Martes 27 de octubre de 2020

Mons. Castagna: La Santísima Trinidad, el mejor de los patronos

  • 5 de junio, 2020
  • Corrientes (AICA)
El arzobispo emérito de Corrientes, monseñor Domingo Salvador Castagna, recordó que "cada bautizado es un templo que tiene el mejor de los patronos: la Santísima Trinidad".

El arzobispo emérito de Corrientes, monseñor Domingo Salvador Castagna, destacó que cada comunidad cristiana celebra festivamente a los santos patronos de sus templos, al recordar que “cada bautizado es un templo, a veces degradado por el pecado, que tiene el mejor de los patronos: la Santísima Trinidad”.



“Hoy, cada uno de nosotros, debiera celebrar su fiesta patronal con particular solemnidad”, sostuvo en su sugerencia para la homilía dominical.



“A este singular patrono no se lo honra con flores, bandas musicales, bombas de artificio y procesiones, sino con el estado de gracia de sus fieles”, precisó.



Texto de la sugerencia



1.- Entender contemplando. No quisiera repetir la tradicional e intocable doctrina sobre la Trinidad, como si fuera una respuesta “de las noventa tres” indicadas por el antiguo catecismo de “las primeras nociones”. Es bueno introducirse en su contemplación a la luz meridiana del Evangelio según San Juan. El Padre eterno engendra, el Hijo es engendrado eternamente y el Espíritu Santo es el Amor eterno de ambos que crea, redime y santifica. El Espíritu Santo - tercera Persona de la Trinidad - es el Amor con que el Padre ama al mundo, en la generosísima y gratuita dádiva de su único Hijo. El texto evangélico que hemos leído expresa, siempre al estilo de Juan, la Verdad que celebramos: “Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que crea en él no muera, sino que tenga Vida eterna”. (Juan 3, 16) Allí están el Padre, el Hijo y el Amor que, en la Persona del Espíritu Santo, constituyen una perfecta y modélica Unidad familiar. El secreto no está en comprender cómo es la Trinidad sino en ser partícipes de su Vida íntima, mediante nuestro amor hecho respuesta a la iniciativa inefable del suyo. Así aparece en el párrafo mencionado. San Juan es un maestro inigualable para decirlo todo con muy pocas palabras.



2.- El Patrono de los templos que somos. Nuestras comunidades cristianas celebran festivamente a los Santos Patronos de sus templos. Cada bautizado es un templo, a veces degradado por el pecado, que tiene el mejor de los Patronos: la Santísima Trinidad. Hoy, cada uno de nosotros, debiera celebrar su fiesta patronal con particular solemnidad. A este singular Patrono no se lo honra con flores, bandas musicales, bombas de artificio y procesiones, sino con el estado de gracia de sus fieles. A su imagen ha sido creado el ser humano: “Y Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer”. (Génesis 1, 27) Esa imagen se proyecta como revelación de la perfecta unidad trinitaria, o de la unidad en el Amor. Toda agresión que contradiga esa unidad incapacita - al hombre: varón y mujer - para reproducir la imagen de Dios. El pecado se opone a la Vida de gracia, y causa la muerte; por lo tanto, contraría el propósito de Dios al crear al hombre. La posmodernidad que nos agobia se opone irracionalmente a la enseñanza católica. La fe bautismal, que apoya su contenido de Verdad en la Trinidad de Personas y en la Unidad perfecta de la naturaleza divina, descubre allí la piedra basal de su sólida construcción. No constituye una especulación teológica, con poco asidero en la realidad. Es el sustento de la vida cristiana y su sentido más profundo.



3.- La formación de la conciencia ciudadana. El amor de Dios no es una abstracción. Ama tanto al mundo que le envía a su Hijo: “Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”. (Juan 3, 17) Es una realidad incontrastable, que nos enseña a pensar de otra manera, y a decidir la vida de otra manera. Dios es toda la Verdad, siendo el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo. Lo que no corresponda a ella, deja de configurarse como verdadero y distorsiona la más genial de las construcciones humanas (la Torre de Babel – Génesis 11). El pecado extrae su malignidad de esa distorsión. Por ello si la Verdad es Vida, el pecado - su antítesis - es muerte. Jesús se auto califica, ante el inquieto Apóstol Tomás, como Camino, Verdad y Vida. En consecuencia, nadie llega a Dios sino por Él: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí” (Juan 14, 6). Reviste especial urgencia la difusión de esta enseñanza evangélica. El mundo no parece estar dispuesto a optar por ella; se requerirá una conveniente preparación, nada fácil pero necesaria. Lo deben hacer quienes están responsabilizados de las misiones que más influyen en la sociedad: educación, ciencia, difusión de noticias, periodismo, política y ejercicio del poder. Es tiempo de dedicar los mayores recursos a la formación de quienes manifiesten talento e interés en los rubros mencionados. No quedan exentos, naturalmente, los diversos ministros de las confesiones religiosas, de innegable incidencia en la formación de la conciencia ciudadana.



4.- La gracia del seguimiento de Jesús. Concluye el texto de Juan con una afirmación escalofriante: “El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios”. (Juan 3, 18) Siempre es la fe la llave que abre la posibilidad de salir de esta urdimbre de conflictos. No es ésta la conclusión de un silogismo filosófico, sino el producto de la gracia de Jesús resucitado. Seguirlo es conectarse a la única Fuente, de la que dimana la gracia que convierte, perdona y santifica. El hombre que rehúsa desprenderse de sus cosas - bienes materiales - no cuenta con el poder de la gracia del seguimiento de Jesús. Es oportuno recordar la escena del diálogo de Jesús con el hombre rico (Marcos 10, 17-22). El Papa acaba de anunciar que canonizará a un “joven rico” que se hizo pobre para seguir a Cristo: el hoy Beato Carlos de Foucauld. Es de la estirpe de hombres y mujeres que consienten en la acción artesanal de Dios, quien proyecta en ellos su divina Imagen.+