Viernes 27 de febrero de 2026

Mons. Castagna: 'La Cuaresma alienta nuestra capacidad testimonial'

  • 27 de febrero, 2026
  • Corrientes (AICA)
El arzobispo recordó que en este tiempo "la predicación de la Iglesia, se pone a nuestro servicio" y consideró que "es lo que el mundo, urgente y angustiosamente, necesita de los cristianos".
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Monseñor Domingo Castagna, arzobispo emérito de Corrientes, destacó que "la Cuaresma se convierte en un acontecimiento de gracia capaz de impulsar a la santidad" y recordó que "la predicación de la Iglesia, actualmente a nuestra atenta escucha, se pone a nuestro servicio y alienta nuestra capacidad testimonial". 

"Es lo que el mundo, urgente y angustiosamente, necesita de los cristianos. San Pablo VI así lo entendía, al redactar el que fue un ícono entre sus documentos: Evangelii nuntiandi", aseguró.

El arzobispo explicó que "el pedido de guardar silencio, sobre el acontecimiento excepcional de la Transfiguración es una invitación a que el testimonio apostólico encuentre su origen y cauce en la contemplación". 

"El amor, sostenido en la oración contemplativa, es el que garantiza el perdón de los pecados y el abrazo paterno que espera a quienes regresan, por el sendero de la penitencia y de una santa muerte", concluyó.

Texto de la sugerencia
1. Ocupar nuestro lugar de discípulos. La Cuaresma avanza por los caminos que nosotros le tracemos. Al situarnos en el camino de la Iglesia, rumbeamos con acierto y llegamos a buen fin. Por ello, es preciso ocupar nuestro lugar de discípulos y atender al Maestro. Cuando recibimos la palabra de Quien es la Palabra, mediante la Liturgia de la Iglesia y la enseñanza que nos dispensa, es al mismo Cristo a Quien escuchamos y celebramos. No es tal o cual ministro que, por causa de sus incoherencias y fragilidades, podrían ser objetados. Es Cristo quien prometió estar con Pedro y los Apóstoles "hasta el fin de los tiempos". Su presencia, y su compromiso con sus discípulos, aseguran la eficacia de toda acción evangelizadora. Cuando pretendemos ocupar el lugar protagónico, que sólo a Él corresponde, ponemos en riesgo el éxito de nuestra labor pastoral. Los Apóstoles y, en ellos, la Iglesia de todos los tiempos, necesitan vivir la experiencia que experimentaron Pedro, Santiago y Juan. No de la misma manera, es decir, mediante fenómenos extraordinarios. Dios se manifiesta en el silencio y ordinariez de la vida terrestre. Dios no recurre a apariciones extraordinarias cuando desea comunicarse y orientar nuestras vidas. Habitualmente lo hace mediante locuciones interiores, captables en el silencio y la simplicidad de los más humildes: niños y pobres. Quienes intentan ver y tocar, se desilusionan. 

2. La misteriosa Transfiguración. La transfiguración reclama, de aquellos selectos discípulos, el entusiasmo de Pedro y la reflexión serena de Santiago y Juan. La misión de aquellos humildes pescadores es transmitir, sin ánimo triunfalista, la experiencia singular de la escena de la transfiguración y su valor que inhabilita el escándalo de la Cruz. La prohibición de divulgar aquel acontecimiento excepcional, responde a la necesidad de creer en el Maestro, más allá de lo que perciben los sentidos. El mundo, mediante la confrontación de la incredulidad con la Revelación, necesita aprender a creer; los fenómenos extraordinarios no reemplazan el conocimiento, que nos otorga la fe, sobre del Misterio de Dios. Pedro cree, por eso suplica permanecer en las condiciones que sugieren la transfiguración y el misterioso diálogo de Jesús con Elías y Moisés: "De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús" (Mateo 17, 3). Más allá del tema de la conversación, que Jesús y los Profetas sostenían, aquellos discípulos gozaban del encuentro. Así lo manifiesta Pedro: "Pedro dijo a Jesús: "Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías" (Mateo 17, 4). Dios privilegia el encuentro amical, más que la revelación misma. A través del mismo, Dios se hace conocer y conoce la intimidad de los corazones. Es preciso mantener ese "estar con Él" ofreciendo, como lo decidió Pedro, el olvido de la propia estabilidad emocional. El Señor rebasa nuestra capacidad de comprensión. En Él hallamos "lo único necesario" que entretuvo a María de Betania. 

3. Vigencia de la Cuaresma. La Cuaresma crea un clima, si se la celebra como lo hace la Iglesia, que purifica y renueva la sociedad en la que se mueven las personas y los ambientes en los que están comprometidas. La misma cultura, que a veces presenta una imagen carnavalesca, necesita contenidos renovados y emergentes de fuentes de mayor pureza y sana espiritualidad. La Palabra de Dios, difundida generosamente durante este Tiempo, debe ser cultivada con esmero por los cristianos, empeñados en responder a las exigencias de su identidad bautismal. Es aquí donde se observa una carencia de enorme perjuicio entre quienes se confiesan miembros de la Iglesia. Es urgente que evaluemos nuestra vida de fe y califiquemos con sinceridad nuestra auténtica pertenencia a la Iglesia, en la que fuimos bautizados. Cuaresma es la oportunidad para esa difícil evaluación. La Palabra es referencia necesaria para no equivocar el sendero a la Verdad. La "lectio divina", frecuentada en ocasiones litúrgicas prolijamente diagramadas, constituye el medio imprescindible para renovar la fe infundida por el Espíritu, en el Bautismo. De lo contrario, se produce un deterioro imparable, que daña el compromiso de quienes deciden hacer de su práctica religiosa un aporte de eficaz gravitación en la sociedad de la que son parte. El mundo actual necesita el testimonio vivo -de Pedro, Santiago y Juan- para reencender la fe, en hombres y mujeres que la han relegado a la trastienda de sus principales elecciones. Es importante que el encuentro de Cristo, hoy a través de sus sucesores, produzca una impronta renovadora en los cristianos actuales.

4. La Cuaresma alienta nuestra capacidad testimonial. La Cuaresma se convierte en un acontecimiento de gracia, capaz de impulsar a la santidad. La predicación de la Iglesia, hoy a nuestra atenta escucha, se pone a nuestro servicio y alienta nuestra capacidad testimonial. Es lo que el mundo, urgente y angustiosamente, necesita de los cristianos. San Pablo VI así lo entendía, al redactar el que fue un ícono entre sus Encíclicas: 'Evangelii nuntiandi'. El pedido de guardar silencio, sobre el acontecimiento excepcional de la Transfiguración, es una invitación a que el testimonio apostólico encuentre su origen y cauce en la contemplación. El amor, sostenido en la oración contemplativa, es el que garantiza el perdón de los pecados, y el abrazo paterno que espera a quienes regresan, por el sendero de la penitencia y de una santa muerte.+