Mons. Castagna: 'Es hora de adorar al Padre en espíritu y en verdad'
- 6 de marzo, 2026
- Corrientes (AICA)
"La Cuaresma es la ocasión para que el encuentro con Cristo marque un cambio verdadero, y que conduzca a la santidad", recordó el arzobispo emérito de Corrientes.
Sugerencia para la homilía de monseñor Castagna
Monseñor Domingo Castagna, arzobispo emérito de Corrientes, recordó que "la Cuaresma es la ocasión para que el encuentro con Cristo marque un cambio verdadero y que conduzca a la santidad".
"Si no logra ser una experiencia de vida, es inútil que pretendamos aparecer como católicos: ministros, religiosos o laicos 'practicantes', planteó.
"Cristo viene a perdonar nuestros pecados e iniciar en nosotros una vida virtuosa semejante a la suya: hijos obedientes del Padre, dóciles al Espíritu y hermanos de todos los hombres", profundizó.
El arzobispo señaló que los medios que la Iglesia nos ofrece -Palabra y sacramentos- hacen posible esa sobrenatural identificación con el Maestro y Señor" y puntualizó: "La Eucaristía, que es el mismo Cristo, hace de nuestra vida un acontecimiento de gracia y santidad".
Texto de la sugerencia
1. Jesús elimina muros de separación. Es ésta una de las escenas más conmovedora del Evangelio. La mujer samaritana consigue entender a Jesús como nadie. Deja que el Señor se introduzca en su vida, rompiendo todos los cánones de discriminación que separaban a los judíos de los samaritanos. Jesús elimina muros de separación, especialmente el que causa el pecado. Vino a restablecer relaciones entre Dios y los hombres. Encarna el perdón y la misericordia, denunciando la soledad, de la que todos los hombres necesitan ser rescatados. "Una mujer de Samaría fue a sacar agua, y Jesús le dijo: Dame de beber. La samaritana le respondió: "¡Cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides a beber a mí, que soy samaritana? Los judíos, en efecto, no se trataban con los samaritanos. Jesús le respondió: "Si conocieras el don de Dios?" (Juan 4, 7-10). Nadie puede negar la necesidad de volver al encuentro con Quien resuelve los problemas graves, derivados del pecado, como la soledad. Sin comunión con Dios, la soledad se define como la más angustiante de las situaciones humanas. Muchos hombres y mujeres optaron por el suicidio, al perder la perspectiva brindada únicamente por la fe en Cristo. La samaritana no estaba conforme con su vida desordenada. Nadie, hasta su encuentro con Cristo, había logrado recomponerle la vida. Su vida es sed de Dios no satisfecha. Aquello cambia, cuando Jesús aparece sorpresivamente en su vida.
2. Soy yo, el que habla contigo. El agua que el Señor le brinda sacia definitivamente la sed del "don desconocido". Ella no lo conoce. Si lo conociera no pasaría su vida buscando construirla, entre cinco maridos, sin ser verdadero ninguno de ellos: "Ve, llama a tu marido y vuelve aquí". La mujer le respondió: "No tengo marido". Jesús continuó: "Tienes razón al decir que no tienes marido, porque has tenido cinco y el que ahora tienes no es tu marido; en eso has dicho la verdad" (Juan 4, 16-18). El reconocimiento de su vida errante hace, de aquella mujer, un testigo inviolable de la identidad mesiánica de Jesús. Su sinceridad y simpleza permiten al Seños revelarle su verdadera identidad. Ella representa a un pueblo que sabe lo que espera, por ello, cuando se presenta el Señor, exhibiendo las notas auténticas de la mesianidad, ella lo reconoce y cree en Él. Es interesante que el Señor no espere que aquella mujer lo descubra, Él se le declara: "Yo sé que el Mesías, llamado Cristo, debe venir. Cuando él venga, nos anunciará todo. Jesús le respondió: "Soy yo, el que habla contigo" (Juan 4, 25-26). La magnanimidad del Señor, manifestada en un diálogo inesperado, expone a la consideración de sus asombrados discípulos, la universalidad de su misión. Más aún, expresa una mayor dedicación a quienes, como aquella mujer, están en las condiciones morales más vulnerables. Al reconocer su irregular comportamiento, no le oculta que, particularmente para ella, su gracia, que perdona y santifica, es el "don de Dios": "Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: "Dame de beber", tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva" (Juan 4, 10).
3. Una verdadera celebración cuaresmal. Aquella mujer, como consecuencia de su encuentro con Jesús, se convierte en comunicadora del don que ella recibe: "La mujer, dejando allí su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: "Vengan a ver un hombre que me ha dicho todo lo que hice. ¿No será el Mesías? Salieron entonces de la ciudad y fueron a su encuentro". (Juan 4, 28-30) Se produce, en la samaritana, una verdadera celebración cuaresmal: confesión de su personal situación de pecado y la reconciliación con quien es "la Verdad y la Vida". Es preciso que aprendamos de ella: de su humildad y sincero reconocimiento del Salvador. Ciertamente, a partir de aquel encuentro, su vida cambiará. No puede ser de otra manera: el encuentro con Cristo marca una línea divisoria entre el pasado y el presente. Si el encuentro es una experiencia de vida -como el de aquella mujer- es Él quien regirá nuestra existencia en lo sucesivo. La Cuaresma es la ocasión para que el encuentro con Cristo marque un cambio verdadero, y que conduzca a la santidad. Si no logra ser una experiencia de vida, es inútil que pretendamos aparecer como católicos: ministros, religiosos o laicos "practicantes". Cristo viene a perdonar nuestros pecados y a iniciar en nosotros una vida virtuosa semejante a la suya: hijos obedientes del Padre, dóciles al Espíritu y hermanos de todos los hombres. Los medios que la Iglesia nos ofrece -Palabra y sacramentos- hacen posible esa sobrenatural identificación con el Maestro y Señor. La Eucaristía, que es el mismo Cristo, hace de nuestra vida un acontecimiento de gracia y santidad.
4. Es hora de adorar al Padre en espíritu y en verdad. El conflicto entre judíos y samaritanos versaba sobre el lugar sagrado para adorar a Dios: "Créeme mujer, llega la hora que ni en esta montaña ni en Jerusalén se adorará al Padre. "Pero la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que quiere el Padre" (Juan 4, 21-23). La Cuaresma nos motiva para recogernos en oración, buscando, como Jesús lo hacía, el monte o el desierto. Debemos crearlos e integrar en ellos, en las versiones que nos atañen, la oración pobre y penitencial. La Iglesia pone a nuestro servicio los medios sacramentales, frecuentemente mencionados en estas sugerencias.+
