Lunes 26 de octubre de 2020

Francisco: Dios nos escucha, para él no somos números sino rostros y corazones

  • 14 de octubre, 2020
  • Ciudad del Vaticano (AICA)
En la audiencia general de hoy, el Papa dedicó su catequesis al Libro de los Salmos, el libro que enseña a orar

Continuando con su catequesis sobre la oración, el papa Francisco dedicó la audiencia general de este miércoles 14 de octubre, al Libro de los Salmos, “el libro que sabe orar”, señaló el pontífice.

Por primera vez, Francisco llegó al Aula Pablo VI -donde se celebró la audiencia general- caminando por el corredor central, pero sin saludar a los fieles, debido a las medidas para la emergencia sanitaria en curso. Al final de la audiencia él mismo explicó: “Me gustaría, como lo suelo hacer, bajar y acercarme a saludarlos, pero con las nuevas medidas es mejor mantener la distancia. Estar a una distancia prudente, como se debe hacer”, y reiteró la importancia de tomar todas las precauciones que nos permitan continuar con las audiencias”.

“En los salmos encontramos todos los sentimientos humanos: las alegrías, los dolores, las dudas, las esperanzas, las amarguras que tiñen nuestra vida”, explicó el Santo Padre en su catequesis. 

“Todo el mundo -dijo entre otras cosas- sufre en este mundo: si creemos en Dios o lo rechazamos”. Pero en los Salmos “el dolor se convierte en relación: un grito de auxilio que espera interceptar un oído que escucha. No puede permanecer sin sentido, sin propósito. Incluso los dolores que sufrimos no pueden ser casos específicos de una ley universal: son siempre "mis" lágrimas, que nadie ha derramado antes que yo. Todos los dolores de los hombres son sagrados para Dios”.

El Libro de los Salmos, continuó, "comunica el 'saber orar' a través de la experiencia del diálogo con Dios. 

Al leer y releer los salmos, aprendemos el lenguaje de la oración. Dios Padre, de hecho, con su Espíritu los inspiró en el corazón del rey David y otras oraciones, para enseñar a cada hombre y mujer cómo alabarlo, agradecerle, suplicarle, cómo invocarlo en el gozo y el dolor, cómo contar las maravillas de obras y su ley".

“En resumen, los salmos son la palabra de Dios que los humanos usamos para hablar con Él. En este libro no encontramos gente etérea, abstracta, gente que confunde la oración con una experiencia estética o alienante. Los salmos no son textos nacidos en la mesa, sino invocaciones, a menudo dramáticas, que brotan del vivir de la existencia”. 

“Para orar bien debemos orar como somos, no componer nuestras almas para orar. Ir ante el Señor como somos nosotros, con las cosas bellas y también con las cosas feas que nadie conoce, pero nosotros sabemos por dentro”. 

En los Salmos “escuchamos las voces de oraciones de carne y hueso, cuya vida, como la de todos, está plagada de problemas, penurias, incertidumbres. 

El salmista no cuestiona radicalmente este sufrimiento: sabe que pertenece al vivir. En los salmos, sin embargo, el sufrimiento se transforma en pregunta. Entre las muchas preguntas, hay una que permanece suspendida, como un grito incesante que recorre todo el libro de lado a lado: '¿Hasta cuándo?'. Cada dolor pide una liberación, cada lágrima pide consuelo, cada herida espera una curación, cada calumnia una sentencia absolutoria. 

Al hacernos constantemente tales preguntas, los salmos nos enseñan a no volvernos adictos al dolor y nos recuerdan que la vida no se salva a menos que sea sanada. 

La existencia del hombre es un soplo, su historia es fugaz, pero la persona que ora sabe que es precioso a los ojos de Dios, por eso tiene sentido gritar. La oración de los salmos es el testimonio de este grito: un grito múltiple, porque en la vida el dolor adquiere mil formas, y toma el nombre de enfermedad, odio, guerra, persecución, desconfianza. Hasta el 'escándalo' supremo, el de la muerte. 

La muerte aparece en el salterio como el enemigo más irracional del hombre: ¿qué crimen merece un castigo tan cruel, que implica la aniquilación y el fin? El predicador de los salmos pide a Dios que intervenga donde todos los esfuerzos humanos son en vano. Por eso la oración, ya en sí misma, es camino de salvación y principio de salvación”.

Ante Dios no somos extraños, ni números. Somos rostros y corazones, conocidos uno a uno, por nuestro nombre. En los salmos, el creyente encuentra una respuesta. Él sabe que incluso si todas las puertas humanas están cerradas, la puerta de Dios está abierta. Incluso si el mundo entero hubiera emitido un veredicto de condenación, en Dios hay salvación. 'El Señor escucha': a veces en la oración es suficiente saber esto.

Los problemas no siempre se resuelven. Los que oran no se engañan: saben que muchas cuestiones de la vida aquí abajo quedan sin resolver, sin salida; el sufrimiento nos acompañará y, una vez superada una batalla, habrá otras que nos esperan. Sin embargo, si nos escuchan, todo se vuelve más llevadero. 

Lo peor que puede pasar es sufrir en el abandono, sin ser recordado. De esta oración nos salva. Porque puede suceder, y a menudo también, no entender los designios de Dios, pero nuestros gritos no se estancan aquí abajo: se elevan a Él, que tiene corazón de Padre, y que llora él mismo por todo hijo e hija que sufre y muere. 

Si permanecemos en relación con él, la vida no nos ahorra sufrimiento, sino que se abre a un gran horizonte de bien y se encamina a su realización”, concluyó Francisco.+