Lunes 13 de julio de 2020

"¡Somos enviados a la misión!", recordó Mons. Azpiroz Costa en Pentecostés

  • 2 de junio, 2020
  • Bahía Blanca (Buenos Aires) (AICA)
El arzobispo de Bahía Blanca se acercó a los fieles con una meditación

En ocasión de la solemnidad de Pentecostés, el arzobispo de Bahía Blanca, monseñor Carlos Alfonso Azpiroz Costa OP, se acercó a los fieles con una meditación.



La “cuarentena” que “se prolonga más allá de nuestras expectativas con el aislamiento o confinamiento provocado por el Covid-19”, consideró el prelado, “nos anima más bien la esperanza, virtud teologal, infundida por Dios en el alma… Que este tiempo aumente el deseo de volver a encontrarnos y celebrarlo en comunión”.



“El Señor Jesús, confirma su presencia, incluso en medio de la tempestad y la oscuridad que no permiten ver más claro o más allá. Sí, Él nos serena, tranquiliza como lo hacía con sus discípulos cuando todo parecía zozobrar: ‘¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?’; ‘Tranquilícense, soy yo; no teman’. Hoy, más que nunca, es necesario descubrir su presencia misericordiosa que toca nuestras miserias y provoca por ello la serena alegría de encontrarlo vivo entre nosotros”, afirmó.



“El Señor prometió a sus discípulos su presencia cuando nos unimos para orar. La oración, en efecto, nos une y reúne como las familias o amigos en torno al hogar, como nos juntamos alrededor de una fogata: en el silencio más profundo, la conversación, el canto, la alegría”, recordó monseñor Azpiroz Costa.



“Uno de los signos del Espíritu Santo es el fuego”, destacó. “El fuego es un elemento fundamental de la existencia (como lo es el agua). Genera claridad, es luz que nos orienta. El calor nos atrae, nos templa, cocina los alimentos, modela y da forma a los metales, también los purifica de toda escoria. Al mismo tiempo el fuego quema, destruye y mata; enceguece y consume; por su acción todo queda hecho polvo y ceniza”.



“En la vida cotidiana el fuego reúne porque ilumina y da calor. De ese modo el calor y la luz del Espíritu Santo nos reúnen cuando oramos para pedir perdón, suplicar una gracia, interceder, ofrecer, dar gracias. San Pablo nos anima cuando escribe: ‘Nadie puede decir: ‘Jesús es el Señor’ si no está impulsado por el Espíritu Santo!’”, continuó.



En segundo lugar, destacó: “El Espíritu Santo es el agua que hace fecunda esa Palabra en nuestros corazones”.



“En una tierra desierta, árida, sin agua, muchos encuentros decisivos de la historia de la Salvación se han dado al borde de un manantial o a la vera de un pozo. El agua es signo de la vida que surge, de la providencia divina, es como la presencia del cielo en la tierra. Durante el Éxodo no faltó el agua al pueblo peregrino; esa agua fue brindada por Dios cuando todo parecía llevar a la desesperación y la protesta”.



“Si el agua falta o ésta cae sin medida provoca la muerte. El agua es signo de alegría y de sufrimiento; de vida y de muerte”.



“El Señor nos llama a no beber más de agua estancada, insalubre, sino a beber de esta agua que salta hasta la vida eterna, de toda palabra que sale de la boca de Dios”, recordó.



En tercer lugar, expresó: “El Espíritu Santo se apareció en forma de ‘paloma’, es templanza de las pasiones; sin su ayuda no hay nada que sea inocente”.



“La paloma aparece –después del diluvio- con un ramo de olivo en su pico, como señal de que las aguas habían terminado de bajar. Ese signo pasó a ser un verdadero ícono de la paz y la reconciliación universal. Para los cristianos Cristo es nuestra Paz. En la Última Cena anuncia la paz a sus amigos, una paz que no es la del mundo. Resucitado, la ofrece a los apóstoles aún encerrados por el temor”.



“La paloma es símbolo de pureza, candor, dulzura, gracia y belleza como lo es la Amada del Cantar de los Cantares. Expresa la simplicidad del corazón: ‘Sean sencillos como palomas’”.



“El Espíritu Santo es como el ‘viento’”, continuó el arzobispo: “Suave alivio de los hombres, corrige nuestros desvíos. El Señor se hace presente en la brisa suave, y en la fuerte ráfaga del viento de Pentecostés”.



“El Espíritu es soplo, respiración y hálito de vida que viene de Dios y da al ser humano la verdadera estatura de ser espiritual. ‘El viento sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu’”.



“María ha concebido por obra y gracia del Espíritu Santo. El Señor predica y sana con el poder del Espíritu de Dios. El Espíritu es soplo, ¡Jesús Resucitado sopló sobre sus apóstoles y les dijo ‘Reciban el Espíritu Santo’!”, exclamó. “El viento es el signo de Pentecostés que inaugura la misión de los discípulos del Señor. El Espíritu es aliento, respiro, vida, es fuerza, ímpetu, inspiración y expiración”.



“El viento es signo de la misión, el envío. El sembrador arroja al voleo su semilla que llevada a merced del viento espera caer en tierra fecunda. Todo lo recibido en la Eucaristía es Vida: encuentro comunitario de oración; escucha de la Palabra; celebración del Sacrificio que se brinda como bebida y alimento de salvación. Desde nuestras iglesias, templos y capillas salimos a trabajar en el campo del mundo que necesita ser sembrado… ¡Somos enviados a la misión!”, subrayó.



“La misión se despliega por el poder de Dios, poder que el Señor transmite a los suyos; los destinatarios de la misión son todos los pueblos; el contenido del mensaje es todo lo que Jesús nos ha enseñado; el tiempo, la misma historia son signos de la paciencia de Dios para que nadie perezca y todos se salven”.



“La misión que Jesús ha recibido del Padre la comparte con los suyos, con nosotros. Renovemos nuestro amor fiel a la Iglesia, como lo hacía San Pablo VI en su bellísima ‘Meditación ante la muerte’, un verdadero testamento espiritual: Puedo decir que siempre la he amado; fue su amor quien me sacó de mi mezquino y selvático egoísmo y me encaminó a su servicio; y para ella, no para otra cosa, me parece haber vivido”, animó.



“A cada uno de ustedes les deseo una feliz y santa fiesta de Pentecostés invitándolos a un nuevo acto de buena voluntad: a no mirar más hacia atrás, sino cumplir con gusto, sencillamente, humildemente, con fortaleza, como voluntad del Señor, el deber que deriva de las circunstancias en que cada uno se encuentra… Hacer pronto. Hacer todo. Hacer bien. Hacer gozosamente: lo que ahora el Espíritu Santo quiere de nosotros, aun cuando supere inmensamente nuestras fuerzas y nos exija la vida”, exhortó.+