, 28).

Una de las fuerzas motoras más profundas y arraigadas en todo ser humano es el deseo de plenitud, de felicidad. Esta realidad, impresa en nuestra naturaleza, nos moviliza a poner en juego todas nuestras capacidades para conseguir objetivos en los que confiamos encontrar esa felicidad. Deseamos crecer a base de proyectos buenos, sentirnos realizados y así más felices, no nos gusta estar como estancados. El aislamiento, el individualismo deja vacío el corazón; nos sentimos plenos ocupándonos de los demás, de la familia en primer lugar, de las necesidades de otras personas, de la sociedad, de la Iglesia.

Buscamos un sentido a la vida, un 'por qué', que nos alienta a avanzar sobrellevando incluso momentos bien difíciles. Pero descubrimos que lo inmediato no llega a saciar aquel deseo profundo del corazón humano. Cuando en esa búsqueda de sentido a la vida se descubre a Dios que está con nosotros, brota una esperanza más profunda porque Nos hiciste Señor para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti (San Agustín, Las Confesiones, 1, 1).

Con Dios, la vida se transforma en un camino hacia la felicidad plena, un anticipo del Cielo en medio de las ocupaciones habituales: las del hogar, las del trabajo, etc. Se aprende a mirar con Dios y desde Dios, y la esperanza empuja hacia tantas cosas buenas que podemos hacer.

Ese deseo profundo de plenitud y de felicidad, el deseo de verdad, está en el corazón de todos. Somos instrumentos para ayudar a tanta gente a descubrir que en Dios encontrarán eso que buscan, porque ¿cómo creerán, si no oyeron hablar de él? ¿Y cómo predicarán, si no hay enviados? (Rom 10, 14).

Somos instrumentos de esperanza, como solía decir el Papa Francisco, para llevarla a los enfermos, a los pobres y a quienes sufren. Encontraremos quienes bajaron los brazos ante dificultades o cargas pesadas que no faltan en la vida. Nuestra oración, nuestra cercanía les ayudará a sentir a Cristo a su lado dándoles paz y fuerzas, llevando aquella Cruz, a sentirse hijos de Nuestro Padre Dios que siempre da el ciento por uno en esta vida y después el Cielo.

El Papa León se ha referido a esa dosis de esperanza que necesita el mundo para ser más humano y más fraterno. La esperanza genera vida, anima a volcarse a lo que es valioso y bueno, a jugarse, a darse, a luchar, y ayudaremos a otros a no bajar los brazos. Aunque parezca mínimo, siempre algo podremos aportar para que el mundo sea mejor.

Esperanza y santidad de vida
Cumplir la voluntad de Dios, la expresada en ciertas exigencias de algún Mandamiento o de la vida la fe, en ocasiones podría parecer difícil o poco atractiva. Es el momento de acudir a Dios, Él clarificará nuestros pensamientos, orientará hacia el bien, hacia la felicidad.

Ser fieles a un camino vocacional concreto exige vivir sus exigencias en cada momento y circunstancia de la propia vida. Algunas circunstancias podrán hacerlo más costosos, puede no ayudar el entorno; es el momento de poner la esperanza en Dios y abandonarse en Él con la seguridad de que premiará con mayores luces y fuerzas.

Paralelamente puede hacerse cuesta arriba la fidelidad a los compromisos matrimoniales. Quizás Dios permite la prueba para afianzar el amor mutuo con una mayor entrega personal al conyuge, con sacrificio, paciencia y olvido de uno mismo. No es fácil cortar las voces interiores -enojos, reclamos- que desvían del bien, pero vale la pena, con la ayuda de Dios, centrarse en una oración confiada, así llegan las luces, la fortaleza, se afianza el amor: siempre esperanza, porque nada hay imposible para el que cree (Mc 9, 23).

La santidad exige fomentar las virtudes, esas buenas disposiciones hacia el bien como por ejemplo la paciencia, la generosidad, la sinceridad, la justicia, la sobriedad, respetuosos y no críticos, y tantas otras. Dios nos ayuda, pero es necesario el esfuerzo personal, siempre con la esperanza en esas palabras de Jesucrisito: muy bien, siervo bueno y fiel, como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en la alegría de tu señor (Mt 25 23). Dios da siempre más de lo que podemos soñar, fuerzas para ser fieles, luces a quien no entiende el camino de Dios, la alegría de la fidelidad y del amor.

El camino de la santidad es de participación en la vida de Dios. Se trata de una relación de amor que nos hace más parecidos a Cristo, Dios se anticipa, pero podemos poner lo que está de nuestra parte buscando el trato con Él, su presencia durante el día.

El Papa León XIV se ha referido varias veces al peligro de la mundanidad, el de vivir con los ojos centrados en las cosas de la tierra como fuente de toda felicidad. Nadie puede servir a dos señores, porque o tendrá odio a uno y amor al otro, o prestará su adhesión al primero y menospreciará al segundo: no pueden servir Dios y a las riquezas (Mt 6, 24). Dios no nos deja solos, nos da los medios para que crezcamos en su amor.

El camino de la esperanza
Con el Bautismo comienza una vida nueva, un camino con Dios y en Dios, distinto al mundano cuyo objetivo son las satisfacciones que puede dar el mundo. El Bautismo comporta un nuevo modo de vivir, el estilo y las exigencias propias de quien busca la felicidad eterna. Este Sacramento nos hace responsables de una misión, ocuparnos de que Cristo reine. Se trata de un camino con Dios y en Dios, con la ayuda de las virtudes teologales, disposiciones que pone Dios en nosotros; pueden crecer, pero también podemos dejarlas dormir.

Refiriéndose a las virtudes teologales, fe, esperanza y caridad enseña el Catecismo de la Iglesia Católica que fundan, animan y caracterizan el obrar moral del cristiano. Informan y vivifican todas las virtudes morales. Son infundidas por Dios en el alma de los fieles para hacerlos capaces de obrar como hijos suyos y merecer la vida eterna (n. 1813).

Así como la fe es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que nos ha revelado y la Iglesia nos enseña, la esperanza es la virtud por la que aspiramos al Reino de los cielos, a la eterna felicidad.

La fe sin obras está muerta (St, 2, 26), es decir que la verdadera fe debe manifestarse en acciones prácticas concretas. Si alguno dijera que tiene fe pero no ayuda a los demás, no es misericordioso, no procura vivir conforme a los valores cristianos, esa fe es sólo teoría, sí una creencia, pero carece de una vida real. Debemos profesar, testimoniar con firmeza y difundir la fe (cfr. Catecismo, nn. 1815-1816). Esta virtud, lo mismo que la esperanza y la caridad, crecen por la acción del Espíritu Santo, no se apoyan en las propias fuerzas, pero evidentemente hemos de pedir al Señor que las haga crecer en nosotros, y poner los medios a nuestro alcance para ejercitarlas, para que no estén muertas.

Con la esperanza Dios enriquece nuestros corazones: purifica nuestras esperanzas humanas para que se ordenen al Reino de los cielos, nos protege del desaliento, dilata nuestro corazón en el amor de Dios, preserva del egoísmo y nos impulsa a ser felices ejercitando la caridad. Nos protege en el combate de la salvación, ayuda a sobrellevar las pruebas (cfr. Catecismo, n. 1820).

También enseña el Catecismo que la esperanza se expresa y se alimenta en la oración, particularmente en la del Padre Nuestro, resumen de tolo lo que la esperanza nos hace desear. Podemos por tanto esperar la gloria del Cielo prometida por Dios a los que lo aman y hacen su voluntad (Catecismo, nn. 1820-1821).

Dios nos da los medios para crecer en esperanza
- Nuestro Señor siempre perdona y siempre sana el alma de las heridas del pecado por medio del Sacramento de la Reconciliación. Esto lo hace a través del sacerdote, tenemos así la seguridad del perdón recibido.

- Nos proporciona el alimento en la Eucaristía. La Santa Misa hace presente el Sacrificio de la Cruz, un tesoro de gracia. Cristo está presente en la Eucaristía, presencia real. Quiere vivir en nosotros, borra los pecados veniales, nos fortalece en las tentaciones, nos une a la Iglesia, es un anticipo de la vida eterna.

- La oración es estar con Jesús, Él es nuestra fuerza, nuestra esperanza. Estén siempre alegres. Oren sin cesar. Den gracias por todo, porque eso es lo que Dios quiere de ustedes en Cristo Jesús (1 Ts 5, 16). Necesitamos el diálogo personal con el Señor.

Cristo camina a nuestro lado, la misión que nos confía exige oración: Vayan pues, y hagan discípulos en todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto les he mandado. Y sepan que yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28, 20). Son las últimas palabras de Cristo que recoge San Mateo.

- Un conocimiento más profundo de nuestra fe da solidez a la misma fe, también a la esperanza, porque la fe es fundamento de las cosas que se esperan, prueba de las que no se ven (Hb 11, 1). Profundizar por ejemplo en el sentido de la oración, de los Mandamientos, de la Liturgia, de aquello en lo que creemos, no sólo fortalece la propia fe, sino que ayuda a hablar con fundamentos a los demás.

- Necesitamos de María. Ahí tienes a tu Madre. Ella nos acompaña y fortalece en las dificultades, es nuestra esperanza en todo y en todo momento, con Ella tenemos la seguridad de nuestra eterna salvación. Acudamos mucho a María, con confianza de ser hijos de una Madre tan buena.

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios: no desprecies las oraciones que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien libranos siempre de todos los peligros, Virgen gloriosa y bendita. Amén.

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Pautas pastorales para el 2026
Comenzamos un nuevo año llenos de esperanza en Dios, el Año Santo no ha sido en vano. Dios cuenta con la responsabilidad de nuestra misión como cristianos, cada uno en su sitio. Quiere reinar en las familias, remanso de amor y de paz, cuidándose unos a otros con oración y entrega, y particularmente a los hijos.

Nuestra misión como cristianos estará siempre viva; Cristo no pasaba de largo, tampoco nosotros queremos pasar de largo por las necesidades espirituales y materiales de ninguno: familiares, vecinos, amigos, compañeros de trabajo o de estudio, etc.

Nuestra coherencia de vida cristiana es ya un fuerte testimonio, en ocasiones unas palabras nuestras aportarán a la fe y a la esperanza de tantos. Es famoso un testimonio del Siglo II sobre la vida de los primeros cristianos, los describe como ciudadanos ejemplares: Se reparten por las ciudades griegas y bárbaras ... pero muestran un tenor de vida admirable y, por confesión de todos, sorprendente. Viven en la carne, pero no según la carne. Pasan el tiempo en la tierra, pero tienen su ciudadanía en el cielo. Lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo (Carta a Diogneto).

Siguen siendo actuales los desafíos que señalé como prioridades pastorales para el Año 2025. Les propongo entonces que continuemos con oración, dedicación e iniciativas un nuevo impulso en esas pastorales en este año 2026 que acabamos de comenzar.

Jóvenes: exige dedicación de tiempo e iniciativas. Hay muchos chicos y chicas en búsqueda, salgamos a su encuentro. Necesitan ser escuchados, la fuerza de la oración y de los Sacramentos, ayudarlos a afianzar su fe y con don de lenguas a que la conozcan mejor. La Adoración al Santísimo, las tareas misioneras, los espacios para ellos son momentos importantes para la acción del Espíritu Santo en ellos.

Muchos adolescentes y jóvenes se acercan a las parroquias y capillas para los sacramentos o por otros motivos. Procuremos cuidar especialmente a quienes el Señor pone cerca y buscan. Los colegios diocesanos y religiosos suman un buen número de chicos y chicas, es ocasión privilegiada para que, respetando su libertad por supuesto, seamos instrumentos para ayudarlos en el camino humano y cristiano. 

Vocaciones. Muchos jóvenes -chicas y chicos- están en búsqueda de un sentido a sus vidas, deseosos de dedicarla a lo que realmente vale la pena. No todos estarán llamados a una vida de entrega en el celibato; el acompañamiento, la formación cristiana facilitarán que crezcan en la piedad, facilitarán el discernimiento.

El Centro Vocacional Carlo Acutis es buen instrumento para ayudar al discernimiento de adolescentes y jóvenes a formarse mejor y encontrar su lugar de servicio en la Iglesia. Las religiosas están también movilizando espacios para chicas con inquietudes vocacionales. Animo a todos a seguir rezando por las vocaciones, las necesita la Iglesia y claramente nuestra diócesis, y a las iniciativas que preparen el terreno para la escucha de Dios. Hacen falta religiosas, y hacen falta más sacerdotes; mucha gente necesita ser escuchada, orientada por caminos de fe, y es fundamental que puedan contar con la frecuencia de los Sacramentos, sabemos que ahí está la fuerza.

Catequesis. Es innegable la confusión que hay en tanta gente, también en adolescentes y jóvenes. Todo cristiano, y particularmente los catequistas, tenemos la responsabilidad de dar razones de nuestra fe que ilustren el entendimiento de quien escucha. Facilitamos así acción del Espíritu Santo que obra en el alma de quien escucha y se afirma su fe. Glorifiquen a Cristo Señor en sus corazones, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que les pida razón de su esperanza (1Pd 3, 15).

Son necesarios más catequistas, dispuestos a aprender mejor su fe y así vivirla en profundidad. Parece de interés que los grupos de alumnos no sean muy numerosos, facilitarán un diálogo más cercano. Los padres son responsables de la fe de sus hijos que no es algo más en sus vidas, interesa ayudarlos a estar cercanos y a que puedan acompañar el camino de fe de sus hijos, ¡cuánto ayudará a la familia a ser más feliz, más arraigada en el bien! 

Gracias a Dios hay un gran esfuerzo catequético en la diócesis (parroquias, religiosas, diocesano). Dios lo quiere, sigamos apoyando con oración y haciendo lo que esté a nuestro alcance.

Todas las pastorales son servicios necesarios, destaco por ejemplo el del área familia que impulsan distintas parroquias, colegios y movimientos, o en el área adicciones. Sin dejar de lado lo que es necesario, es positivo que unidos pongamos especial empeño con iniciativas y rezando en las pautas señaladas como prioritarias, confiando en que no sólo ayudarán al presente, sino que con la Gracia de Dios tendrán fuerte incidencia en el futuro de la pastoral diocesana.

El Derecho de la Iglesia señala que al cumplir los 75 años los Obispos pongamos nuestro ministerio a disposición del Romano Pontífice. Me ha dicho recientemente el Señor Nuncio Apostólico que tardará en llegar un nuevo Obispo, me alentó a seguir trabajando a buen ritmo.

Agradará a Dios que en cualquier momento, y por supuesto cuando llegue mi sucesor, encuentre a todos firme en la fe e impulsando el trabajo pastoral con ilusión y alegría. Cuidemos a nuestra Iglesia diocesana: es de todos. Recen por mí, y recen por quién le Santo Padre quiera en el futuro al frente de esta querida diócesis.

La Virgen nos protege, de modo especial nos hemos confiado a ella al consagrarle nuestra Diócesis el 11 de octubre de 2025. Acudamos mucho a Nuestra Madre del Cielo.

Con mi bendición.

Mons. Hugo Nicolás Barbaro, obispo de San Roque de Presidencia Roque Sáenz Peña
Presidencia Roque Sáenz Peña, 24-I-2026, memoria de Santa María, Reina de la Paz.

Queridos hermanos y hermanas:

Nos disponemos a celebrar el tiempo cuaresmal como tiempo de gracia y penitencia que nos prepara para celebrar el misterio central de nuestra fe, que es la Pascua. Nuestra fe, centrada en la persona de Jesucristo, el Señor, de quien queremos ser discípulos y misioneros, nos lleva a revisar nuestra vida y el seguimiento de Aquel en quien creemos, Aquel que se hizo uno de nosotros para salvarnos y revelarse, para que comprendamos que nuestra vida está cargada de sentido y que todos los bautizados tenemos una vocación y una misión. En la Pascua celebramos el misterio del amor de Dios, de un Dios cercano que se hizo hombre, de Jesucristo el Señor, que por nosotros murió y resucitó.

En estas semanas de Cuaresma, a través de la espiritualidad de la liturgia, nos disponemos a renovar nuestra fe, esperanza y caridad. Con esta reflexión cuaresmal deseo que, durante este tiempo litúrgico, tengamos una verdadera disposición de volver a Dios.

En medio de las exigencias de la vida, lo habitual es caer en un cierto activismo. Es cierto que nuestra realidad, las exigencias propias del trabajo, cumplir con las obligaciones que se van generando en la vida, nos lleva a no tener espacio para pensar sobre nosotros: cómo estamos, revisar nuestra relación con Dios y con los otros, familiares y amigos.

Por un lado, estamos hiperrelacionados: el uso de las nuevas tecnologías, el celular y otras maneras que rápidamente se suman, nos consumen casi todo el tiempo, incluso generando adicciones de dependencia a una cultura que nos hace excesivamente extrovertidos, pero a la vez generando vacíos en nuestra espiritualidad e interioridad.

No dudo que es un tema para reflexionar y discernir, porque define cómo nos relacionamos con Dios, con los otros, mis hermanos y con nosotros mismos.

Un mundo donde prima casi exclusivamente la extroversión (estar afuera), nos puede llevar a sumergirnos en un profundo individualismo. Tener información, pero correr el peligro de ser superficiales y caer en un desinterés real por los otros, dificulta la experiencia de los demás como mis hermanos y nos hace pasar a creer en Dios solo conceptualmente, sin un encuentro de fe profundo. Una experiencia que no sea solo afectiva, sino que genere un vínculo que nos permita creer que Dios es amor, que somos hijos porque Él es nuestro Padre, y por eso los otros son mis hermanos.

Cuando caemos en un estilo de vida excesivamente extrovertido, nos hacemos incapaces de discernir y de comprender la realidad. Lo pragmático forma nuestro juicio y genera relaciones superficiales. En realidad, es una forma de deshumanizarnos. Entonces nos dejamos ganar por un individualismo que dificulta que amemos. Dios es amor, y nosotros, que fuimos hechos a su imagen y semejanza, estamos hechos para amar. Entonces, cuando amamos, nos humanizamos. El odio, el egoísmo, sobre todo la soberbia y la avaricia, están ligados al individualismo, que siempre genera indiferencia e injusticia, y finalmente nos quita la posibilidad de ser felices. La persona que está hecha para amar, cuando ama, allana los caminos hacia la felicidad.

Esta reflexión cuaresmal nos puede ayudar a evaluarnos, haciendo un examen de conciencia sobre cómo vivimos humanamente -y, obvio, como cristianos-, discerniendo no solo buscando pecados, sino mirando si nuestro estilo de vida intenta asumir un camino que sea un verdadero discipulado de la fe en Jesucristo, nuestro Señor.

En estas semanas del tiempo cuaresmal es clave disponernos realmente a volver a Dios. Cuando planteo el contexto en el que muchas veces estamos, de una cultura extrovertida, debemos discernir si tenemos adicciones que nos van ensimismando en formas de individualismo e indiferencia, rompiendo o debilitando vínculos con Dios y con nuestros hermanos, sobre todo con los más pobres, necesitados o excluidos.

Es necesario aclarar que tratar de no ser víctimas de una cultura solamente extrovertida no es volvernos introvertidos. Eso sería sumergirnos en situaciones que pueden generar problemas psicológicos o que afecten nuestra salud. La respuesta a una cultura excesivamente extrovertida es buscar caminos de interioridad desde nuestra capacidad de vida espiritual. Esto está ligado a poder buscar estar en paz con nosotros mismos, a hacer silencio interior, a abrirnos a Dios que obra su gracia, a aplacar tanto ruido que dificulta escuchar la voz de Dios. Su amor siempre quiere salir a nuestro encuentro, pero nosotros tenemos que decidirnos a volver a Dios.

Nos hará bien, en este tiempo cuaresmal, leer y rezar la Parábola del hijo pródigo (Lucas 15, 11-31). Cuando el hijo que abandonó a su padre reconoció su pecado y dijo: "Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti", el padre lo vio volver de lejos y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y lo besó efusivamente. Meditar en la parábola del hijo pródigo nos ayudará a revisar, en este tiempo cuaresmal, nuestro estilo de vida, para ver cómo vivimos nuestra relación con Dios y con nuestros hermanos. En el sacramento de la confesión podemos experimentar que Dios, nuestro Padre, nos espera con un beso, un abrazo y una fiesta.

En esta búsqueda de realizar un buen examen de conciencia en este tiempo cuaresmal, considerando nuestro estilo de vida cristiano, criterios y opciones que realizamos, quiero proponer que evaluemos cómo consideramos al otro, que es mi hermano. En una declaración del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, publicada el 2 de abril de 2024, denominada Dignitas infinita sobre la dignidad humana, quiero subrayar un párrafo para que lo leamos y nos preguntemos cómo asumimos esta enseñanza de la Iglesia. Nos dice la introducción: «Una dignidad infinita, que se fundamenta inalienablemente en su propio ser, le corresponde a cada persona humana, más allá de toda circunstancia y en cualquier estado o situación en que se encuentre. Este principio, plenamente reconocible incluso por la sola razón, fundamenta la primacía de la persona humana y la protección de sus derechos. La Iglesia, a la luz de la Revelación, reafirma y confirma absolutamente esta dignidad ontológica de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios y redimida en Cristo Jesús. De esta verdad extrae las razones de su compromiso con los que son más débiles y menos capacitados, insistiendo siempre "sobre el primado de la persona humana y la defensa de su dignidad más allá de toda circunstancia".»

Esta declaración continúa, pero a partir de este texto podemos preguntarnos si el concepto fundamental que nos enseña que toda persona es infinitamente digna por ser imagen y semejanza de Dios lo tenemos realmente internalizado en nuestros criterios y modos de obrar. Lamentablemente, en el contexto global y en nuestra realidad concreta, nos encontramos con cristianos que, de hecho, matan, condenan, dañan o ignoran el valor infinito de la dignidad humana que tienen los otros, que son mis hermanos.

El texto de la declaración del Dicasterio para la Doctrina de la Fe señala algunos puntos que podemos considerar en nuestro examen de conciencia personal y comunitario: nuestra actitud ante el drama de la pobreza, de la guerra, el trabajo de los migrantes, la trata de personas, los abusos sexuales, las violencias contra las mujeres, el aborto, la maternidad subrogada, la eutanasia y el suicidio asistido, el descarte de las personas con discapacidad, la teoría de género, el cambio de sexo y la violencia digital. Son temas intensos, y podemos sumar muchos otros que forman parte de nuestra vida cotidiana, donde se va haciendo común desconocer al otro como mi hermano.

Esta Cuaresma nos permitirá evaluar y discernir, tanto en lo personal como en nuestras comunidades y en la misma diócesis, si nuestra tarea evangelizadora -que es el pedido que nos hizo el Señor- la realizamos con dos rasgos que verifican nuestra fidelidad al Evangelio: si somos una Iglesia misionera y samaritana.

Como señalaba al inicio de esta reflexión, cuando estamos sumergidos en una cultura excesivamente extrovertida y materialista, sin interioridad, nos hacemos individualistas. Perdemos el corazón de la vida cristiana y de la evangelización, que es la caridad. El Papa León nos dice en la carta para las misiones 2026: «La misión de los discípulos y de toda la Iglesia es la prolongación, en el Espíritu Santo, de la misión de Cristo: una misión que nace del amor, se vive en el amor y conduce al amor».

Será fundamental, en este tiempo cuaresmal en que queremos volver a Dios y a nuestros hermanos -sobre todo a los más pobres y excluidos-, que con una búsqueda de interioridad revisemos, desde la caridad y la justicia, si con nuestras obras vivimos un vínculo profundo con Dios y con los hermanos. Y también el daño que podemos realizar si los perjudicamos en nuestros criterios, opciones y decisiones, o bien si los ignoramos y miramos para otro lado, como los religiosos que pasaban indiferentes en la parábola del Buen Samaritano.

Quiero recordar un gesto penitencial de conversión que hacemos cada año en el tiempo de Cuaresma: la colecta que denominamos del 1%, como aporte del total de ingresos del mes. Esto no hace referencia tanto a un porcentaje numérico, sino a la consideración de que, con el aporte generoso que hacemos como fruto de nuestra solidaridad, ofrecemos aquello que la Iglesia practicó desde sus orígenes: la comunión de bienes. Con nuestro aporte -que solo tiene valor espiritual cuando es fruto de la búsqueda de Dios- podemos ayudar a muchos hermanos para mejorar sus viviendas y letrinas; así como la realización de viviendas, también será posible instalar en algunos asentamientos un salón comunitario de usos múltiples, casitas pastorales desde donde irradiar solidaridad, compartir la catequesis, realizar bautismos y celebrar al Señor.

Durante la Cuaresma, y especialmente el fin de semana del 14 y 15 de marzo, pondremos en ejercicio la comunión de bienes como práctica cuaresmal.

El buscar crecer en interioridad, sobre todo en tiempos excesivamente extrovertidos, nos ayudará a revisarnos desde el amor que Dios nos tiene, con la certeza de que, si volvemos a Él, nos recibirá con un abrazo de Padre, como al hijo pródigo. Abrazados por su amor somos plenos y podemos ser testigos de la Pascua y de la esperanza.

Les envío un saludo cercano como Padre y Pastor.

Miércoles de ceniza, 18 de febrero del Año del Señor 2026.
Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

Queridos hermanos y hermanas:

En las horas previas a ingresar por primera vez a un quirófano, para la cirugía de reparación de la válvula mitral, quiero comenzar expresando mi gratitud más honda por la inmensa cercanía recibida: los mensajes, el afecto y, de un modo particular, la comunión en la oración, que me sostiene con una delicadeza que realmente conmueve. Desde este umbral tan concreto y profundamente humano, me dispongo, como cada año, a compartir con ustedes el Mensaje de Cuaresma 2026. La cirugía tendrá lugar el 20 de febrero, primer viernes de Cuaresma, en un tiempo que, providencialmente, me encontrará atravesando el desierto con nombre propio, pero caminando juntos.

Este año, la Cuaresma nos encuentra viviendo una gracia particular como Iglesia que peregrina en Avellaneda-Lanús: celebramos los 25 años del inicio de este camino compartido como una única realidad diocesana. Por esta razón, los invité a vivir este tiempo como un Año Jubilar, bajo el lema "Renovando la alianza, caminamos juntos".

No se trata simplemente de una coincidencia de fechas, sino de una oportunidad providencial para volver al corazón del mensaje de Jesús y dejarnos renovar por el Dios que, fiel a su promesa, nunca deja de convocarnos como pueblo. Renovar la alianza es volver a reconocer que es Dios quien toma siempre la iniciativa y nos reúne. Caminar juntos es recordar que la fe no se vive en soledad, sino como experiencia compartida: somos un pueblo en marcha, llamado a crecer en fraternidad y comunión.

En este contexto jubilar, el llamado a volver a Dios -tan propio de la Cuaresma- adquiere un tono especialmente comunitario. Se nos invita no sólo a revisar nuestra vida personal, sino también a dejarnos interpelar como comunidades en camino para poder crecer en la vivencia de una unidad que se deja enriquecer por la diversidad.

Como nos decía el Papa León al iniciar su pontificado: "quisiera que este fuera nuestro primer gran deseo: una Iglesia unida, signo de unidad y comunión, que se convierta en fermento para un mundo reconciliado" [1] Este mismo anhelo queremos asumir como Iglesia de Avellaneda-Lanús. Sólo así seremos también "una Iglesia fundada en el amor de Dios y signo de unidad: una Iglesia misionera, que abre los brazos al mundo, que anuncia la Palabra, que se deja cuestionar por la historia y que se convierte en fermento de concordia para la humanidad"[2]. 

Me parece importante aclarar que este Año Jubilar no pretende sumar actividades ni cargar el calendario diocesano con nuevas exigencias, sino ofrecer un horizonte de sentido que renueve aquello que ya vivimos habitualmente. No se trata de consignas a cumplir ni de indicaciones formuladas como recetas, sino de propuestas pastorales que buscan abrir caminos, despertar procesos y alentar el discernimiento comunitario. Por eso, junto a los encuentros comunes, se han propuesto algunos signos y materiales sencillos -el logo, el himno y algunos subsidios- pensados como una ayuda y un estímulo, no como un esquema rígido. Confío sinceramente en la creatividad de nuestras parroquias, capillas, comunidades y decanatos para encarnar este espíritu jubilar según sus posibilidades y realidades concretas. Esa creatividad, sin embargo, no nos exime del trabajo serio del discernimiento ni del llamado a caminar en comunión: acoger estas propuestas forma parte de una Iglesia que no se repliega en lo propio, sino que busca, aun en la diversidad, un mismo pulso, una misma orientación y una misma esperanza.

Por eso, en este horizonte jubilar, quisiera proponerles para esta Cuaresma tres gestos que pueden ayudarnos a encarnar de manera concreta este camino compartido y a vivir con fruto este tiempo de gracia.

Purificar la memoria para sanar la comunión
El primero es la purificación de la memoria, que se concreta en la invitación a celebrar -en algún momento de nuestro camino cuaresmal- un espacio de celebración penitencial comunitaria, como parte del camino de reconciliación y renovación.

No se trata sólo de reconocer nuestros pecados personales, sino también de animarnos a mirar, con humildad y verdad, aquellas actitudes y prácticas que a lo largo de nuestra historia han herido la comunión, debilitado la confianza o lastimado la unidad. Sabemos que las divisiones, las indiferencias, las durezas del corazón, las omisiones y los estilos que excluyen no son ajenos a la vida de nuestras comunidades.

Purificar la memoria es un acto de esperanza. Es dejarnos reconciliar por Dios para poder reconciliarnos entre nosotros. Es abrir espacio a su misericordia, permitiendo que sane nuestros vínculos y renueve nuestra manera de encontrarnos. En este sentido, la celebración penitencial comunitaria puede ser un signo fuerte de este deseo compartido de volver al Evangelio y de caminar juntos con un corazón más libre y fraterno.

Ojalá podamos vivir este gesto no como una formalidad, sino como una verdadera experiencia espiritual y comunitaria, que nos disponga a celebrar la Pascua como pueblo reconciliado y renovado en la alianza. Cuando nos encontremos en la noche del Miércoles Santo para celebrar en la Catedral la Misa Crismal, lo haremos entonces con la alegría de haber experimentado, una vez más, la misericordia del Señor, que todo lo renueva.

Hacer memoria agradecida de los testigos de la fe
El segundo gesto que quisiera proponerles es el de la memoria agradecida de los testigos de la fe: hombres y mujeres -laicos y laicas, religiosos y religiosas, sacerdotes- que, con su entrega silenciosa, su fidelidad cotidiana y su amor al Evangelio, han dejado una huella profunda en la vida de nuestras comunidades. Muchos de ellos me han sido presentados a través de la voz entrañable de nuestro pueblo de Avellaneda-Lanús: nombres pronunciados con cariño, historias compartidas con ternura, recuerdos que siguen vivos en los barrios, en las capillas y en las parroquias. A varios no llegué a conocerlos personalmente, porque ya habían partido, pero los conocí del modo más verdadero: por el testimonio agradecido de quienes hablaron de ellos como de pilares sencillos y firmes de la vida comunitaria. Otros, en cambio, me ha tocado acompañarlos y despedirlos en estos casi cinco años de camino compartido. A todos ellos me refiero cuando los invito, en este tiempo jubilar, a recuperar los nombres y la memoria de tantos testigos de la fe que, sin buscar protagonismos, sostuvieron y siguen sosteniendo la esperanza de nuestras comunidades.

Nadie camina solo. Nuestra fe es siempre una herencia recibida. Somos parte de una historia viva, sostenida por tantas personas que supieron cuidar la vida, acompañar el dolor, sostener la esperanza y transmitir la fe, muchas veces sin reconocimiento ni aplausos. Hacer memoria de estos testigos no es un ejercicio de nostalgia, sino un acto de gratitud y una fuente de aliento para el presente.

Los invito, entonces, a que en cada comunidad podamos recordar sus nombres, compartir sus historias, rezar desde esa memoria agradecida y reconocer allí la acción del Espíritu que sigue obrando en medio de nosotros. Como signo sencillo y elocuente, podría ser valioso que, además de celebrarlos, algunas comunidades se animen a hacer visible esta memoria durante todo el año: por ejemplo, mediante una fotografía ampliada, o un espacio dedicado en el templo o en el edificio parroquial, donde figuren los rostros y los nombres de nuestros queridos testigos de la fe, acompañados de una breve inscripción que exprese esta gratitud compartida en el marco del Año Jubilar diocesano. Estos hombres y mujeres son el rostro más luminoso del mosaico que compone nuestra Iglesia que peregrina en Avellaneda-Lanús. Que este gesto nos ayude a fortalecer el sentido de pertenencia, a reavivar la esperanza y a renovar nuestro compromiso de ser hoy, también nosotros, testigos del Evangelio para los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

Profundizar un estilo sinodal de Iglesia
El tercer gesto que quisiera proponerles es profundizar nuestro modo de caminar juntos, renovando un estilo de Iglesia que escucha, discierne y decide en comunidad. Vivimos este Año Jubilar mientras toda la Iglesia transita el tiempo de la recepción local del Documento Final del Sínodo sobre la sinodalidad[3]. No se trata de un proceso paralelo ni añadido a nuestra vida pastoral, sino de una invitación concreta a revisar cómo participamos, cómo nos escuchamos y cómo buscamos juntos la voluntad de Dios en la realidad cotidiana de nuestras comunidades. En este marco, hemos ofrecido espacios de formación en lo que el Sínodo ha llamado la "conversación en el Espíritu", una práctica sencilla y exigente a la vez, que invito a fomentar y ejercitar en todas las comunidades. Si aún no lo han hecho, este tiempo jubilar puede ser una ocasión propicia para iniciarse o profundizar en esta forma de diálogo espiritual y discernimiento comunitario.

En esta misma línea, en las Orientaciones Pastorales para nuestra Iglesia en camino[4], presentadas en Pentecostés de 2023, les propuse fortalecer los espacios de corresponsabilidad, alentando la conformación de los organismos de comunión en cada comunidad -el consejo pastoral y el consejo de asuntos económicos-, no como estructuras formales ni meramente administrativas, sino como expresiones concretas del deseo de caminar juntos: compartir la Palabra, discernir los desafíos, asumir responsabilidades y cuidar los vínculos. Al comenzar este Año Jubilar, siento la necesidad de retomar con claridad y firmeza este pedido. Soy consciente -por las visitas pastorales y por la escucha atenta de muchos miembros de nuestras comunidades- de que en no pocos lugares esta invitación aún no ha encontrado la acogida esperada. Sin desconocer las dificultades, ni las distintas realidades, este dato nos interpela y nos llama a revisar con honestidad nuestros modos de animar, de participar y de asumir la corresponsabilidad eclesial.

La sinodalidad no es una consigna ni un método pasajero, sino un estilo evangélico: aprender a escucharnos con respeto, valorar cada voz y reconocer que el Espíritu habla también a través de la vida concreta de nuestro pueblo. Por eso los invito a aprovechar la Cuaresma y todo este tiempo jubilar para fortalecer los ámbitos de encuentro, animarnos a un diálogo sincero -especialmente mediante la práctica de la conversación en el Espíritu- y discernir juntos los pasos a dar.

Agradezco de manera especial al equipo diocesano que ha animado los procesos sinodales en estos años y que, renovado, continuará acompañando este camino. Con la mirada puesta en Pentecostés de 2026, cuando renovemos las Orientaciones Pastorales para un nuevo trienio, deseo que podamos avanzar con mayor decisión en una recepción pastoral y comunitaria del camino sinodal que el Espíritu sigue abriendo para nuestra Iglesia de Avellaneda-Lanús.

Renovar la alianza: volver al centro
Al proponer estos gestos -purificar la memoria para sanar la comunión, hacer memoria agradecida de los testigos de la fe y profundizar un estilo sinodal de Iglesia- queremos volver al centro de nuestra vida creyente: la alianza que Dios ha sellado con su pueblo.

Hay un texto que quisiera proponerles para el primer tiempo de este año: la visión de los huesos secos (Ez 37). En ella, el profeta Ezequiel, como testigo en medio de su pueblo, logra ver con crudeza pero realismo la situación que están viviendo. Los huesos son el signo de un pueblo cansado, dividido y sin certezas sobre el futuro. Sin embargo, al mismo tiempo, le toca ser profeta de esperanza: Dios le manda invocar al "Espíritu de los cuatro vientos" para que sople y dé vida sobre esos huesos, es decir, sobre todo el pueblo. También hoy el Señor nos necesita testigos y profetas. Y el Espíritu sopla en nuestras fragilidades, en nuestras divisiones y en nuestros cansancios, para decirnos que todavía hay futuro y que su pueblo puede volver a ponerse de pie.

También nosotros somos convocados en esta Cuaresma a dejarnos recrear por el Señor, a volver al primer amor y a reordenar la vida personal y comunitaria desde el Evangelio. Renovar la alianza es permitir que Dios sane lo que está herido, fortalezca lo que está débil y renueve la esperanza que a veces se apaga. Es volver a ponernos en camino, no como individuos aislados, sino como un pueblo reconciliado que aprende a escucharse, a acompañarse y a sostenerse.

Recordar a los testigos que nos dieron vida, animarnos a recrear hoy el Evangelio en cada realidad concreta y discernir en comunión los pasos a dar es, en definitiva, una misma respuesta al Espíritu que sigue haciendo nuevas todas las cosas. Que este tiempo de Cuaresma y este Año Jubilar nos encuentren así: enraizados en la memoria, abiertos a la novedad y dispuestos a caminar juntos como Iglesia peregrina en Avellaneda-Lanús. Con la protección de Nuestra Señora de la Asunción y de Santa Teresa de Jesús, pongámonos en marcha: Renovando la alianza, caminamos juntos.

Permaneciendo unidos en la oración, los acompaño con mi bendición.

Padre Obispo Marcelo (Maxi) Margni, obispo de Avellaneda-Lanús
Avellaneda-Lanús, 11 de febrero de 2026.

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Notas:
[1] Papa León XIV; Celebración eucarística con motivo del inicio del ministerio petrino; 18/5/2025.
[2] Ibíd.
[3] Documento final de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos: https://www.synod.va/content/dam/synod/news/2024-10-26_final-document/ESP-Documento-finale.pdf
[4] Orientaciones pastorales para nuestra Iglesia en camino: https://aica.org/documento.php?id=1202

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas.

Todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu. Existe, por tanto, un vínculo entre el don de la Palabra de Dios, el espacio de hospitalidad que le ofrecemos y la transformación que ella realiza. Por eso, el itinerario cuaresmal se convierte en una ocasión propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su pasión, muerte y resurrección.

Escuchar
Este año me gustaría llamar la atención, en primer lugar, sobre la importancia de dar espacio a la Palabra a través de la escucha, ya que la disposición a escuchar es el primer signo con el que se manifiesta el deseo de entrar en relación con el otro.

Dios mismo, al revelarse a Moisés desde la zarza ardiente, muestra que la escucha es un rasgo distintivo de su ser: «Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor» (Ex 3,7). La escucha del clamor de los oprimidos es el comienzo de una historia de liberación, en la que el Señor involucra también a Moisés, enviándolo a abrir un camino de salvación para sus hijos reducidos a la esclavitud.

Es un Dios que nos atrae, que hoy también nos conmueve con los pensamientos que hacen vibrar su corazón. Por eso, la escucha de la Palabra en la liturgia nos educa para una escucha más verdadera de la realidad.

Entre las muchas voces que atraviesan nuestra vida personal y social, las Sagradas Escrituras nos hacen capaces de reconocer la voz que clama desde el sufrimiento y la injusticia, para que no quede sin respuesta. Entrar en esta disposición interior de receptividad significa dejarnos instruir hoy por Dios para escuchar como Él, hasta reconocer que «la condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia»[1].

Ayunar
Si la Cuaresma es tiempo de escucha, el ayuno constituye una práctica concreta que dispone a la acogida de la Palabra de Dios. La abstinencia de alimento, en efecto, es un ejercicio ascético antiquísimo e insustituible en el camino de la conversión. Precisamente porque implica al cuerpo, hace más evidente aquello de lo que tenemos "hambre" y lo que consideramos esencial para nuestro sustento. Sirve, por tanto, para discernir y ordenar los "apetitos", para mantener despierta el hambre y la sed de justicia, sustrayéndola de la resignación, educarla para que se convierta en oración y responsabilidad hacia el prójimo.

San Agustín, con sutileza espiritual, deja entrever la tensión entre el tiempo presente y la realización futura que atraviesa este cuidado del corazón, cuando observa que: «es propio de los hombres mortales tener hambre y sed de la justicia, así como estar repletos de la justicia es propio de la otra vida. De este pan, de este alimento, están repletos los ángeles; en cambio, los hombres, mientras tienen hambre, se ensanchan; mientras se ensanchan, son dilatados; mientras son dilatados, se hacen capaces; y, hechos capaces, en su momento serán repletos»[2]. El ayuno, entendido en este sentido, nos permite no sólo disciplinar el deseo, purificarlo y hacerlo más libre, sino también expandirlo, de modo que se dirija a Dios y se oriente hacia el bien.

Sin embargo, para que el ayuno conserve su verdad evangélica y evite la tentación de enorgullecer el corazón, debe vivirse siempre con fe y humildad. Exige permanecer arraigado en la comunión con el Señor, porque «no ayuna de verdad quien no sabe alimentarse de la Palabra de Dios»[3]. En cuanto signo visible de nuestro compromiso interior de alejarnos, con la ayuda de la gracia, del pecado y del mal, el ayuno debe incluir también otras formas de privación destinadas a hacernos adquirir un estilo de vida más sobrio, ya que « sólo la austeridad hace fuerte y auténtica la vida cristiana»[4].

Por eso, me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz.

Juntos
Por último, la Cuaresma pone de relieve la dimensión comunitaria de la escucha de la Palabra y de la práctica del ayuno. También la Escritura subraya este aspecto de muchas maneras. Por ejemplo, cuando narra en el libro de Nehemías que el pueblo se reunió para escuchar la lectura pública del libro de la Ley y, practicando el ayuno, se dispuso a la confesión de fe y a la adoración, con el fin de renovar la alianza con Dios (cf. Ne 9,1-3).

Del mismo modo, nuestras parroquias, familias, grupos eclesiales y comunidades religiosas están llamados a realizar en Cuaresma un camino compartido, en el que la escucha de la Palabra de Dios, así como del clamor de los pobres y de la tierra, se convierta en forma de vida común, y el ayuno sostenga un arrepentimiento real. En este horizonte, la conversión no sólo concierne a la conciencia del individuo, sino también al estilo de las relaciones, a la calidad del diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de reconocer lo que realmente orienta el deseo, tanto en nuestras comunidades eclesiales como en la humanidad sedienta de justicia y reconciliación.

Queridos hermanos, pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás. Y comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor.

Los bendigo de corazón a todos ustedes, y a su camino cuaresmal.

Vaticano, 5 de febrero de 2026, memoria de santa Águeda, virgen y mártir.

León XIV PP.

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Notas:
[1] Exhort. ap. Dilexi te (4 octubre 2025), 9.
[2] S. Agustín, La utilidad del ayuno, 1, 1.
[3] Benedicto XVI, Catequesis (9 marzo 2011).
[4] S. Pablo VI, Catequesis (8 febrero 1978).

Queridos hermanas y hermanos:

Con la memoria reciente de la experiencia vivida en el Jubileo de la Esperanza, y con la orientación de las nuevas líneas pastorales, nos disponemos a iniciar el tiempo de cuaresma y la celebración de la Pascua. Es el tiempo más intenso del año porque renovamos nuestra fe en Cristo, muerto y resucitado. Basta recordar las palabras del apóstol Pablo, para reafirmar la centralidad de esta celebración: ?Si no creemos que Cristo resucitó, vana es nuestra fe? (1 Cor 15,14). La pascua de Jesús, motivo de nuestra alegría, es garantía de nuestra salvación e impulso de nuestra misión.

En el camino diocesano que venimos recorriendo, y en el marco de la propuesta sinodal de toda la Iglesia, el Espíritu Santo nos iluminó con cuatro líneas Pastorales, que orientan  nuestro camino personal y diocesano en los próximos tiempos. La tercera de ellas, ?Alimentar una espiritualidad pascual?, es principio y fundamento, es la clave de lectura y aplicación de las líneas pastorales. Si vivimos la experiencia del resucitado, entonces como discípulos tenemos que formarnos, caminar juntos y salir al encuentro de los otros. Por eso, les propongo profundizar en esta cuestión central: de la pascua brota nuestra identidad como Pueblo Santo de Dios.

Leemos en el Documento Final del Sínodo: ?El bautismo es el fundamento de la vida cristiana, porque introduce a todos al don más grande: ser hijos de Dios? (DFS 21), en tanto que ?el sacramento de la confirmación enriquece la vida de los creyentes con una particular efusión del Espíritu con miras al testimonio? (DFS 25). La celebración de la Eucaristía, especialmente el domingo, es la primera y fundamental forma en la que el Pueblo Santo de Dios se encuentra y hace memoria viva de la Pascua de Cristo (cf. DFS 26). Así, Dios nos sumerge en la Pascua de su Hijo, por medio de estos sacramentos que configuran nuestra condición de discípulos misioneros. Conviene aquí vincular el verbo ?alimentar?, de la formulación de la tercera línea pastoral con el banquete eucarístico, memorial de la Pascua.

Como invitación general para vivir esta cuaresma, les propongo seguir y renovar en nosotros está dinámica sacramental, con todo lo que ella implica. Durante la cuaresma detenernos más en el bautismo. En el tiempo pascual, en la Eucaristía y la Confirmación, vinculada a Pentecostés, plenitud de la Pascua, para afirmarnos en el itinerario que nos señalan las demás líneas pastoral.

1. Algunas sugerencias concretas
Inspirándome en el ritual del catecumenado para adultos, les sugiero retomar algunos signos que nos vayan disponiendo a la renovación del bautismo en la pascua. Allí encontramos un camino para hacer memoria de lo más grande que hemos recibido. Desde esta propuesta, inspirada en la primera iglesia, los invito a ser creativos, laicos y sacerdotes, buscando formas para que cada fiel pueda reconocer el don recibido. Por ejemplo, pedir a la gente que busque la foto de su bautismo, o el testimonio de quienes nos acompañaron ese día, visitar la iglesia donde fuimos bautizados o visitar a nuestros padrinos. Estoy seguro que estas simples sugerencias harán germinar en su imaginación muchas otras cosas que se pueden hacer en cada parroquia, en movimientos y asociaciones, durante la cuaresma.

La Eucaristía y la Confirmación pienso que pueden ponerse de relieve en el tiempo pascual. Las primeras semanas se lee en la liturgia el discurso del pan de vida de Jn 6. No sería impensable organizar algunas catequesis sobre la eucaristía, o trabajar estas cosas con los chicos que se preparan a la primera comunión. La confirmación, en tanto, la dejaría para el final del tiempo pascual, en los días cercanos a Pentecostés, donde podrían tener especial protagonismo quienes están haciendo el camino para ser confirmados. También se podría retomar, durante el año, la carta ?Dies Domini?, de San Juan Pablo segundo, sobre la importancia de la misa dominical, como Pascua de la semana.

Estas sugerencias las hago a modo de orientación, dejando a consideración y a las posibilidades de cada comunidad hacerlas y como hacerlas. La intención de fondo es optimizar el vínculo de la pastoral con la liturgia y comenzar a descubrir la interrelación entre las líneas pastorales. Además, estoy seguro que de las mismas comunidades pueden salir propuestas valiosas e inculturadas a cada comunidad, utilizando símbolos como el agua bendita, la luz y otros tantos de la piedad popular.

2. Práctica de la misericordia
Todo estos acentos catequéticos y litúrgicos debieran ir acompañados por una atenta y discreta vivencia de la misericordia con los más necesitados. Hay eventos organizados ya desde hace tiempo en la Diócesis, como la colecta del uno por ciento. Esta colecta tiene un profundo sentido cuaresmal. Consiste en privarnos de alguna cosa superflua, o aún necesaria, para destinarla a los pobres.

Con claridad el Papa León nos decía que la opción por los pobres en la Iglesia es permanente, porque fue la opción de Jesucristo (DT 16ss). La caridad nos permite contemplar el rostro sufriente de Cristo en el enfermo, anciano, deprimido, desesperado, hambriento, preso, cautivo de adicciones al alcohol, las drogas, el juego?

Todo esto con una actitud de alegría, auténtica, pero no forzada. Una alegría que nos sorprenda por un renovado encuentro con Cristo, y con los hermanos. Una alegría verdadera, permanente, que nos alcanza cuando nos envuelve el misterio de la Pascua.

Que por la intercesión de San Francisco de Asís, de quien celebramos el octavo centenario de su muerte, y de María Santísima, podamos vivir una santa cuaresma, para llegar bien dispuestos a la siempre nueva y renovadora solemnidad de la Pascua.

Sede Episcopal de Reconquista, 18 de febrero de 2026, Miércoles de Cenizas.
Mons. Ángel José Macín, obispo de Reconquista

En estos días se debate en el Congreso de la Nación una iniciativa que aspira a modificar las leyes laborales vigentes en nuestro país. Consideramos que se trata de un debate necesario, que toda la sociedad debe asumir frente a las nuevas modalidades de trabajo que impactan en la vida de cada familia -en gran medida impulsadas por el avance de la tecnología-. Del mismo modo, no pueden ignorarse las realidades que requieren una legislación urgente, como el alto porcentaje de trabajadores que se desempeñan en la informalidad y en los márgenes de las actividades económicas.

La Doctrina Social de la Iglesia se ha pronunciado de manera contundente a lo largo de la historia sobre esta cuestión, considerando el trabajo humano como un derecho fundamental, una necesidad y un medio de realización personal y comunitaria. En ella se afirma la primacía de la dignidad de la persona, el sostenimiento de la familia a través del trabajo y la prioridad del trabajo sobre el capital, en orden al bien común, la justicia social, el salario justo y la sostenibilidad ambiental.

El documento magisterial que aborda con mayor profundidad el tema es la encíclica Laborem exercens (1981)[1], publicada por san Juan Pablo II, quien presenta el trabajo como un derecho natural del hombre, una vocación y el fundamento sobre el cual se edifica la vida familiar, destacando su valor antropológico y su prioridad sobre el capital. Posteriormente, la encíclica Centesimus annus[2] (1991) profundiza en la realidad de la empresa desde una perspectiva moral, aportando nuevos elementos de discernimiento.

En el mismo sentido, Benedicto XVI subrayó: ?Un trabajo que, en cualquier sociedad, sea expresión de la dignidad esencial de todo hombre o mujer: un trabajo libremente elegido, que asocie efectivamente a los trabajadores, hombres y mujeres, al desarrollo de la comunidad; un trabajo que de este modo haga que los trabajadores sean respetados, evitando toda discriminación; un trabajo que permita satisfacer las necesidades de las familias y escolarizar a los hijos sin que se vean obligados a trabajar; un trabajo que consienta a los trabajadores organizarse libremente y hacer oír su voz; un trabajo que deje espacio para reencontrarse adecuadamente con las propias raíces en el ámbito personal, familiar y espiritual; un trabajo que asegure una condición digna a los trabajadores que llegan a la jubilación? (Caritas in veritate, 2009)?[3]

Por su parte, el papa Francisco ha reiterado estos principios, considerando el trabajo como un pilar fundamental de la dignidad humana, no sólo como medio de sustento, sino como camino de realización personal, desarrollo de capacidades y colaboración con el proyecto de Dios. Ha defendido incansablemente el trabajo digno, seguro y justamente remunerado, destacando que las personas -y no las máquinas- son el verdadero valor del trabajo.

Recogiendo este llamado permanente a la reflexión que la Iglesia ha hecho y continúa haciendo, como Pastoral Social de la Arquidiócesis de Santa Fe de la Vera Cruz entendemos que una eventual reforma laboral requiere un debate amplio, que no puede resolverse desde una única mirada ni llevarse adelante de manera apresurada, respondiendo a intereses que se antepongan a la dignidad de las personas y a la construcción del bien común. Es necesario un análisis sincero de la situación de las y los trabajadores del país, una convocatoria abierta con escucha atenta a cada sector, un diálogo fraterno orientado al consenso y la toma de decisiones responsables con el presente y el futuro.

Nos encomendamos a la Virgen de Luján, patrona de la Argentina, para que nos acompañe y guíe con su maternal cuidado. ¡Jesucristo, Señor de la historia, te necesitamos!

Santa Fe de la Vera Cruz, 11 de febrero de 2026
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Notas:
[1] https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_14091981_laborem-exercens.html
[2] https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_01051991_centesimus-annus.html
[3] https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/encyclicals/documents/hf_ben-xvi_enc_20090629_caritas-in-veritate.html