Todos los años la Iglesia nos invita a emprender el camino cuaresmal. Es un tiempo que nos dispone a celebrar el acontecimiento que le da sentido a nuestra identidad cristiana: el Misterio de la Pascua. Hay suficientes razones para esperarla y dedicarle todo nuestro ser, porque nuestra fe es una fe pascual y nuestra espiritualidad católica encuentra en esa solemne celebración, la revelación del plan divino realizado por Cristo en obediencia al Padre: «...porque Dios quiso que en él residiera toda la Plenitud. Por él quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz» (Col 1,19-20). Hacia esa fuente de gracia vamos peregrinando.
Durante los cuarenta días que nos separan del Triduo Pascual, la liturgia nos propone vivir la experiencia del pueblo de Israel en el desierto, después que Dios los liberó del yugo en Egipto; de igual modo, nos invita a contemplar el ayuno y oración de Jesús ante las tentaciones, a las que venció con la Palabra de Dios. Ambos pasajes de la Sagrada Escritura son la guía inspiradora del peregrino que en este tiempo litúrgico pide la gracia de la conversión, para renovar con entusiasmo la alianza bautismal que haremos en la solemne Vigilia de Resurrección.
Mientras vamos caminando, hoy la Palabra del Evangelio nos exhorta a orar confiada y perseverantemente. A nosotros nos toca, «pedir, buscar y llamar». Dios, que sabe muy bien lo que necesitamos, da su respuesta cuando recibimos, encontramos y vemos que las puertas cerradas hasta entonces, se abren. Jesús enseña así la providente bondad de su Padre celestial, la que trasciende toda bondad terrena. El que pide a Dios con constancia tiene la seguridad de que recibirá lo que ha pedido. Y por medio de una comparación, el Señor explica la razón por la que se tiene la certeza de recibir lo que se pide a Dios: «Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará cosas buenas a aquellos que se las pidan!» (Mt 7, 11).
¿Será posible imitar la bondad divina que hace salir el sol sobre justos y pecadores, no hace acepción de personas ni vino a apagar la mecha humeante? Tenemos que decir que sí, es posible, si guardamos en la memoria y el corazón la regla de oro que nos propone Jesús para la convivencia humana: «Hagan por los demás lo que quieren que los hombres hagan por ustedes» (Lc 6,31). Si somos capaces de vivir esta sapiencial premisa -humana y religiosa a la vez-, estaremos cumpliendo la voluntad de Dios, que enseñan la Ley y los Profetas. Viene a mi mente una máxima de un Padre de la Iglesia: «Si obedeces sus mandatos y, por tu bondad, imitas al que es bueno, llegarás a ser semejante a él, y él te honrará; pues no es mezquino el Dios que te ha hecho dios para su gloria»[1].
Seguramente hay mucha gente que transitó por esta senda de bondad, poniendo por obra lo que confesaba con su fe, pero esta tarde deseamos reparar una vez más en el testimonio de vida que nos dejó el Venerable Siervo de Dios Enrique Shaw.
Nos ha convocado esta Misa de Acción de Gracias por su nacimiento. La abundante bibliografía que ha circulado en estas últimas décadas me dispensan de entrar en detalles de aquel día. No obstante, quiero referirme a un acontecimiento que marcó sus pasos en este mundo: su bautismo, a dos meses después de su entrada a este mundo, cuando sus padres Sara y Alejandro lo llevaron a las aguas de la salvación. Lo bautizó su tío, el sacerdote salesiano Adolfo Tornquist, el 25 de abril de 1921, con el nombre de Enrique Ernesto Justo Shaw, en la Iglesia Santa Magdalena de París. Sus padrinos fueron sus tíos Eduardo A. Tornquist y Elsa Shaw. No podemos dejar de señalar que en ese admirable sacramento Enrique recibió la filiación divina y con ello los dones, gracias y virtudes que el Espíritu Santo infunde en el alma de todos los redimidos. Hoy podemos decir con la autoridad de la Iglesia que pasó sus días traduciendo la vida del Espíritu en favor del prójimo. No dejó de dar gracias por lo recibido en esa fuente de salvación y en cada cuaresma renovó la fidelidad a su compromiso bautismal de no claudicar al llamado de la santidad, contagiando la alegría de la salvación que Cristo, por amor, conquistó con su muerte en la cruz. Podemos decir que Enrique prodigó virtuosamente los bienes que Dios le había concedido en el bautismo y lo testimonió con una alegría contagiosa.
Hoy consideramos un hecho providencial en su vida, el encuentro casual que tuvo en 1944 con dos sacerdotes que le hablaron de la obra que desplegaba el Canónico Joseph Cardijn, asesor de la Juventud Obrera Católica y promotor de la pastoral entre los obreros. Aquel suceso, sumado al testimonio de otros pastores preocupados por la evangelización de la clase trabajadora, sembró en Enrique el deseo de dedicarse al apostolado en el mundo del trabajo. Aquella moción interior lo llevó a pedir la baja en la Armada para preparase a ocupar dignamente su lugar como empresario[2]. En ese proceso, la Doctrina Social de la Iglesia tuvo a uno de sus mejores apóstoles.
A la luz de la ética profesional y conforme a los valores evangélicos, Enrique se formó con una conciencia capaz de elegir no solo lo conveniente sino lo justo, sobre todo cuando las decisiones empresariales recaían sobre las personas y sus trabajos. Su convicción sobre la centralidad de la persona humana en el ideario empresarial quedó en evidencia cuando en épocas de crisis se impuso ante el Directorio de una Empresa, exponiendo su pensamiento: la opción del despido de obreros nunca podía ser la primera solución, pensando en las familias que estaban detrás de cada trabajador y sus derechos laborales. No le fue fácil superar opiniones contrarias que aventaban criterios puramente mercantilistas y funcionales a intereses personales. Enrique siempre apostó a conservar la fuente de trabajo.
Cuando celebramos los cien años del natalicio, recuerdo haber comentado que sus recurrentes citas de las parábolas, milagros y enseñanzas de Jesús como tantas otras citas bíblicas, parecían haber seguido el consejo de San Jerónimo: «Lee muy a menudo las Divinas Escrituras, o mejor, nunca el texto sagrado se te caiga de las manos»[3]. Por eso pienso que cuando la Palabra divina entró en el corazón del joven Enrique, no solo privilegió su contenido a cualquier otra palabra, sino que se convirtió en su pan cotidiano junto con la Eucaristía.
Y aquí lo dejo hablar a él en su conocida conferencia que tituló «Eucaristía y vida empresaria», pronunciada en el VI Congreso Eucarístico celebrado en Córdoba, en octubre de 1959: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados». No se trata de la justicia corriente, defensa de los propios derechos con el mejor abogado de plaza; sino que al decir "justicia" "dar a cada uno lo suyo" hay que pensar en los derechos de todos, incluyendo los de Dios, de cuyos derechos precisamente se derivan los de todos los demás. En estos momentos en que los dirigentes de empresa, encontramos tantas dificultades para cumplir nuestra misión, esta Bienaventuranza no sólo debe impedir que nos desalentemos por todo ello sino que ha de animarnos a seguir procurando que, comenzando por las de Dios y siguiendo por las de las personas que de nosotros dependen, sean satisfechas las exigencias de la justicia; si sólo buscáramos defender nuestros propios derechos, no sólo no seremos saciados, ni siquiera satisfechos, sino que seremos frustrados. Y no nos preocupemos por la magnitud de la tarea y las dificultades que encontramos; la bienaventuranza no pone el énfasis en la magnitud del éxito que logremos sino en la magnitud del amor con que procuramos llevar a cabo la porción que nos corresponde».
Cuando me invitaron a tomar conocimiento de sus escritos -verdadero legado espiritual-, tomé conciencia de que entraba en su intimidad. Cuadernos, libretas y libretitas son documentos que registran su pensamiento, intenciones y sus más caros sentimientos religiosos. Pueden considerarse un espejo de su alma, donde deja el testimonio de su incondicional confianza en su Señor: «Debo pedirle a Dios que me llene de su amor, que Cristo ejerza sobre mí todos sus derechos», a la vez que se declara fiel devoto y testigo de la ternura de María de Luján: «El abandono a la Virgen es la esencia a la consagración a ella, y cuanto más nos agarramos de su mano, más unidos estamos a Dios, más participamos de su fuerza, de su amor, de su vida». Mientras cursaba su irremediable enfermedad, el fervoroso peregrino a pie a su Santuario de Luján, en 1961, dejaba en manos de su Madre del Cielo el ofrecimiento de sus dolores y angustias. En ese reservorio espiritual están sus propósitos como esposo fiel, padre amoroso, laico comprometido con la Iglesia de su tiempo, empresario íntegro en su responsabilidad para con los obreros y amigo de todos; no separemos lo que estaba tan íntimamente unido en su mente y su corazón.
Al conocer la noticia de la inminente beatificación de nuestro hermano Enrique, hoy hacemos memoria agradecida de su bella vida entre nosotros y elevamos la acción de gracias por poder participar en el tiempo, lo que acontecerá en la gloria. Será una solemne celebración de la Iglesia universal, y a partir del momento en que se inscriba su nombre en el Libro de los Beatos, nuestro querido Enrique será el amigo del cielo para interceder por todos los hombres y mujeres del mundo.
Se aproxima la fecha de la beatificación de Enrique Shaw y todos estamos invitados por derecho evangélico. Para mejor prepararnos a esa solemne Eucaristía les propongo lo que el papa León XIV nos recomendó en el Mensaje de Cuaresma: «Pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás. Y comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor».
Que el Buen Dios permita que todos podamos ser parte de esa fiesta del cielo.
Card. Mario Aurelio Poli, arzobispo emérito de Buenos Aires
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Notas:
[1] Del Tratado de san Hipólito, presbítero, Refutación de todas las herejías (Cap. 10, 33-34: PG 16, 3452-3453). EL VERBO HECHO CARNE NOS DEIFICA.
[2] Sara Shaw de Critto, Viviendo con alegría, testimonios y breve biografía de Enrique Shaw, Ed. Claretiana, Buenos Aires 2017, p. 41.
[3] Ep. 52, 7: CSEL 54, 426.