Domingo 29 de noviembre de 2020

Santo Tomé tiene una nueva virgen consagrada

  • 13 de octubre, 2020
  • Gobernador Virasoro (Corrientes) (AICA)
El obispo de Santo Tomé, monseñor Gustavo Montini, presidió la misa de consagración en el Orden de las Vírgenes de Gisele Aparecida Dos Santos.

En una misa presidida por el obispo de Santo Tomé, monseñor Gustavo Montini, el 12 de octubre en la parroquia San Antonio de Padua, de Gobernador Virasoro, fue consagrada en el Orden de las Vírgentes Gisele Aparecida Dos Santos.

En su homilía, el obispo consideró que la consagración es “una gracia para ella, un regalo para nosotros”, y destacó que si bien la celebración fue discreta y con pocas personas, “gracias a los medios de comunicación y a las distintas plataformas virtuales, esta asamblea litúrgica no tiene fronteras”. 

“La providencia de Dios ha querido que celebremos esta consagración, en el marco de los cincuenta años de la restauración del rito de la Consagración de Vírgenes. Se trata de un carisma antiguo, que por gracia de Dios ha vuelto a mostrar su rostro y su peculiaridad en la Iglesia contemporánea, en el marco de la renovación realizada por el Concilio Vaticano II”, señaló.

Seguidamente, el obispo se refirió a la vida cristiana, que “se decide y se consolida gracias al encuentro con la persona de Jesús”. En ese sentido, expresó: “Siempre es bueno recordar que la vida cristiana es gracia, a la que nosotros libremente adherimos. Por tanto, quien siempre toma la iniciativa en buscarnos y llamarnos es Dios”. 

"En esta gramática vocacional propia de toda vida cristiana se inserta la vida consagrada. En ella a diferencia de cualquier otro llamado, se exalta el lenguaje de la atracción. Esta atracción toma tal dimensión que se vuelve irresistible e insostenible”, explicó. “Esa ha sido la experiencia que Jeremías confiesa cuando dice: ‘¡Tú me has seducido, Señor, y yo me dejé seducir! ¡Me has forzado y has prevalecido! Esta ha sido la experiencia de todos los que en algún momento hemos sido llamados y, por tanto, ha sido –y viene siendo-, la experiencia de Gisele. La vida consagrada solamente puede ser entendida desde el lenguaje del amor y de la seducción. Dios enamora con tanta fuerza y con tanta intensidad, que arrastra libremente a entregar la totalidad de la vida. Lo dejamos todo y abrazamos la nada, porque en Jesús y en su estilo de vida, encontramos todo”, aseguró.

La dicha del creyente, advirtió monseñor Montini, “no nos viene ni por el lugar que ocupamos en la Iglesia o en la sociedad, ni por los títulos que tengamos ni por la vocación a la que fuimos llamados. La dicha es el fruto de la escucha y de la puesta en práctica de la Palabra. Fuera de esto, más que dicha, nuestra vida terminará convirtiéndose en una penosa desdicha”.

En ese sentido, se refirió a la dicha de María, que “no le vino por pertenecer al círculo cercano de los que rodeaban a Jesús o por el vínculo de sangre que la unía con el Emanuel. La grandeza de la Virgen estuvo dada en lo que Isabel exclamó: ‘feliz de ti por haber creído’”. 

“¡Qué lindo horizonte de vida Gisele! ¡Cultiva un corazón de discípula! Esa será tu dicha, y por tanto, también la nuestra”, sostuvo.

La virgen consagrada “es discípula llamada a ser esposa”, afirmó. “Se trata de una relación amorosa”, continuó “y por ser tal, se convierte en una relación exclusiva y excluyente”. 

“Esta relación esponsal se verá sostenida y fortalecida en el encuentro íntimo con Jesús-Esposo, presente en la Palabra meditada, en la Eucaristía celebrada, y en el hermano convertido en prójimo en las circunstancias cotidianas. Al enamorado, todo le habla del amado”. 

“La virgen consagrada como toda vocación, pone de manifiesto la fecundidad de la Iglesia y hace visible una peculiaridad de la riqueza del cuerpo eclesial: el diácono hace presente a Jesús Servidor, el sacerdote a Jesús Pastor, la vida religiosa hace presente a Jesús y su estilo de vida, el matrimonio hace presente el amor nupcial de Jesús por la Iglesia”. 

“En el caso de Gisele como en las demás vírgenes consagradas, hacen visible a la Iglesia virgen, esposa y madre”, puntualizó. “Damos gracias a Dios por el carisma de la virginidad consagrada en nuestra Iglesia diocesana. Este regalo hace más visible y presente de modo más pleno la riqueza del misterio de Cristo presente en su Iglesia”. 

Finalmente, se refirió al modelo de María: La Iglesia, señaló, “encuentra su orientación, haciendo suyo el camino creyente de María. La vocación de la Iglesia se ve visibilizada y explicitada, en el camino fiel y perseverante realizado por la Santísima Virgen”. 

“Siendo que el Orden de las Vírgenes –como bien lo expresamos más arriba- es signo en el mundo de la Iglesia esposa, la virgen consagrada encuentra en María una compañía fiel y el modelo más acabado para vivir su vocación”.

En ese sentido, el obispo señaló algunas notas marianas muy precisas que aparecen en el libro de los Hechos de los Apóstoles y “que determinan un modo de ser Iglesia y, por tanto, delinean un modo de vivir la virginidad consagrada”. 

En primer término, destacó “el lugar discreto de la Virgen María”. Luego, “ante la dispersión y el desconcierto imperante a causa de la condena y crucifixión de Jesús, María aparece como aquella que crea un espacio para que todos se encuentren. Se constituye en punto de encuentro y de comunión. Crea ese espacio afectivo y espiritual donde todos perciben, incluso sin darse cuenta, el gusto por encontrarse”. Y finalmente, “ante la incertidumbre y la desesperanza reinante, María quizás por haberlo aprendido en los avatares de la vida junto a San José, genera un clima espiritual. Lugar de plegaria en común, realizada en concordia, con un solo corazón”. María “carga en el corazón aquella esperanza que brota de la fe, y de la certeza que Dios no abandona”. 

“Querida Gisele: ‘Cristo, el hijo de la Virgen y Esposo de las vírgenes, será ya aquí en la tierra, tu alegría y tu recompensa’. Te encomendamos a la oración de toda la Iglesia, y en este día de modo muy especial, a Nuestra Señora Aparecida y al beato Carlo Acutis”, concluyó.+ 

» Texto completo de la homilía