Domingo 9 de agosto de 2020

Mons. Buenanueva: Donde reina la libertad, actúa el Espíritu

  • 26 de noviembre, 2019
  • San Francisco (Córdoba)
En el marco de la solemnidad de Cristo Rey

El obispo de San Francisco, monseñor Sergio Osvaldo Buenanueva, compartió sus reflexiones sobre el Evangelio del domingo en el periódico “La Voz de San Justo”.



“El pueblo permanecía allí y miraba…”. Con esta frase, el obispo comenzó a recrear el pasaje evangélico en el que “Jesús ya está crucificado, abandonado por todos, salvo unas pocas mujeres y solo uno de sus discípulos”.



“Como suele ocurrir es situaciones similares, envalentonados ante la fragilidad de quien ya no puede defenderse, algunos dejan libre curso a los comentarios burlescos”, señaló, aunque consideró que tal vez lo más repulsivo resulte “el silencio ominoso de la multitud. El evangelista lo anota como al pasar, pero es lapidario: ‘El pueblo permanecía allí y miraba…’”.



“Algo que, por cierto, no sorprenderá del todo al lector asiduo de la Biblia. El apasionado amor de Dios por ese pueblo normalmente recibe una amarga respuesta de infidelidad. Se trata de un amor no correspondido y habitualmente traicionado”, reconoció.



“Inspirándose en los profetas, la liturgia del Viernes Santo nos hace contemplar al Crucificado, mientras resuenan unas palabras que vienen del corazón herido del mismo Dios: ‘Pueblo mío, ¿qué te he hecho o en que te he ofendido? ¡Respóndeme! Yo te libré de Egipto. Tú me colgaste en una cruz. Yo te saqué de Egipto, y por cuarenta años te guié en el desierto, tú hiciste una cruz para tu Salvador’”.



“Ese silencio del pueblo solo es roto por los insultos y burlas de sus verdugos: ‘Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!’”, indicó el obispo.



Al respecto, afirmó: “Jesús no quiere salvarse a sí mismo. Sería ir en contra de su naturaleza profunda. Él no está allí para salvarse a sí mismo. Esa es la ley suprema del más salvaje de los sistemas legales, la verdadera ley de la selva: me salvo yo, en todo caso a los míos… los demás, que se salven solos”.



“Con las manos y los pies fijos a la cruz, sin embargo, Jesús tiende la mano al último de quienes le suplican vida y salvación: el ladrón crucificado a su lado”, recordó.



“Este es el diálogo entre estos dos crucificados, Jesús y el ladrón arrepentido: ‘Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino». Él le respondió: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso»’”, citó.



“A ese hombre, Jesús le dará libertad. Por eso, Jesús es rey. No porque domina con prepotencia, sino porque hace posible la libertad. Y, donde reina la libertad, actúa el Espíritu. Y allí, precisamente allí, hay vida”, concluyó.+