Martes 7 de julio de 2020

Mons. Castagna: "Identidad entre Cristo y sus discípulos"

  • 26 de junio, 2020
  • Corrientes (AICA)
"Se requiere la fe, como condición indispensable para comprender y lograr una lectura inteligente de los signos que la Iglesia pone", afirmó el arzobispo emérito de Corrientes, Mons. Domingo Castagna.

El arzobispo emérito de Corrientes, monseñor Domingo Salvador Castagna, consideró “revelador” el respaldo que Jesús ofrece a sus discípulos en la gestión que les encomienda: “El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a aquel que me envió”.

“Se han constituido, con Él, humildes servidores de todos los hombres”, destacó, y agregó: “Después de la Ascensión, el Señor resucitado no dejará de estar con ellos; de asistirlos con su gracia y reconfortarlos en el duro combate de la evangelización”.

El prelado sostuvo que “esa presencia de Cristo, y el don del Espíritu Santo, garantizan la eficacia de la Palabra predicada y de los sacramentos celebrados”.

“Se requiere la fe, como condición indispensable para comprender y lograr una lectura inteligente de los signos que la Iglesia pone. En países como el nuestro, con una mayoría de bautizados en la Iglesia Católica, se produce la contradicción de afirmar lo que no se entiende y, por lo mismo, de excluirlo de la vida”, concluyó.

Texto de la sugerencia
1.- El hombre, la obra preferida de Dios. Jesús señala las atribuciones que corresponden a cada ser creado desde su mirada de Dios. De otra manera no se entendería su relación con sus seguidores, y con quienes están llamados a seguirlo. Nadie queda al margen de esa misteriosa selección. Es Dios mismo que, en el plan de recuperar su obra preferida - el hombre - en el Universo creado, se acerca a él hasta el extremo de asumir la condición humana. Cristo es el Hijo de Dios encarnado, a quien le cabe, exactamente, el primer mandamiento: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el principal mandamiento”. (Mateo 22, 37-38) Esto indica que nada, ni nadie, podrán anteponerse a este mandamiento. Cuando no se lo observa como corresponde, se produce un desequilibrio difícil de definir, pero, dolorosamente verificable. Existen signos de sus mortales efectos en una convivencia sembrada de contradicciones: de odio y de amor, de guerra y de paz, de esfuerzos honestos y de delitos incalificables. El pecado de origen produce el mal, y sus múltiples y sofisticadas formas, que se reproducen con creciente malignidad.

2.- La Vida que no tiene fin. El texto de San Mateo, correspondiente a este domingo, posee una conformación de aparente ambivalencia. Después de identificarse como verdadero Dios, lleva al extremo la incondicional adhesión que los hombres le deben: “El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará”. (Mateo 10, 39) En un versículo anterior habla de tomar la cruz para seguirlo y, de esa manera, ser digno de Él. Lo que el mundo, alejado de Él, considera vida y bienestar, es pérdida irreparable. La vida, recibida de Él, trasciende la biológica o temporal y, aunque también es don suyo, no se agota en el tiempo. Su plenitud o perfección se logra en la eternidad. En el encuentro definitivo con el Padre, más allá de la muerte biológica, la vida está destinada a ser eterna y plena. No es éste un cuento de hadas; Jesús no cesa de hablarnos de la Vida eterna. Es el anhelo de los santos, orientados por una sabiduría que Dios les infunde, mientras realiza en ellos su obra exclusiva de santificación. El auténtico creyente incorpora a su vida temporal las expresiones evangélicas referidas a la vida que no tiene fin. Cristo se hace cargo de su veracidad y, por ello, es absolutamente digno de nuestra fe. Muchos de nuestros contemporáneos se mueven al ritmo de una oscilación vertiginosa: la adhesión a cualquier tipo de fantasía o a la incredulidad.

3.- Despertar la conciencia de la existencia de Dios. Los Apóstoles y toda la Iglesia, poseen la misión, que les ha delegado el Divino Maestro, de despertar la conciencia de los pueblos, acerca de la misteriosa y real presencia de Dios. Una presencia que se hace visible en Cristo resucitado. El celo misionero de los Apóstoles, y de la Iglesia, en su continuo tránsito histórico, responde al estado en que se encuentra el mundo en su alejamiento de Dios. Se ha producido una trágica aceleración, en la ruptura de relaciones de la creatura con su Creador, que adquiere las formas más agresivas de la indiferencia y del rechazo. Cristo es el “enviado del Padre” para restablecer esa relación - bien llamada “reconciliación” - por el sendero insólito de la Encarnación y de la Cruz. Delega esa exclusiva misión a sus adiestrados discípulos, con la facultad de prolongar su transmisión a sus sucesores “hasta el fin de los tiempos”. Lo hacen particularmente, como lo expresa San Pablo, mediante el ministerio de la predicación: “En efecto, ya que el mundo, con su sabiduría, no reconoció a Dios en las obras que manifiestan su sabiduría, Dios quiso salvar a los que creen por la locura de la predicación”. (1 Corintios 1, 21) Existe una encubierta intencionalidad, al negar la doctrina de la Iglesia y desacreditar a sus expositores, consistente en el abierto rechazo a Cristo y a su Evangelio.

4.- Identidad entre Cristo y sus discípulos. Es revelador el  respaldo que Jesús ofrece a sus discípulos en la gestión que les encomienda: “El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a aquel que me envió”. (Mateo 10, 40) Se han constituido, con Él, humildes servidores de todos los hombres. Después de la Ascensión, el Señor resucitado no dejará de estar con ellos; de asistirlos con su gracia y reconfortarlos en el duro combate de la evangelización. Esa presencia de Cristo, y el don del Espíritu Santo, garantizan la eficacia de la Palabra predicada y de los sacramentos celebrados. Se requiere la fe, como condición indispensable para comprender y lograr una lectura inteligente de los signos que la Iglesia pone. En países como el nuestro, con una mayoría de bautizados en la Iglesia Católica, se produce la contradicción de afirmar lo que no se entiende y, por lo mismo, de excluirlo de la vida.+