Viernes 29 de agosto de 2025

Mons. Castagna: 'Velar en la oración, en la noche oscura de la fe'

  • 29 de agosto, 2025
  • Corrientes (AICA)
El arzobispo emérito de Corrientes recordó que es condición indispensable recibir humildemente la Palabra y exhortó a los cristianos a mantenerse en vela y en oración.
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El arzobispo emérito de Corrientes, monseñor Domingo Castagna, recordó que es condición indispensable recibir humildemente la Palabra y graficó: "Estar en vela, como necesitaron estar los apóstoles en Getsemaní".

"No dejarse entristecer por el mundo, aceptando el letargo del pecado. Difícil lograrlo, pero, por la gracia de Dios, ciertamente es posible", aseguró. 

"La exhortación de Jesús, en aquel momento crucial, la Iglesia -en los primeros discípulos- aprende a agonizar con su Maestro", puntualizó. 

El arzobispo afirmó que "estas situaciones serán permanentes, durante el transcurso de su historia".

"Es preciso que la tristeza del mundo no acobarde a los cristianos, sino que los mantenga en vela y en oración", concluyó. 

Texto de la sugerencia
1. La humildad de Cristo. Jesús ofrece una lección de humildad, que Él personifica de manera ejemplar. Dios es el Verbo que se hace pobre, y enseña a serlo en los simples gestos que a Él lo inspiran. En la Encarnación, el Hijo divino escoge el último lugar. Por cierto, al hacerse carne se abaja al extremo inconcebible de adoptar la frágil condición humana. ¡Qué claro lo tiene San Pablo, en su magnífica comprensión del Misterio encarnado!: "Ya conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecernos con su pobreza" (2 Corintios 8, 9). Las directivas, que el Señor extrae de su enseñanza, poseen una lógica de incuestionable valor: elijan los últimos puestos, cuando sean invitados a comer, no sea que al ambicionar los primeros puestos sean relegados a lugares más humildes por quienes los invitó.  El que intenta predominar sobre los otros padecerá la humillación de ser recolocado en un sitio de menor jerarquía: "Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado" (Lucas 14, 11). El mundo no parece estar preparado para asimilar las consecuencias de la humildad. El humilde es exaltado, ante Dios y ante los hombres, porque manifiesta sabiduría y capacidad de discernimiento. Jesús observa el comportamiento habitual de sus conciudadanos. El deseo de ocupar los primeros sitios, en ellos dominante, indica la disposición indebida a prevalecer sobre los demás. Jesús aprovecha la ocasión para afianzar la importancia de la humildad. Manifiesta que la humildad predispone para que Dios realice su obra de santidad. No hay santidad sin humildad. Cualquier atisbo de soberbia constituye un obstáculo  insalvable en el sendero a la santidad. Todos los santos manifiestan su identidad -como obra del Espíritu- en la práctica de la humildad. Sobre esa virtud Dios realiza la artesanía de la santidad. Diferentes y, no obstante, esencialmente idénticos. El amor a Dios, y a los hermanos más necesitados, identifica a los santos, y manifiesta la riqueza que les otorga Dios, en su Hijo encarnado.

2.La fidelidad al Espíritu es fidelidad al Amor. San Lucas afirma inequívocamente que la humildad pasa por el olvido de sí, en el don de la propia vida por otro ser, el más necesitado a causa de lo que lo que lo hace inamable: el pecado. Jesús revela que ha venido para los pecadores, y se ha desangrado por ellos en la Cruz. Dios, en su Hijo divino, ama a los hombres hasta el extremo de la Cruz. Incomprensible actitud, que únicamente Dios puede adoptar. Llegar a su conocimiento constituye el encuentro regenerador con el Dios que, de esa manera, se revela como Padre y Pastor. La humillación, infligida a nuestra soberbia, nos conduce a la humildad. En ella, obtenemos la auténtica sabiduría, que tiene su origen en la Verdad. Cristo es esa Verdad, la única e imprescindible, que se constituye en la Vida de los hombres. Sin ella, la vida humana no es vida. La ausencia de Cristo denota un estado mortal, humanamente insuperable. Los Apóstoles y misioneros de todos los tiempos manifiestan un celo abrazador, atizado por el amor al Señor. La Iglesia pone al servicio de su actividad pastoral el celo indisimulado que inspira y capacita. Es puro amor, que el Espíritu Santo infunde en cada instante de su historia. La fidelidad al Espíritu es fidelidad al Amor. Es preciso mantenerse alertas, como lo aconseja Jesús en la noche dolorosa de Getsemaní. La tentación de eludir los sufrimientos de la Cruz, que mantiene su vigencia en la desencarnada propuesta actual de la voluntad del Padre. Jesús sabe que su propósito entre los hombres logra su objetivo en el amargo acíbar del cáliz que debe beber. La voluntad del Padre es que lo sorba hasta la última gota. Así lo acepta en Getsemaní, con la serena y dolorosa conformidad con la voluntad del Padre: "Padre mío, si es posible, que pase lejos de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya" (Mateo 26, 39). La obediencia al Padre es humildad y pone a disposición de Dios todo lo que, hasta el momento, creíamos nuestro. La disponibilidad de Jesús a obedecer a su Padre, conforma la decisión, a renunciar a la satisfacción de guardar para sí ciertos "derechos" al bienestar. El mundo parece mover sus intereses a la luz de otros criterios. Nadie parece incomodarse por nadie, ni por los más cercanos en el afecto. El bien ser cede su lugar al bienestar. De esa manera la convivencia, entre quienes deben amarse, aparece erosionada por el egoísmo. La voluntad del Padre es que nos amemos como Cristo nos ama.

3.- La Palabra encarnada es Dios. El propósito compulsivo de guardarlo todo para sí, parece regular el comportamiento entre las personas. Se opone al amor verdadero: "No hay amor más grande que dar la vida por los amigos" (Juan 15, 13). Dar la vida es no guardarse nada: la seguridad espiritual y económica, hasta el sosiego llamado "paz". El Huerto de los Olivos constituye la expresión perfecta de la obediencia de Cristo a su Padre, y de la humildad. La Redención se produce andando ese camino de agonía y de cruz. Cuando buscamos compensaciones,  de cualquier tipo, excluimos la posibilidad de ser redimidos y de ser partícipes de la redención del mundo. "Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez, y tengas tu recompensa" (Lucas 14, 12). El absoluto desinterés, inspirado en la auténtica humildad, es fruto de la adhesión a la palabra evangélica.  De allí la sumisión a la Palabra que el Padre nos brinda generosamente. El prólogo del Evangelio de San Juan no deja márgenes a la duda o a los malos entendidos: "Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios" (Juan 1, 1). El conocimiento ascendente de la Palabra, concluye en el reconocimiento de la divinidad de la Palabra. La predicación apostólica conduce, a quienes la atienden, al conocimiento de la divinidad de Cristo "la Palabra que es Dios". Reconocerlo es aceptarlo como Camino, que a su vez conecta con la Verdad y con la Vida eterna. La confesión, que hace de Sí mismo, expresa su identidad de Verbo Eterno de Dios: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida". Su palabra es garante de la autenticidad que necesitamos para ser introducidos en su conocimiento. Nuestra respuesta puede ser expresada en la siguiente jaculatoria: "Creo en Ti, confío en Ti, te amo". Su repetición reclama ocupar todo el espacio de nuestra vida cotidiana. Los santos saben mantener una atención constante en su incansable reiteración. En la lectura de  los escritos místicos hallamos un camino abierto a la verdad, ansiosamente buscada. Así lo entendió el gran San Agustín en sus Confesiones y luminosas homilías. Buscar a Dios, como la Verdad necesitada, que se deja buscar y encontrar en el torbellino de las confusiones, en el que el mundo se encuentra empantanado. La palabra concisa y simple, que Jesús emplea en su predicación, no necesita mayores explicaciones. 

4. Velar en la oración, en la noche oscura de la fe. Es condición indispensable recibir humildemente la Palabra. Estar en vela, como necesitaron estar los Apóstoles en Getsemaní. No dejarse entristecer por el mundo, aceptando el letargo del pecado. Difícil lograrlo pero, por la gracia de Dios, ciertamente es posible. La exhortación de Jesús, en aquel momento crucial, la Iglesia -en los primeros discípulos- aprende a agonizar con su Maestro. Esas situaciones serán permanentes, durante el transcurso de su historia. Es preciso que la tristeza del mundo no acobarde a los cristianos, sino que los mantenga en vela y en oración: "¿Es posible que no hayan podido quedarse despiertos conmigo, ni siquiera una hora?  Estén prevenidos y oren para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil" (Mateo 26, 40-41).+