Viernes 25 de septiembre de 2020

Mons. Domínguez llamó al clero a ungir al pueblo con alegría y esperanza

  • 7 de agosto, 2020
  • San Juan (AICA)
El arzobispo de San Juan de Cuyo, monseñor Jorge Lozano, presidió el 5 de agosto la misa crismal en la catedral San Juan Bautista.

Con una misa presidida por el arzobispo de San Juan de Cuyo, monseñor Jorge Lozano, la arquidiócesis celebró la misa crismal. Concelebró el obispo auxiliar, monseñor Carlos María Domínguez OAR. Participó un gran número de sacerdotes, diáconos y seminaristas, y un representante de cada parroquia se encargó de llevar los óleos.

La homilía estuvo a cargo de monseñor Domínguez quien recordó que en esta celebración especial “hacemos memoria de la unción sacerdotal de Jesús, sumo y eterno sacerdote, para que, al renovar nuestras promesas sacerdotales, renueve en nosotros esa unción de la que participamos”.

Al referirse al Evangelio, destacó que el Señor “se presenta como ungido y enviado: ‘El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres...’.  Ungido y enviado, ungido para ungir, expresión muy querida por el papa Francisco”.

“En la Consagración del Crisma pediremos a Dios Padre Todopoderoso que se digne bendecir y santificar el ungüento –mezcla de aceite y perfume- para que aquellos cuyos cuerpos van a ser ungidos con él ‘sientan interiormente la unción de la bondad divina’”, detalló.  

“El participar de la unción sacerdotal nos configura con el estilo del Ungido, Jesucristo: sus gestos, sus palabras de anuncio, los actos de sanación, la visión que nos comunica y la libertad que nos regala, su pobreza, su obediencia amorosa al Padre, su entrega por sus amigos hasta el fin. Nosotros, como Él, también hemos sido ungidos para ungir”, afirmó.

“Esa unción, su unción, llega hasta la profundidad de nuestras personas. Estamos ungidos hasta los huesos en esa unidad con Jesús y con el Padre”, continuó y detalló: “La unción sacerdotal actúa de adentro hacia afuera. La gracia del sacerdocio no es una gracia que viene del exterior y que no termina nunca de penetrar hasta lo más profundo de nuestro corazón. Somos sacerdotes en lo más íntimo, sagrado y misterioso de nuestro corazón, allí mismo donde somos hijos por el Bautismo y morada de la Trinidad. Nuestro esfuerzo moral consiste en ungir, con esa unción profundísima, nuestros gestos cotidianos y más externos, de manera que toda nuestra vida se convierta, por nuestra colaboración, en lo que ya somos por gracia. Hemos sido ungidos y no untados”.

“Así como la unción de Aarón se derramó desde la cabeza hasta la franja de su ornamento, así la nuestra debe llegar hasta las periferias de nuestro Pueblo. No podemos guardarnos la unción para nosotros y que se pierda todo su poder. Nuestra unción es para los pobres, para los cautivos, para los enfermos, para los que están tristes y solos”, animó.

En ese sentido, planteó: “¿De qué unción tiene necesidad nuestro Pueblo? Creo que nuestro Pueblo tiene necesidad de ser ungido con el óleo de la alegría. En este contexto de pandemia que genera angustia y perplejidad, hace falta la alegría; no aquella que nace de un virtualismo futurista del que no tiene los pies en la tierra. Nuestro Pueblo necesita de esa alegría honda y serena que no oculta los problemas; que nace de la cruz y que por eso es austera. Es la alegría que nace del Espíritu y que tiene su fuente en el Amor del Padre; esa alegría de Jesús que quiere que sea plena en nosotros.  Nuestra alegría sacerdotal, que brota desde adentro, es el eco de nuestra unción”, sostuvo.

“Nuestro pueblo tiene necesidad de ser ungido con el óleo de la esperanza. Tiene necesidad urgente de escuchar de nuestros labios sacerdotales motivos serios para seguir esperando. Tiene necesidad de la esperanza puesta sólo en Jesús, para sentir que son Sus manos las que lo libran y sanan; que son Sus labios los que le dicen la única verdad que consuela; que es Su corazón el que goza de habitar en medio de su pueblo”, aseguró.

“El Pueblo ungido completa y vuelve real la unción del Espíritu en nosotros que hemos sido ungidos para ungir. Ungimos repartiéndonos a nosotros mismos, repartiendo nuestra vocación y nuestro corazón. Al ungir somos ungidos por la fe y el cariño de nuestro pueblo. Ungimos ensuciándonos las manos al tocar las heridas, los pecados y la angustia de la gente. Ungimos perfumándonos las manos al tocar su fe, sus esperanzas, su fidelidad y la generosidad incondicional de su entrega. Cuando uno aprende a ungir y bendecir a la manera de Jesús, el Señor lo cura de la mezquindad”, añadió.

Finalmente, dirigiéndose a los sacerdotes, se refirió a este tiempo difícil de la pandemia: “Un día abriste la puerta y te diste cuenta que te estaba visitando el silencio. El templo, cerrado y vacío y los que te habían sido confiados, encerrados en sus casa. Y comenzaste a sentir la impotencia de no poder llegar a ellos con una palabra de consuelo y esperanza. La cuarentena nos había hecho tambalear nuestra identidad sacerdotal. Tal vez, más de una vez, te preguntaste qué sentido tenía tu ministerio si no estabas junto al pueblo”, reconoció. 

“Pero el Señor te permitió que bucearas en tu interior y te descubriste rezando e intercediendo más que nunca por aquellos que te fueran confiados. Ojalá este cimbronazo te haya hecho aprender que la función de mediadores entre Dios y su Pueblo es lo más fecundo e indelegable que podemos hacer por el pueblo”, anheló, y agradeció a cada uno “por haber vivido esos momentos con un corazón ungido de pastor”, por haber desplegado la creatividad para llegar a la gente, por hacer suyo el dolor del pueblo ante el “ayuno sacramental”, por preocuparse por quienes la estaban pasando mal

“Ahora tenemos que seguir caminando. No sabemos cuándo ni cómo va a terminar todo esto. Esta situación inesperada nos está llamando a madurar y estructurar un modo diverso de pensar, de asumir relaciones nuevas y de buscar nuevos caminos para seguir sirviendo al Pueblo de Dios. Esto no ha sido ni es un paréntesis para volver a hacer lo de siempre. Este tiempo es un fuerte llamado a la novedad”, consideró. “El Señor hoy quiere renovar en nosotros esa unción para que así podamos seguir ungiendo con el óleo de la alegría y de la esperanza”, concluyó.+