Jueves 13 de agosto de 2020

Las hermanas de la Cruz caminan por las calles de Roma asistiendo a los ancianos abandonados

  • 8 de abril, 2020
  • Roma (Italia) (AICA)
Las Hermanas de la Cruz caminan de dos en dos por las calles de Roma. Como siempre. La única diferencia es que ahora llevan mascarillas y guantes de látex.

Las Hermanas de la Cruz caminan de dos en dos por las calles de Roma. Como siempre. La única diferencia es que ahora llevan mascarillas y guantes de látex. “Tenemos un certificado del Ministerio del Interior italiano que justifica que vayamos a asistir a los ancianitos abandonados que no tienen para comer, que no se pueden asear solos, que no tienen a nadie. Si no vamos nosotras, ¿qué sería de ellos?”, dicen las religiosas.



Caminan como siempre, sin hacer mucho ruido, para no llamar la atención por las calles de Roma. Pero este no es un día cualquiera. Los comercios, los bares y los restaurantes tienen bajas la persiana y las calles están rigurosamente desiertas. Al eco de sus pasos apresurados solo se suman las sirenas de las ambulancias. Es el tiempo de la distancia entre las personas. No para ellas, las hermanas de la Cruz, que cumplen sin cesar con su tarea de entrega sin límites a los más necesitados a pesar del coronavirus. La única diferencia es que ahora llevan mascarilla y sus manos, agrietadas por el servicio a los más pobres, están cubiertas por guantes de látex.



El destino de su travesía son los desamparados a los que la red asistencial visible nunca llega: los vagabundos, los ilegalizados, los ancianos abandonados y, en definitiva, los enfermos a los que nadie recuerda.



“Lo que no queremos es publicidad de lo que hacemos. Es contrario a nuestro espíritu”, señala con claridad la hermana María del Redentor apenas descuelga el teléfono. Ella es una de las siete monjas españolas, herederas de la hermana Ángela, que viven en Roma, donde están presentes desde hace 56 años. Actualmente son solo cinco. Las otras dos viajaron a Sevilla para realizar unos ejercicios espirituales y no pudieron volver por las normas que impone el confinamiento.



El carisma de su instituto está muy bien trazado. Se vuelca en los más desfavorecidos, los enfermos y los pobres. “Sor Ángela señalaba que el verdadero testimonio es el del ejemplo y no el de la palabra. Porque los testimonios silenciosos son los que hacen recapacitar a las personas y que caigan en la cuenta de que Cristo es más grande que nosotros”, detalla.



La fundadora del Instituto de las Hermanas de la Compañía de la Cruz, que fue canonizada por san Juan Pablo II el 4 de mayo de 2003, dejó claro en sus Escritos íntimos que las monjas que la siguieran deberían procurar “la imitación de Cristo Crucificado en pobreza, humillación y mortificación”, teniendo como base la fe y la caridad. Una elección radical y silenciosa con la que las hermanas, distinguidas con los hábitos de parda estameña, remiendan la sociedad incluso cuando el virus invisible está haciendo estragos (AlfayOmega). +